Cuando todo es prioridad, nada es prioridad
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Cuando todo es prioridad, nada es prioridad

06/01/2020

Hacer negocios es enfocar recursos –normalmente escasos– en una combinación óptima de producto y servicio que produzcan el mínimo valor percibido necesario para que un cliente esté dispuesto a pagar ocasional o recurrentemente por ello. Lograrlos obliga a priorizar.

Y en ese esfuerzo, no se tarda mucho un empresario o director de empresa en concluir que cuando todo es prioridad, nada es prioridad en su organización.

En su definición más simple, una prioridad es algo lo suficientemente importante frente al resto de las cosas en tu espectro de control y responsabilidad que amerita ser atendido con mayor celeridad. El acto de priorizar obliga a elegir. A dejar ciertos asuntos de lado, en aras de procesar otros primero.

¿Cómo ponderar unas cosas sobre otras para concentrar la energía en aquello que se define como prioritario? ¿Qué involucra el hábito directivo de definir prioridades? Aquí tres criterios para la reflexión:

1) Claridad en la anterioridad.- La dinámica ordinaria de cualquier compañía, más los bomberazos que inevitablemente surgen un día sí y otro también, producen condiciones idóneas para que sea la inercia o los requerimientos de terceros los que concentren el grueso del actuar.

Priorizar requiere establecer un número definido y limitado de actividades o asuntos en cierto orden y con cierta asignación metódica de tiempos.

2) Disciplina en el uso de energía y recursos.- Prioridad que no va acompañada de los recursos adecuados y proporcionados para lograr que se materialice en la realidad en un tiempo tan razonable como funcional es poesía.

El uso de capital, talento humano y energía organizacional deben estar alineados y gestionados a eso que se ha definido como la o las prioridades.

3) Fortaleza en el momento de excluir.- Dejar de hacer ciertas cosas produce todo tipo de reacciones, quejas explícitas, desconcierto legítimo o descontrol momentáneo.

Descartar algo o prescindir de alguien obliga a fijar una posición y a sostenerse en ella en tanto los efectos de las prioridades materializadas empiezas a notarse positivamente.

Todo negocio tiene múltiples métricas que resultan críticas y, en consecuencia, deben ser monitoreadas y gestionadas. Y aunque cada indicador y sus respectivas acciones puedan argumentarse como altamente relevantes, una organización saludable debe definir –clara y sostenidamente– qué sí es prioridad y qué (aunque valioso o trascendente) no lo es en determinado parámetro de tiempo.

Priorizar implica discriminar. Incluye aprender a decir “eso no” o “eso nos desenfoca de lo prioritario”. Involucra explicar a cada colaborador que su energía y talento deben ser alineados a eso que se ha decidido como la o las prioridades número uno de la organización.

Y es que nadie tiene prioridades estratégicas en una empresa hasta que aprende a decir que ‘no’.

No importa que sea temporada vacacional o días de flujos ordinarios. Pasa una semana y otra también y la caseta Tepotzotlán de la megatransitada carretera México-Querétaro no abre los carriles exprés que mantiene cerrados sin explicación alguna para el usuario.

Dicen los operadores de pago en efectivo que le están arreglando los lectores, pero la única obra que se observa (es un decir) es el cierre definitivo con barreras de concreto bloqueando permanentemente los otrora accesos anticipados.

Dado que no se ve que les corra prisa ni a Capufe, ni a sus empleados de sitio, ojalá que la SCT pregunte un día, a quien corresponda, cuándo funcionarán esos carriles de pago que nunca debieron dejar de operar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.