Mauricio Jalife

Persigue la FIFA ajolotes futboleros

El retiro del logotipo de “Ajogol” de las inmediaciones del estadio Banorte —nombrado “de la CDMX” para la Copa del Mundo— es un claro síntoma de lo que ni las autoridades pueden hacer ante el poder de la FIFA.

El retiro del logotipo de “Ajogol” de las inmediaciones del estadio Banorte —nombrado “de la CDMX” para la Copa del Mundo— es un claro síntoma de lo que ni las autoridades pueden hacer ante el poder de la FIFA.

El caso sirve para acreditar dos extremos: por una parte, la inclinación —ya molesta de tan obvia— de aprovechar el evento para posicionar políticos en busca de aprobación; por el otro, el concentrado poder que una organización como la FIFA puede acumular como titular de los derechos monopólicos de un evento de esta magnitud.

Una primera referencia que no puede dejarse de lado es la reforma a la ley de la propiedad industrial de nuestro país que alojó, a las prisas dentro de sus disposiciones, la sanción del llamado “ambush marketing”, que permite frenar y castigar a aquellas empresas que, sin ser patrocinadores, se asocien al mundial por medio de prácticas publicitarias engañosas o de mercadotecnia parasitaria.

Este candado legal dota a la FIFA de una poderosa arma para contrarrestar conductas recurrentes como las activaciones de marcas en las inmediaciones de los estadios que son sede del mundial —así como de los “Fan Fest” que serán operados en simultáneo a los partidos—, y toda clase de mensajes alusivos al evento que pasen la delgada línea que detona la tarjeta roja.

Además, la FIFA estará equipada con herramientas nunca vistas para suspender de modo fulminante cualquier señal televisiva no autorizada que sea subida a redes.

Dentro de su arsenal defensivo, la FIFA cuenta con más de 300 marcas registradas en México, así como con la reciente declaratoria como “marca famosa” de su propia nomenclatura, así como de la figura de su conocido trofeo.

Esa protección adicional le otorga un margen amplio para frenar registros ilegales de terceros.

En el curioso caso del “ajolote” citadino, las cosas se dan al revés.

La reclamación de FIFA en contra del gobierno de la Ciudad de México no es por infracción de una de sus marcas, sino por no emplear las mascotas oficiales y, en cambio, aprovechar el evento para promover la imagen de una mascota ajena.

Entre los acuerdos tradicionales que la FIFA firma con las ciudades que operan como sede mundialista, el empleo de los logotipos, nombres y mascotas oficiales es obligatorio, de modo que la imposición de “Ajogol”, más bien, se aproxima a un oportunismo político que rompe el contrato con la Federación.

Para el gobierno de Clara Brugada, la jugada era “de pizarrón”. Promover y posicionar al ajolote como símbolo de la ciudad que, sin haber sido invitado a la fiesta, empezaba a empatizar con los chilangos.

De hecho, la aparición de las primeras camisetas alusivas al mundial con el consabido ajolote es muestra clara de que el efecto deseado se está alcanzando. Otras figuras en “3D” del anfibio, caracterizadas como entes futboleros, siguen orgullosas en sitios como el Zócalo capitalino.

Al final, la resistencia civil de los aficionados bien podría provocar una reacción encontrada: a mayor rechazo de la FIFA, más fervor amoroso por “Ajogol”.

Como el famoso grito, que fuere lo que fuere, ya evolucionó para convertirse en el último reducto de la desobediencia civil.

Y de las cualidades chilangas del ajolote, ni discutirlo: gran capacidad evolutiva y de adaptación, que son condiciones indispensables de supervivencia en esta región del país.

Eso sí, cuidadito con apropiarse del animal, que sin duda tiene que mantenerse como “propiedad” de todos.

Por cierto, pido sinceras disculpas porque a lo largo de este texto me he referido al ajolote como “mascota”, siendo que, posiblemente, califique como “animal de compañía”.

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