Antes del Fin

América Latina: integrada o subordinada

‘¿Qué significa para México no integrarse funcionalmente al eje americano–chino que hoy reorganiza la economía mundial más allá de los discursos diplomáticos?’ Nadine Cortés cuestiona la escasa articulación productiva en América Latina.

Hoy el Foro Económico Internacional para América Latina y el Caribe 2026, organizado por CAF, una constatación se volvió ineludible: durante décadas la región habló de integración como si se tratara de una decisión política pendiente. Se firmaron tratados, se crearon organismos y se multiplicaron las cumbres. El resultado, sin embargo, se repite: bajo comercio intrarregional, escasa articulación productiva y una integración que rara vez logra llegar al territorio.

El problema no ha sido la falta de acuerdos, sino el error de origen: se confundió integración con intención. La integración fue concebida como voluntad política cuando debía diseñarse como sistema operativo. Se privilegió el discurso sobre el instrumento, la narrativa sobre la ejecución: más comunicados que corredores logísticos, más declaraciones que reglas capaces de sobrevivir al siguiente ciclo electoral.

Los Estados-nación quedaron atrapados en el péndulo ideológico y el corto plazo político, incapaces de sostener instrumentos que sobrevivan a su propia alternancia. Cada cambio de gobierno reinició lo que apenas comenzaba a construirse. Así, la integración se volvió una promesa recurrente que nunca alcanza madurez.

Mientras tanto, el mundo dejó de organizarse por fronteras y comenzó a hacerlo por funciones estratégicas. Logística, financiamiento, energía, talento e innovación operan hoy como engranajes interdependientes. Quien no cumple una función concreta queda subordinado a decisiones externas, aun cuando conserve un discurso integracionista impecable.

Cuando un sistema no logra operar en el nivel donde fue diseñado, no colapsa: se desplaza. Eso fue exactamente lo que ocurrió. La integración latinoamericana no desapareció; abandonó el nivel donde dejó de ser funcional y cambió de escala. Incapaces de construir instrumentos reales desde el ámbito nacional, los países comenzaron —de manera silenciosa— a trasladar la operación hacia los gobiernos subnacionales, donde sí existen capacidades para ejecutar.

El sistema empezó entonces a ordenarse solo. De veinte ciudades consideradas inicialmente para articular cooperación regional, solo nueve lograron sostenerse. No fue una decisión política. Fue una consecuencia estructural. El sistema no excluyó por ideología; clasificó por capacidad operativa.

La integración dejó de responder al principio de igualdad y comenzó a regirse por el principio de función. Las ciudades que permanecieron comparten rasgos claros: institucionalidad operativa, concentración de talento, conectividad, capacidad técnica y una separación precisa entre política y ejecución.

Aquí emerge una categoría central: el nodo. Un nodo no compite ni busca protagonismo; resuelve fricción. Conecta flujos, reduce costos y traduce acuerdos en operación cotidiana. En un mundo organizado por funciones, quien conecta gobierna.

La discusión, entonces, no es solo qué no se logró articular en el pasado, sino qué ocurre si esa articulación no sucede ahora. ¿Qué significa para México no integrarse funcionalmente al eje americano–chino que hoy reorganiza la economía mundial más allá de los discursos diplomáticos? ¿Qué consecuencias tendría para el país quedar fuera de esa bisagra económica? ¿Qué ciudades cuentan con las capacidades reales para operar esa conexión y cuáles quedarían subordinadas a decisiones externas? En un sistema funcional, no integrarse no implica permanecer igual: implica quedar fuera.

Guadalajara ilustra este modelo no por excepcionalidad, sino por método. No intenta sustituir al Estado ni liderar discursos regionales. Opera como nodo: vincula cooperación internacional, universidades, talento, innovación y territorio con una lógica funcional. No promete integración; la convierte en proyectos.

ANTES DEL FIN

La lección es incómoda, pero clara. La integración no fracasa por diferencias ideológicas. Fracasa cuando nadie se hace responsable de ejecutarla. Hoy, la integración regional ya no se construye únicamente desde los palacios nacionales, sino desde los territorios capaces de operar sistemas complejos, con cooperación sin subordinación, distancia entre política y técnica y proyectos por encima de declaraciones.

Cuando la retórica falla, el sistema se reordena.

Y lo hace siempre del mismo modo: la ejecución reemplaza al discurso y define quién permanece dentro del sistema y quién queda fuera de él.

Nadine Cortés

Nadine Cortés

Abogada especialista en gestión de políticas migratorias internacionales.

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