Trópicos

¿Qué sigue, la reencarnación de Múgica o la 4T 2.0?

El discurso de López Obrador en el Zócalo estuvo cargado de lecturas entre líneas. A pesar de que insinuó su juego para 2024, también dejó muchas dudas sobre si ya se definió.

La concentración del sábado pasado en el Zócalo, bajo el argumento de celebrar el Aniversario de la Expropiación Petrolera, trajo consigo múltiples lecturas en uno de los momentos clave de la política mexicana: el de las definiciones rumbo a 2024.

Independientemente de que López Obrador organice otras concentraciones antes de que se defina, por encuesta, a la corcholata ganadora de Morena, lo sucedido el fin de semana fue lo que ocurre en las actuales series, el fin de la primera temporada, pero que, al mismo tiempo, le siguen puntos suspensivos dejando entrever que habrá segunda parte.

El discurso del presidente fue relevante, intenso y cargado de lecturas entre líneas. No dejó pasar su afición a los pasajes históricos (casi bíblicos) ni a los personajes olvidados (casi místicos) como el de Cástulo Prado, el poeta migrante. Y más allá de enaltecer la figura de Lázaro Cárdenas, nuevamente jugó al albur con sus bastos y espadas en el juego de la sucesión. A pesar de que insinuó su jugada, también dejó muchas dudas sobre si ya tiene definido a su preferida o preferido.

Los símbolos no son en vano. En el evento del sábado, estaban sentados codo a codo, Adán Augusto, Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard. En ese orden y frente a la mirada de miles de seguidores y estructuras clientelares de Morena, López Obrador aún está interesado en mantener el equilibrio, el famoso piso parejo.

Dejó patente que aún Claudia no es su elegida, como muchas personas creen, sobre todo cuando asume que “en los procesos políticos intervienen factores como la suerte, la genialidad de los dirigentes y lo sentimientos del pueblo”. Muchos interpretan que, por su discurso, Sheinbaum está siendo la sota de bastos cuando criticó a Lázaro Cárdenas en elegir a un sucesor “moderado”, en referencia a Ávila Camacho, y no a aquel con mayor afinidad ideológica, como lo fue Francisco J. Múgica.

¿Se sabe a estas alturas, cuál es la ideológica de AMLO? Me gustaría saberlo porque en los últimos 10 años lo que sí ha demostrado es un pragmatismo asombroso: alianzas con partidos pequeños que antes eran inamovibles sombras del PAN o del PRI. Priistas recalcitrantes que de la noche a la mañana son miembros de su gabinete, embajadores o cónsules de la 4T. Exestrellas de futbol incapaces de gobernar pero que alimentan las urnas electorales. De repente se aleja de la agenda de izquierda tradicional, para convertirse en un conservador que minimiza temas como el aborto o el feminismo; a veces es reaccionario contra los empresarios y clase media, y otras veces benevolente y simpático.

Tan es así, que AMLO también reconoció en su discurso que, en aquel entonces, una “alianza entre el poder político y el poder económico tal vez evitó la guerra civil y mantuvo la paz social”. Estos marcados paralelismos con la actualidad dejan claro que el presidente aún reflexiona, a partir del coctel de “circunstancias” actuales, en función del beneficio futuro de su movimiento. Reiteró frente a un Zócalo lleno: en política, el manejo con precisión de los tiempos es “esencial y definitorio”. Y para la segunda temporada, aún hay muchas circunstancias qué analizar que impide adelantar definiciones.

Otro elemento central de lo ocurrido la tarde del sábado, fue la quema de la piñata de la ministra Piña. Una violencia extravagante de algunos de los seguidores del presidente, que toca el radicalismo de la extrema derecha cuando también queman imágenes del presidente. Estos hechos son el resultado de la severa polarización que hay en el país, gracias en gran medida, a los ataques constantes del presidente a todos aquellos o aquellas que le critican, le investigan, le evidencian. Según la encuesta de ayer de Alejandro Moreno en El Financiero, 61 por ciento confía más en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, mientras que 54 por ciento lo hace por la Presidencia de la República. En otro rubro, 51 por ciento considera que las críticas del presidente “a otros personajes públicos”, sí generan violencia.

Estos actos que crispan aún más las emociones, se dan en un contexto en el país donde la violencia contra la mujer se da bajo preocupantes realidades: desapariciones, feminicidios y otros tipos de violencia que se repiten a diario, sin que exista una estrategia específica para frenar estos agravios, entre una sociedad ciega y autoridades que permiten la impunidad.

Se vio la capacidad de Morena de movilizar a la gente con recursos o sin ellos. Tan fue evidente la presencia de seguidores fieles e independientes al movimiento, muchos de ellos personas adultas mayores; también se hizo notar el acarreo de miles de personas que viajaron de un día para otro. Muchos de ellos escuchaban de reojo, en cantinas y restaurantes, el mensaje del presidente, entre rondas de cervezas y a la espera de que dieran las 9 de la noche para regresar a sus autobuses.

De esta forma, el presidente concluyó orgulloso su concentración. Casi al final dijo: “está asegurada la continuidad con cambio. No hay nada qué temer. Eso sí, tenemos que mantenernos unidos”. Dos días después, Marcelo Ebrard presentó su libro El camino de México, acompañado nada más y nada menos que de una de las mujeres de mayor respetabilidad y que cuenta con la admiración plena de López Obrador, la escritora y periodista Elena Poniatowska, quien ayer escribió en La Jornada “que Marcelo haya puesto como su prioridad a uno de nuestros grupos más vulnerables es una clara muestra de su empatía por los olvidados de siempre”.

El autor es periodista mexicano especializado en asuntos internacionales.

COLUMNAS ANTERIORES

Arritmia
¿A qué juega Donald Trump a un año de gobierno?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.