El papel de México en América Latina ha dejado de ser relevante para el gobierno de Estados Unidos, grupos de influencia y organismos internacionales.
De la consistencia y seriedad que históricamente caracterizó a la política exterior del país, no queda nada.
La postura del gobierno de México ante Nicaragua ni siquiera puede llamarse ‘cantinflesca’, porque el personaje de Mario Moreno tuvo un discurso más claro como embajador del “país de los cocos” en la película Su excelencia.
El gobierno mexicano, junto con el argentino, se negó a firmar una declaración conjunta en la reunión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU reunida en Ginebra, donde 59 países instaron al gobierno de Nicaragua a celebrar elecciones libres y a soltar a los opositores presos, incluidos cinco candidatos presidenciales.
Días antes, México y Argentina rechazaron participar en la resolución de la OEA que condena a la dictadura nicaragüense por violar los derechos humanos de los que compiten contra Daniel Ortega por la presidencia de ese país.
Y el viernes, luego de toda esa defensa de la tiranía de Ortega y su esposa en las principales instancias internacionales, el presidente de México dijo sobre la situación en Nicaragua que “nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho, y no encarcelar, que sea el pueblo el que de manera libre decida sobre las elecciones”.
Dijo que “ojalá en Nicaragua, y en Colombia y en Perú también, se resuelva todo por la vía pacífica y que se constituyan gobiernos democráticos, libres”.
La anterior declaración presidencial, según se interpretó en algunos medios capitalinos, quiere decir: “Fin a represión y detenciones demanda AMLO a Nicaragua”.
Entonces, ¿cuál es la posición de México?
Así no es posible que nos tomen en serio.
Además, ¿qué tiene que ver Colombia en eso? Es un país democrático, con elecciones libres.
Para Colombia, el presidente de México exige un gobierno democrático, y se niega a pedirlo para Venezuela. Su cancillería no lo demanda para la satrapía nicaragüense.
No se entiende el doble lenguaje del gobierno mexicano que en la ONU y en la OEA vota en un sentido sobre el caso Nicaragua, y el discurso presidencial va en el tenor de lo que acaba de rechazar.
Si las actuales autoridades mexicanas están en contra de que el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas y el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos emitan resoluciones sobre la conducta de países en particular, es muy sencillo: sálganse de la ONU y de la OEA.
O si le resulta molesta la política en pro de las libertades democráticas y derechos humanos que alienta el nuevo presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, hay motivos más nobles por los cuales disentir, pero no hacerlo para defender la impresentable dictadura de Ortega y su señora.
En su momento, México alzó la voz contra la dictadura de Somoza en Nicaragua, porque reprimió a la oposición, encarceló disidentes, persiguió a la prensa libre hasta llegar al asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro.
Y ahora nuestro gobierno actúa como tapadera internacional para bloquear sanciones contra la dictadura nicaragüense.
Esa dictadura, como la anterior, reprime a la oposición. Encarcela disidentes. Persigue a la prensa libre. Obliga a huir al exilio al periodista Fernando Chamorro, director de El Confidencial, hijo del asesinado director de La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro. Lleva a prisión a otro hijo de Pedro Joaquín Chamorro, acusado de “realizar acciones que atentan contra la soberanía de Nicaragua”. Y también priva de su libertad a la hija del periodista mártir, Cristina Chamorro, que es candidata presidencial.
De ese lado está nuestro gobierno. Qué vergüenza.
México se hizo chiquito.
Ha dejado de ser actor clave para resolver problemas en Latinoamérica.
Nos convertimos en parte del problema y no de las soluciones.
Vecinos de norte y sur sólo voltean a vernos cuando se trata de temas migratorios y narcotráfico.
Se esfumó el bien ganado prestigio en América Latina que tenía nuestro país, con mayor influencia que Brasil, el gigante sudamericano.
A México se le escuchaba en América. Y se le escuchaba con respeto.
No pintamos. Empequeñecimos.
La gran tradición diplomática mexicana se esconde en la abstención para favorecer dictaduras.
O en un galimatías de querer decir y no decir. Cantinflesco. Con el perdón de Su excelencia.