Empieza un nuevo año, y con él, la promesa implícita de hacer las cosas distinto. 2026 llega cargado de expectativas, pero también de pendientes. No basta con formular deseos; el país necesita romper ciclos. Y el más urgente es este: justificar lo que ya sabemos que no funciona.
2025 fue el año de la resignación. Un país que, frente a sus contradicciones, no optó por enfrentarlas, sino por acostumbrarse a ellas. El sistema no corrigió errores, los explicó como ataques. La sociedad no fue escuchada, fue sospechada. Y los hechos dolorosos no activaron reformas, sino excusas.
Justificar lo injustificable
Una de las señales más claras de este proceso fue la elección inédita del Poder Judicial. Presentada como un avance democrático, la jornada se llevó a cabo con una participación mínima. Los jueces y ministros cambiaron, pero sin que la ciudadanía estuviera realmente en la cancha. La transformación más profunda en décadas ocurrió sin un debate proporcional a su alcance. En lugar de preguntarnos por las implicaciones, celebramos el procedimiento como si fuera suficiente.
Este patrón se repitió una y otra vez a lo largo del año. Mientras las cifras oficiales celebraban una reducción de homicidios, crecían las desapariciones, el miedo cotidiano y la percepción de impunidad. La brecha entre estadística y experiencia se volvió insostenible.
Lo más preocupante no fue que estos hechos ocurrieran, sino la velocidad con la que el país aprendió a vivir con ellos sin exigir explicaciones. El daño dejó de escandalizar. Se volvió parte del paisaje.
El poder como víctima, la sociedad como amenaza
Uno de los giros más graves de 2025 fue discursivo. Se instaló una lógica en la que cualquier señalamiento al poder era interpretado como ataque. La crítica dejó de ser un acto democrático para convertirse en amenaza. Las protestas no fueron leídas como síntoma social, sino como manipulación. Las tragedias no generaron responsabilidad institucional, sino sospecha de uso político.
Este viraje tiene un efecto corrosivo: invierte la carga moral del sistema. Ya no es el gobierno el que debe rendir cuentas, sino el ciudadano el que debe justificar su inconformidad. Se crea una narrativa donde el poder siempre está bajo asedio y, por tanto, tiene derecho a defenderse, incluso de la verdad.
Así, la pregunta dejó de ser qué pasó, y pasó a ser quién lo dijo y con qué intención. La desconfianza se dirigió hacia quien denuncia, no hacia quien falla. El resultado: una sociedad donde el disenso se penaliza y el malestar se sospecha.
La narrativa como blindaje institucional
Este tipo de narrativa no es nueva, pero en 2025 alcanzó una sofisticación preocupante. No se trata solo de omisión o incapacidad, sino de una estrategia deliberada de protección simbólica. La tragedia del Tren Interoceánico en Oaxaca fue emblemática: en lugar de atender las causas, la atención se desvió hacia los “adversarios” que querían “lucrar políticamente” con el accidente (que por cierto llamaron EVENTO).
Cuando el daño deja de ser error y se convierte en conspiración, el sistema ya no necesita corregirse, solo necesita defenderse. Y un sistema que se defiende antes que reformarse, se vuelve impermeable a la crítica, pero también a la mejora.
Este blindaje discursivo desactiva cualquier intento de rendición de cuentas y profundiza la desconexión entre el poder y la ciudadanía. Se genera así una gobernabilidad sostenida no en resultados, sino en desconfianza mutua.
Antes del fin
La historia no avanza por voluntad de futuro, sino por hartazgo del presente. Ninguna época cambia porque se lo propone; cambia cuando lo que sostiene se vuelve insostenible incluso para quienes se benefician de ello.
2025 fue el año en que México aprendió a sobrevivirse a sí mismo sin tocarse. No fue un año de rupturas, fue un año de administración. Administramos el miedo, la violencia, la indiferencia, la mentira. Todo se sostuvo, no porque funcionara, sino porque nadie quiso cargar con el costo de desmontarlo. Pero incluso los sistemas que aprenden a blindarse necesitan una historia que los justifique.
En Los condenados de la tierra, Frantz Fanon escribió que llega un momento en que un pueblo ya no pide nada: sólo deja de creer. Ese momento no es un estallido. Es un vacío. Una pausa extendida donde todo sigue igual, pero ya no tiene sentido.
Ahí estamos.
Y lo que viene no depende de promesas ni de discursos de año nuevo. Depende de si seguimos dispuestos a participar del orden narrativo que protege lo que sabemos que no puede sostenerse. Porque si este país va a repetir su historia, que al menos no sea por falta de lenguaje para interrumpirla.
