Uso de Razón

Nombre y consecuencias del desastre en Afganistán

Antony Blinken no supo operar una decisión política del presidente, que contaba con amplio consenso nacional, dice Pablo Hiriart.

MIAMI, FL.- Si hubiera que poner un nombre al desastre de la retirada de Estados Unidos en Afganistán, sería el del secretario de Estado, Antony Blinken.

No supo operar una decisión política del presidente, que contaba con amplio consenso nacional.

Primero, debió advertir los inconvenientes de una retirada total.

Con la presencia casi simbólica del Ejército (dos mil 500 efectivos) era suficiente para disuadir al Talibán de un asalto al poder.

En 2014, el entonces senador y respetado exmilitar estadounidense, republicano adversario de Donald Trump, John McCain, se opuso con toda energía al nombramiento de Antony Blinken como subsecretario de Estado del presidente Obama.

“No sólo no está calificado, es peligroso” y “veremos en Afganistán la misma película que hoy vemos en Iraq”, sostuvo el ahora difunto McCain, cuando el vacío que dejó la retirada de Estados Unidos de Iraq fue ocupado por el Ejército Islámico (ISIS).

Dicho y hecho.

El trabajo de Blinken, como secretario de Estado, era preparar la evacuación de Kabul. Y hacerlo junto con los demás países de la OTAN.

Lo que hemos visto, y seguimos viendo, es un acto supremo de ineptitud táctica.

Unas 50 mil personas, entre estadounidenses, europeos y afganos que colaboraron estrechamente en estos 20 años, permanecían en Afganistán y no había un plan para sacarlos.

Es dramática la situación de periodistas en Kabul, donde el New York Times, Washington Post y The Wall Street Journal se unieron para intentar sacar a los colaboradores afganos que trabajan con ellos.

Un despacho del New York Times, de la semana pasada, decía: “El domingo, el grupo de más de 200 personas conectadas a los tres periódicos, incluidos empleados y sus familiares, se trasladó a la pista del aeropuerto, con la esperanza de hacer contacto con el Ejército estadounidense...

“A medida que las tropas estadounidenses, los contratistas y los equipos de seguridad abandonaron el país, los empleados de la sala de redacción tuvieron cada vez menos visibilidad de la situación sobre el terreno”.

En el camino al aeropuerto, y afuera de él, los talibanes buscan a las personas que creen que trabajaron con estadounidenses y personal de la OTAN, para llevárselos.

Informes de Naciones Unidas señalan que los talibanes advirtieron que si no los encuentran, o no se entregan, van a “matar o arrestar” a sus familiares.

Los asesinatos selectivos ya empezaron.

¿Nada de eso pudo prever el secretario de Estado?

¿No tenía un plan de amortiguamiento de la victoria del Talibán?

Los hechos dicen que no.

Y tampoco previó las consecuencias políticas de una retirada caótica.

Después de que Estados Unidos entró en Afganistán, hace 20 años, el gobierno ruso comenzó a restablecer los contactos con el Talibán.

En febrero de 2019, la reunión de acercamiento entre las distintas facciones del Talibán y dirigentes políticos afganos, no se realizó en Washington, sino en el Hotel Presidente de Moscú, que es propiedad del Kremlin.

Ahora Rusia y China se fortalecen con el triunfo del Talibán. Lo mismo que Pakistán.

Rusia sonríe ante los “ingenuos” de Ucrania que creían tener el respaldo de Estados Unidos.

El jueves, el secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, Nicolai Patrushev, dijo que “la Casa Blanca ni siquiera recordará a sus partidarios en Kiev”. Leí la entrevista, no la vi en televisión, pero seguro se frotaba las manos.

Y China, en cualquier momento, se va a engullir a Taiwán.

Condoleezza Rice, secretaria de Estado en el segundo periodo de George W. Bush, criticó en The Washington Post los argumentos del presidente Biden para salir de Afganistán, con verdades que pesan toneladas:

Los afganos “lucharon y murieron junto a nosotros, ayudándonos a degradar a Al Qaeda. Trabajando con los afganos y nuestros aliados, ganamos tiempo para construir una presencia antiterrorista en todo el mundo y un aparato antiterrorista en casa que nos ha mantenido a salvo. Al final, los afganos no podrían controlar el país sin nuestro poderío aéreo y nuestro apoyo. No es de extrañar que las fuerzas de seguridad afganas perdieran la voluntad de luchar, cuando los talibanes advirtieron que Estados Unidos los estaba abandonando y que quienes resistieran verían asesinadas a sus familias”.

Y dio una lección de geopolítica, desde su particular punto de vista:

“Técnicamente, nuestra guerra más larga no es Afganistán: es Corea. Esa guerra no terminó en victoria, sino en un punto muerto, un armisticio. Corea del Sur no logró la democracia durante décadas. Setenta años después, tenemos más de 28 mil soldados estadounidenses allí, admitiendo que incluso el sofisticado Ejército surcoreano no puede disuadir a Corea del Norte por sí solo. Esto es lo que logramos: un equilibrio estable en la península de Corea, un valioso aliado que es Corea del Sur y una fuerte presencia en el Indo-Pacífico”.

O en todo caso, si era una decisión irreversible, dice la exsecretaria de Estado, la evacuación debió hacerse en enero o febrero, cuando los talibanes se retiran a hibernar en sus cuevas en las montañas.

Las consecuencias del desastre estadounidense en Afganistán se resienten en el mundo, aunque tendrá fuertes consecuencias dentro de Estados Unidos, como veremos.

Es que no “toda política es local”.

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