El cambio climático transformará los paisajes, la producción de alimentos y la forma en que habitamos el territorio y también está reconfigurando el sistema financiero global. Hoy, mientras los huracanes se intensifican, las sequías se prolongan y los incendios se vuelven recurrentes, los mercados financieros han comenzado a absorber riesgos que antes se consideraban excepcionales.
Uno de los instrumentos más relevantes en este proceso son los Valores vinculados a seguros o ILS (por sus siglas en inglés). En términos simples, instrumentos financieros cuyo rendimiento depende de que ciertos eventos asegurados no ocurran. El inversionista asume parte del riesgo climático físico a cambio de un mayor rendimiento financiero. Si el desastre no sucede, gana. Si sucede, parte del capital se utiliza automáticamente para cubrir las pérdidas.
Este mecanismo ha crecido de forma acelerada. Según datos del mercado recopilados por Artemis, el mercado de bonos catastróficos alcanzó a finales de 2025 un volumen récord superior a los 60 mil millones de dólares en capital en circulación. Solo los bonos vinculados a riesgos de propiedad superaron los 57 mil millones. La magnitud importa porque revela algo clave. El riesgo climático ya no está concentrado en aseguradoras o reaseguradoras. Está siendo transferido de manera sistemática a los mercados de capitales globales.
En el universo ILS, los bonos catastróficos, o Cat Bonds, son el instrumento más conocido. Un gobierno, una aseguradora o un reasegurador emite un bono ligado a un evento extremo específico, como huracanes, terremotos o inundaciones. Si durante la vigencia del bono el evento no ocurre bajo ciertos parámetros técnicos previamente definidos, los inversionistas reciben intereses elevados. Si ocurre, el capital se libera automáticamente para financiar la respuesta y la reconstrucción. La pregunta incómoda es inevitable. ¿Estamos adaptándonos al nuevo clima o simplemente apostando a que el desastre no ocurra en nuestro turno?
Este mercado no solo crece en tamaño, también en uso. La emisión anual de Cat Bonds en 2025 superó los 20 mil millones de dólares emitidos en un solo año, el nivel más alto registrado hasta ahora. Los eventos extremos ya no se tratan como anomalías estadísticas. Se modelan, se precifican y se distribuyen financieramente. México ya ha utilizado estos instrumentos. A través del programa MultiCat México, el país emitió bonos catastróficos en 2009, 2012 y 2017 para cubrir riesgos de terremotos y huracanes.
Gobiernos de países altamente expuestos al riesgo climático han comenzado a utilizar estos instrumentos para asegurar liquidez inmediata tras un desastre. Un ejemplo es el uso de Cat Bonds soberanos en regiones costeras y países insulares, lo que permite acceder a recursos en días, no en meses, sin recurrir a deuda de emergencia. Del lado de los inversionistas, fondos especializados en Cat Bonds bajo estructuras UCITS, accesibles para inversionistas institucionales y fondos internacionales, alcanzaron más de 19 mil millones de dólares en activos bajo gestión hacia finales de 2025, con un crecimiento de 40 por ciento en solo doce meses.
Paralelamente, otros instrumentos abordan el riesgo climático desde el ángulo de la transición. Una aerolínea que utiliza contratos de futuros sobre combustible busca protegerse frente a la volatilidad del precio del petróleo. Lo novedoso es la creciente importancia de los derivados vinculados al carbono. Empresas energéticas y manufactureras compran futuros sobre permisos de emisión para protegerse frente a regulaciones más estrictas y precios de carbono más altos.
En Europa, donde el mercado de carbono está más desarrollado, estos instrumentos ya forman parte central de la gestión financiera de empresas intensivas en emisiones. No eliminan el riesgo regulatorio, pero lo vuelven predecible. Permiten planear inversiones, ajustar precios y evitar choques abruptos. Estos instrumentos hacen predecible el costo de contaminar en un entorno regulatorio cambiante.
Etos instrumentos, bien diseñados, pueden acelerar la respuesta ante desastres, reducir la presión fiscal y evitar crisis financieras posteriores. El riesgo está en confundir cobertura con solución. Los mercados financieros pueden absorber el impacto económico de un huracán. No pueden evitar que ocurra. Pueden distribuir pérdidas. No pueden reconstruir ecosistemas. Cuando el incentivo principal es modelar el desastre en lugar de prevenirlo o adaptarse, la línea entre la gestión del riesgo, o bien el cambio y la apuesta se vuelve difusa.
El crecimiento del mercado ILS y de los bonos catastróficos nos dice algo incómodo. A medida que el clima se vuelve más inestable, estos instrumentos se vuelven más atractivos financieramente. La volatilidad climática genera rendimientos. Esa es la paradoja. No estamos jugando al casino porque existen estos instrumentos. Jugamos al casino cuando creemos que con ellos basta y no se invierte en adaptación o gestión. El clima no es un activo financiero más. No responde a supuestos históricos ni a distribuciones normales. Cuando los umbrales físicos se rompen, se rompen para todos.
Cuando cambian los riesgos, cambian las finanzas. Pero si solo adaptamos las finanzas y no el modelo de desarrollo, no estamos gestionando el riesgo. Solo estamos apostando mejor. Estos instrumentos hacen visible el riesgo. Le ponen precio. Lo distribuyen. Pero también abren preguntas incómodas. ¿Qué ocurre cuando el incentivo financiero se centra más en modelar el riesgo que en reducirlo? ¿Qué pasa cuando es más rentable asegurar el desastre que adaptarnos o evitarlo?
Cuanto más volátil es el clima, más atractivo puede volverse el rendimiento esperado.
