Tuvo verificativo en la Ciudad de México el 5 y 6 de marzo pasados el encuentro internacional anual de la Asociación Mexicana para la Protección de la Propiedad Industrial (AMPPI), que tuvo como ejes temáticos la Copa del Mundo a celebrarse entre Canadá, Estados Unidos y México, y los aspectos de Propiedad Intelectual que formarán parte de la próxima revisión del T-MEC.
En el evento participaron como patrocinadores los grupos nacionales de México, Estados Unidos y Canadá de la muy influyente Asociación Internacional para la Protección de la Propiedad Intelectual (AIPPI).
El peso que la relevancia de los temas aporta tiene como caldo de cultivo la denominada “fandom economy”, que define este inmenso mercado caracterizado por la participación activa de los fans, quienes actúan como mercadólogos, promotores y cocreadores, produciendo a menudo más contenido que los canales oficiales, lo que modifica el enfoque del consumo pasivo para pasar a la monetización activa, incluyendo servicios digitales, clubes de fans y eventos exclusivos.
Este tipo de mercado está construido alrededor de la identidad compartida y la pertenencia, permitiendo a menudo a los fans eludir a los intermediarios tradicionales de la industria.
La música y ciertos deportes (el futbol en primera instancia) son sus mejores ejemplos, en los que los montos de consumo son enormes y no dejan de crecer sostenidamente.
El cruce de caminos entre la Propiedad Intelectual y el entretenimiento no es solo natural, sino que ambos se implican ineludiblemente.
El consumo de contenidos digitales deportivos, hoy dominantes en toda clase de plataformas, demanda una legislación ajustada a sus características y dinamismo, así como de autoridades dispuestas a aplicar los dispositivos legales con recursos y determinación.
Sin certeza de los titulares de derechos de autor en el mundo digital para combatir sitios falsos, señales no autorizadas, contenidos ilegales y ofertas engañosas (ambush marketing), eventos como la Copa del Mundo perderían la lógica económica de los patrocinios y de la venta exclusiva de derechos de transmisión.
En ese ambiente “mundialista”, el radar de la Propiedad Intelectual que tiene México encima cobra especial significado. Como país, formamos parte de la lista especial de vigilancia de la última edición de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos conocida como 301, que califica el nivel de observancia de este tipo de leyes.
Considerando que la próxima edición del reporte se emitirá en abril, los esfuerzos realizados por México para escapar de la zona espinosa se han redoblado, en lo que constituye una preparación hacia el desafío de una justa deportiva que podría tener su versión alternativa en los canales de la economía informal.
En el ejercicio de cotejo de leyes de los tres países que el Congreso fomentó, se pudo llegar a conclusiones interesantes que acreditan que nuestras leyes se comportan en niveles de estándares internacionales adecuados.
Nuestro problema, más bien, atiende a carencias de recursos y falta de compromiso político para sostener a lo largo del tiempo programas y objetivos.
Hoy, vislumbramos un compromiso muy diferente a sexenios anteriores en los que el respeto a la propiedad intelectual ya no estaba en el lenguaje oficial.
Reitero, no es una moda, es indispensable sostenerlo en el tiempo.