La inestabilidad en América Latina empezó desde antes del 3 de enero de 2025. Inició cuando nuevas dictaduras se enquistaron en continuidad a la de Cuba. Los casos más destacados han sido Venezuela y Nicaragua, aunque la intentona de la Bolivia de Evo Morales de perpetrarse en el poder tampoco puede pasar desapercibida por tratarse de la conformación de un bloque latinoamericano con intrínsecos intereses comunes. Incluso, se podría decir que tras el fracaso boliviano, se rompió ese frente radical.
Esas dictaduras apostaron en aliarse con países autoritarios como Rusia, China o Irán, muy ajenos a la promoción de las libertades individuales, los derechos humanos, y mucho menos, a impulsar regímenes democráticos.
Ahora, con Donald Trump en el poder, esa inestabilidad se está potenciando, porque lo que tanto le interesaba a China y a Rusia, ahora lo está buscando con obsesiva incoherencia Estados Unidos: el control de los recursos naturales e influir políticamente en gobiernos bajo su zona de interés, es decir, asegurar su predominio global y hegemonía regional.
La Rusia de Vladimir Putin se adelantó tras su invasión a Ucrania, impactando la estabilidad de Europa. Ahora, Donald Trump, bajo una estrategia distinta, lo hace en Venezuela con repercusiones en América. La “captura” de Maduro, considerada la más cara de la historia hacia un dictador, está impactando en la profundidad de los hilos que mueven las relaciones internacionales.
Sin saber hacia dónde nos dirigimos, el encarcelamiento de Maduro involucra múltiples desafíos inmersos en un enredado mosaico que comprenden delitos, acuerdos, leyes nacionales e internacionales, que están implosionando la estabilidad regional.
Parte de lo que se debate es la validez por la detención de un criminal por tráfico de drogas, la soberanía venezolana, no obstante, cuya dictadura acabó con la democracia en las últimas elecciones, el multilateralismo, y la validez de las instituciones internacionales.
Este complejo mosaico nos lleva a considerar otros aspectos indirectos que se están involucrando peligrosamente en esta creciente inestabilidad en el continente, ya que están implicando a otros actores como es el caso de México, Cuba y Colombia. Respecto a México, según la denuncia presentada por Estados Unidos contra Maduro por narcoterrorismo, se alió con poderosos cárteles de la droga mexicanos, los cuales a su vez han tenido tentáculos con políticos. Parecidas acusaciones pesan sobre el gobierno colombiano.
Por otro lado, con Cuba no sólo había acuerdos petroleros, también con las fuerzas de seguridad en franca violación a la soberanía venezolana según su Constitución, quienes se hacían cargo de la seguridad de Nicolás Maduro.
Pero al mismo tiempo, la captura de Maduro viola el derecho internacional bajo el artículo 2 de la carta de las Naciones Unidos, pero también impacta a la propia constitución de los Estados Unidos al no haber consultado a su Congreso antes del ataque a Caracas y que dejó un centenar de muertos.
Estos galimatías preocupan demasiado, ya que muestran un retroceso dentro de la estabilidad de la paz global desde cualquier punto que se analice, pues el mundo está presenciando la muerte del derecho internacional, pero al mismo tiempo la normalización de los sistemas autoritarios por sobre los democráticos. La forma de ejercer el poder de Donald Trump se parece más a Rusia de Putin y a la China de Xi Jinping, que al pretendido ejemplo que siempre han querido demostrar de ser la mayor democracia del mundo.
Por eso, lo que sucedió el sábado pasado, uno de los mayores sucesos históricos desde la Segunda Guerra Mundial, refleja paradojas, contradicciones y peligros que pueden generar la ruptura de un orden sujeto con alfileres y un belicismo creciente que podría desencadenar en una guerra global.
Y es que un acto que parecía adecuado, la captura de Maduro para que supuestamente con él se fuera uno de los peores regímenes en América, resultó ser una jugarreta, ya que sólo quedó de manifiesto la avaricia por el petróleo y la soberbia de Donald Trump de dominar bajo sus intereses el continente.
De manera increíble, Trump aceptó comenzar a negociar con Delcy Rodríguez, la mano derecha y amiga personal de Nicolás Maduro, quien asumió la presidencia interina de Venezuela. Pero al mismo tiempo, encargar a Marco Rubio, Pete Hegseth y Stephen Miller dirigir la transición política sin hablar de prontas elecciones, relegando de forma inaceptable a María Corina Machado y Edmundo González, de un proceso que les correspondería encabezar, al ser parte esencial de un movimiento político que fue elegido por los venezolanos en las pasadas elecciones.
Es notorio el desprecio de Donald Trump hacia estas figuras políticas, principalmente por el cobijo que les ha dado Europa tanto a Corina Machado como a González. Además, le generan desconfianza, ya que su apuesta es ver a la vieja Europa debilitada, lo cual forma parte de otra de las ramificaciones de este complejo mosaico de poderes, que seguirá dando mucho de que hablar y lo estaremos analizando en las próximas columnas.