Cortés es mexicano
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Cortés es mexicano

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Cortés es mexicano

01/04/2019

Cervantes lo llamó el celoso extremeño. José Luis Martínez, en su enorme biografía, acusa el desprecio que ha sufrido la figura de Hernán Cortés en la historia de México y de España. Medio milenio después de su arribo a tierras mesoamericanas, el conquistador sigue causando estragos en la sicología social de muchos. Esta vez la inseguridad se ha propagado por la boca del mismo presidente.

Con la llegada de los españoles, el caballo cambiaría para siempre la geografía de América. Este país sería inentendible sin la participación directa de ese animal en la conformación de la civilización de Nueva España. Lo que se llama cómodamente “lo mexicano” estaría ligado ineludiblemente al Rocinante, que fundaría ciudades, propiciaría el comercio y una vastísima literatura. La charrería, deporte bien nacional, fue un acontecimiento cultural de profundo arraigo en el territorio que hoy se denomina República Mexicana. Sobre el caballo nacieron los caminos, las leyendas y el bandidaje. La limitada y pobre observación de Andrés Manuel López Obrador sobre la Conquista ha provocado el regreso del pensamiento fácil que acusa al enemigo identificado antes de reflexionar sobre la importancia vital que tuvo aquel 13 de agosto de 1521 en la Historia Universal.

México nació al mundo; el mundo llegó a México. Neruda lo dice muy precisamente: se llevaron todo y nos dejaron todo, se llevaron el oro y nos dejaron el oro, el lenguaje.

El color de la bandera nacional, el rojo, obedece a la sana relación entre americanos y europeos, entre criollos y peninsulares. Cortés, como Tata Vasco, como Bartolomé de las Casas, los franciscanos y demás evangelizadores, no forma parte de la Historia de México: es la Historia de México, país nacido en el doloroso parto de dos años, 1519 y 1521. Cortés no es el conquistador de una nación, es el forjador de Esta Nación. Solicitar una disculpa -por irracional que parezca- a España por los actos cometidos por los españoles en Tenochtitlán es un atentado contra México. El día de san Hipólito, sobre caballos, dio a luz una nueva identidad. En términos de Renan, lo que ha hecho posible que este país sea una nación no es el idioma, ni la religión (el catolicismo en el blanco de la bandera), ni la gastronomía: ha sido el perdón continuo y cotidiano. Durante 300 años (más de lo que México lleva como país independiente) hombres y mujeres dieron forma a una poderosa identidad que sigue vigente. Nueva España, despreciada por el relato futuro, no fue una costumbre, fue el fortísimo cimiento en el que las costumbres se edificaron.

A caballo se fundaron las ciudades, se llevaron a cabo la Revolución de Independencia, la Guerra de Reforma, la restauración de la República y la Revolución, y a caballo México ganó su primera medalla olímpica de oro, en Londres 48. Fueron los españoles los que nos enseñaron a domarlo y a engalanarlo. Tenochtitlán cayó a caballo; entre sus ruinas y sus aguas se formó la bellísima Ciudad de México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.