Opinión Mauricio De Maria Y Campos

Alfonso, mi hermano. Querido Alfonso

Tu partida no fue sorpresa. Las últimas semanas te vimos apagarte dulce, tranquilamente, después de un largo padecimiento cardíaco.

Mauricio De Maria y Campos

En el elevador del hospital, rumbo a tu habitación, nuestra hermana Beatriz me informaba el 27 de enero de tu muerte. Una hora más tarde un tuit de Marcelo Ebrard lamentaba públicamente tu pérdida, recordando tus realizaciones en el mundo de la diplomacia y la cultura, y un minuto de silencio en la Cámara de Diputados homenajeaba tu memoria para orgullo familiar.

Tu partida no fue sorpresa. Las últimas semanas te vimos apagarte dulce, tranquilamente, después de un largo padecimiento cardiaco. Sin embargo, te vamos a extrañar y yo, tu hermano mayor, he tenido dificultades para escribirte este texto.

Mi primer recuerdo de ti es de aquel 19 de abril de 1949. Yo tenía cinco años y regresaba del kindergarten. Mi abuela me detuvo a la entrada de nuestra casa en Manuel Villalongín 74, para advertirme que no hiciera ruido y fuera a darle un beso de despedida a mi padre que "se había ido al cielo" después de varias semanas de convalecencia de un infarto cardiaco.

Besé tímidamente su mejilla fría, mientras mi abuela me cargaba a su cama. Alcancé a ver en el fondo de la habitación a nuestra madre, toda de negro, que lloraba en silencio, con una barriga hinchada de embarazo que te había de dar a luz tres meses después: el 9 de agosto.

Nunca he podido recordar qué pasó en los meses siguientes, hasta que te veo en brazos de mi madre en una fotografía conmigo y mis hermanas Teresa y Beatriz en el Parque Sullivan. Mi madre Teresa -destacada artista, investigadora de lo mexicano y 'Pascuala Corona' como cuentista infantil- exhibe, todavía vestida de negro, una orgullosa sonrisa mirando a su bebé Alfonso.

Los años siguientes te recuerdo en nuestras nuevas casas en la colonia Roma y en Andes, recorriendo en triciclo y luego en bicicleta las banquetas cercanas con la nana 'Teof'i, hasta que, a tus siete años, me despido de ti para irme al internado fuera del país durante cuatro años. La diferencia de edades nos impidió compartir muchas experiencias juveniles -cuando estabas en prepa en 68, yo ya había concluido mi licenciatura en la UNAM. Una familia y una educación similar primero privada, luego pública, nos dieron una base para identificarnos y convivir, con diferentes lentes; tú: abogado, politólogo e historiador; yo, economista. Nuestras vidas como funcionarios públicos y académicos, apasionados por México y siempre involucrados en el quehacer internacional.

Dejas una bonita familia: Virginia tu esposa, tus dos hijos: Mariana, abogada, y Alfonso, ingeniero, y dos maravillosos nietos. Y dejas muchos parientes y amigos contentos de haberte conocido. Con la familia recordamos tu boda en Pátzcuaro vestido de charro a la que llegamos todos en tren desde la Ciudad de México; algunos un poco deteriorados por el festejo nocturno. Con José Luis Barros, amigo tuyo del alma, comentamos tus logros universitarios y tu ejemplo como funcionario público.

Tu legado es una lección de vida. Desde que estabas en prepa dabas clases de teatro en un colegio de niñas. Ahí comenzó tu experiencia como maestro que continuarías en la UNAM y culminarías al dirigir el Instituto Matías Romero de la Cancillería. Tus exalumnos y exalumnas te han recordado con mucho cariño y admiración en los tweets publicados durante la semana siguiente a tu fallecimiento, que espero hayas recibido en tu nube.

