Las ciudades modernas suelen medirse por lo que exhiben, sus puentes, carreteras, trenes, desarrollos inmobiliarios, entre otros. Sin embargo, la infraestructura que realmente sostiene la vida urbana corre bajo tierra, se filtra entre tuberías antiguas, atraviesa plantas de tratamiento y acuíferos. El agua es la infraestructura más crítica y, paradójicamente, la menos anunciada.
Durante décadas, otros recursos naturales han ocupado el centro del tablero geopolítico. El petróleo, en particular, ha definido alianzas, financiado conflictos, influido en incursiones militares y moldeado sistemas políticos completos. Basta observar Medio Oriente, partes de África o América Latina para entender cómo el control de un recurso estratégico puede alterar destinos nacionales.
La pregunta incómoda empieza a asomar. ¿Es posible un futuro en el que el agua juegue un papel similar? ¿Un escenario donde la escasez hídrica no solo genere crisis sociales, sino también tensiones geopolíticas, disputas territoriales y nuevas formas de poder?
A diferencia del petróleo, el agua presenta una paradoja. Es indispensable para la vida, pero no puede concentrarse ni trasladarse con la misma facilidad. Sobre todo, su escasez no se explica únicamente por falta física, sino por mala gestión. Ahí aparece una diferencia clave. Mientras el petróleo ha sido históricamente un recurso de extracción y control, el agua es, ante todo, un recurso de infraestructura, gobernanza e innovación.
En México, una parte central del problema hídrico no es la falta absoluta de agua, sino su mala gestión. Grandes volúmenes se pierden antes de llegar a hogares, industrias o campos agrícolas. La CONAGUA ha documentado que en la CDMX se pierde alrededor del 40% del agua potable en la red, principalmente por fugas en infraestructura envejecida. La crisis no se resuelve solo buscando nuevas fuentes, sino dejando de perder lo que ya existe.
Algunas ciudades ya lo están demostrando. El Orange County Water District en California opera desde 2008 el Groundwater Replenishment System, el mayor sistema de reúso potable indirecto del mundo. Trata más de 490 millones de litros diarios de aguas residuales, abastece a más de dos millones de personas y cubre cerca del 40% de la demanda de agua potable del condado, reduciendo de forma significativa la dependencia del río Colorado.
No es una innovación futurista, sino infraestructura con inversión sostenida y gobernanza clara. El agua residual dejó de ser un desecho para convertirse en un activo estratégico. En México, aunque se trata cerca del 60% de las aguas residuales municipales, solo una fracción se reutiliza. El problema no es tecnológico, sino de escala, incentivos y continuidad institucional.
Otro frente fundamental es la digitalización de los sistemas hídricos. En ciudades de EU como Las Vegas, el operador público ha integrado monitoreo en tiempo real para detectar fugas, controlar presiones y reducir pérdidas no visibles. Según el Southern Nevada Water Authority, estas medidas han permitido reducir el consumo per cápita en más de cuarenta por ciento desde principios de los años dos mil, aun con crecimiento poblacional. Parte del éxito proviene de tecnología, pero también de regulación, tarifas progresivas y comunicación clara con los usuarios.
En México, la digitalización existe en forma de pilotos aislados. Algunas ciudades han comenzado a sectorizar redes y utilizar sensores, pero sin una política nacional robusta que convierta estas prácticas en estándar. Aquí es donde el agua deja de ser solo un problema ambiental y se convierte en un tema de innovación, inversión y talento humano. Es precisamente en estos ámbitos donde México enfrenta contradicciones profundas. Resolver la crisis hídrica no depende solo de voluntad política ni de declaraciones públicas. Requiere ingenieros, científicos, operadores, urbanistas, financieros, reguladores y emprendedores. Requiere ecosistemas y los ecosistemas no se decretan.
México hoy no es un país competitivo para atraer talento especializado en agua. Inmigrar legalmente como profesional es un proceso lento, costoso y poco atractivo frente a países que compiten activamente por capital humano estratégico. México sigue operando con esquemas migratorios pensados para otra época. El talento se va o no llega.
La inversión tampoco encuentra condiciones habilitantes. No existen fondos de inversión especializados en agua que estén creciendo de forma significativa en el país. El capital privado percibe altos riesgos regulatorios, incertidumbre jurídica y escasez de proyectos con escala y bancabilidad. El capital público, que históricamente funcionaba como catalizador, ha sido debilitado.
La desaparición del Instituto Nacional del Emprendedor eliminó uno de los pocos instrumentos que apoyaban innovación aplicada. El desmantelamiento progresivo de mecanismos vinculados al CONACYT redujo de forma drástica el financiamiento a investigación, desarrollo tecnológico y formación de talento. Sin ciencia aplicada no hay innovación hídrica. Sin pilotos financiados no hay soluciones que escalen. El resultado es un vacío estructural. Se habla de soberanía hídrica mientras se debilitan las capacidades que permitirían construirla, incluso cuando el país anuncia inversiones en inteligencia artificial cuyos centros de datos demandan volúmenes industriales de agua y promete cumplir compromisos binacionales de suministro con EU. Nada de eso ocurre por decreto y los cambios estructurales son, por definición, lentos.
Un cambio de discurso que diga ahora sí me importa el agua no hará que el agua aparezca por arte de magia. El agua no responde a consignas. Responde a sistemas, a tuberías mantenidas, acuíferos protegidos, datos confiables, operadores capacitados, marcos regulatorios estables y capital paciente.
La diferencia entre un futuro donde el agua sea un factor de conflicto y uno donde funcione como motor de resiliencia está en decisiones que casi no se ven. A diferencia del petróleo, el agua todavía ofrece una oportunidad distinta. Existe innovación, conocimiento técnico e inversión privada dispuesta a participar, pero nada de eso ocurre sin un entorno habilitante.
El agua es demasiado importante para depender del ánimo de un sexenio. Sin talento, sin inversión y sin instituciones sólidas, no hay tecnología que alcance. Y sin esas bases, la sequía no es solo climática, es estructural.