La UNAM te llevó también a tus estudios de posgrado en Cambridge, Inglaterra, y a convertirte en investigador. Te recuerdo discutiendo con el historiador británico David Brading tu tesis sobre Limantour y los científicos, que realizaste con gran rigor, apoyado en los excelentes archivos que te encomendó temporalmente su descendiente y gran cuate tuyo, Manuel Subervielle. Hace unos días, un amigo me mencionaba que, días antes de tu muerte, en medio del confinamiento pandémico, había disfrutado mucho una videoconferencia tuya sobre Limantour en los archivos históricos CONDUMEX. Me habías regalado tu bello libro, pero apenas ahora descubrí tu interesante video. Por algo tu buen amigo, Javier García Diego, te dedicó su acostumbrado programa histórico en Radio Educación el domingo 7.

Fue también la UNAM tu casa de trabajo. Con Octavio Rivero como rector y más tarde con Guillermo Soberón realizaste una carrera en la promoción cultural y la distribución de libros de la UNAM - destacando como Coordinador de Extensión Universitaria. Más tarde, como director de publicaciones de Coaculta, impulsaste los libros y la lectura. Fueron hasta tu muerte tu otro gran amor, inspirado por mi madre desde que nos leía cuando éramos niños Platero y Yo y las obras de teatro de García Lorca y Oscar Wilde. Tras de tu muerte me enteré de que llevabas una bitácora comentada de los numerosos libros que leías cada año sobre arte, historia, política, biografía y novela -sin olvidar las policiacas que te divertían mucho.

A través de la UNAM desarrollaste también tu amor al teatro, que promoviste a través de una entrañable amistad con Luis de Tavira, con quien escribiste una ingeniosa obra sobre Alfonso Reyes y la comida, que pusieron en escena: La Conspiración de la Cucaña.

Relaciones Exteriores fue tu otra gran casa de trabajo. Tu carrera fue larga y fructífera hasta ascender a Embajador. Además de encabezar las direcciones de Asuntos Culturales y el Instituto Matías Romero, también fuiste director de América del Norte y del Programa de Comunidades Mexicanas en el Extranjero y al final, de Asia-Pacífico, con tu querido jefe Carlos de Icaza, con quien compartías el gusto por el dominó -junto a otros miembros de la familia de la SRE.

Recuerdo bien tu visita a Viena con Fernando Solana cuando eras director general para Europa y yo estaba allá al frente de la ONUDI -no pudiste quedarte a dormir en casa, pues Solana te pidió un discurso urgente para el desayuno. También conocí tus dificultades con el alto costo de la vida en San Francisco, como cónsul general de México. Afortunadamente tus logros en la promoción de exposiciones de arte mexicano y otros eventos culturales siempre compensaron tu esfuerzo.

Pocos recuerdan tu paso por la Secretaría de Turismo en el sexenio de Miguel de la Madrid, cuando pusiste en práctica tus conocimientos como abogado con Antonio Enríquez Savignac, quien te hizo trabajar duramente como director de Asuntos Jurídicos.

Esa experiencia te habría de ayudar tiempo después cuando, a propuesta de Sergio Vela, Felipe Calderón te pidió encabezaras el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Fue para ti una etapa de importantes realizaciones y satisfacciones, pero también de grandes desafíos. Combinabas tan bien tu habilidad diplomática y cultural, que te pedían que atendieras a reinas y jefes de gobierno cuando visitaban México -lo que te exigió, más de una vez, un esfuerzo físico titánico o mucha habilidad diplomática para mitigar los ímpetus de un visitante que quería ascender todos los escalones de la pirámide del Sol.

Felizmente supiste aprovechar tus últimos años de vida escribiendo para la UNAM ese libro de gran valor familiar: Vidas Sucesivas de Dos Arquitectos Mexicanos: nuestro abuelo, Mauricio de Maria Campos Elguero, quien construyó la Cámara de Diputados de Donceles -hoy Asamblea de Representantes de la Ciudad de México- y que murió también muy joven a los 33 años; y nuestro padre, Mauricio de Maria Campos Algara, quien fue repetidas veces director de la Escuela de Arquitectura y falleció cuando trabajaba en la Coordinación de la construcción de CU. Ya no pudo verla terminada… ni celebrar tu nacimiento.

Esperamos que te hayas reencontrado ya con ellos para platicarles de la vigencia de sus obras. Nos ganaste la partida. Te vamos a extrañar.

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