El exilio español y la riqueza de las migraciones
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El exilio español y la riqueza de las migraciones

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El exilio español y la riqueza de las migraciones

10/06/2019

Aún y cuando desde 1937 llegaron provenientes de España cientos de infantes, que serían conocidos como “los niños de Morelia”, así como varios intelectuales a darle vida a la Casa de España en México, todos ellos de forma provisional en principio, se considera que la llegada del buque “Sinaia”, un 13 de junio de 1939, marca el inicio formal del masivo exilio español.

Es frecuente escuchar de nuestros amigos exiliados y descendientes de exiliados españoles su profundo y sentido agradecimiento a México, por haberles abierto las puertas en aquel momento tan terrible de desgarramiento y persecución. Son constantes los discursos en los que enaltecen y rinden homenaje a mexicanos tan destacados como Narciso Bassols, Gilberto Bosques, Daniel Cosío Villegas y Lázaro Cárdenas.

No obstante, podríamos plantear la situación en términos inversos: México tiene mucho que agradecer al exilio español. Me atrevo a decir que a través del mismo, llegó a nuestro país una parte de lo mejor de España de aquel entonces: la gente que representaba los más altos valores, de libertad, igualdad y fraternidad, la primera línea de lucha contra el fascismo, los visionarios que habían derrocado pacíficamente a una monarquía vetusta y anquilosada. No eran sólo intelectuales, había también miles de obreros, de agricultores, comerciantes, empresarios y profesionistas.

En efecto, personajes como José Moreno Villa, Adolfo Salazar, José Gaos, Enrique Díez-Canedo, Juan de la Encina, Gonzalo Lafora, Bal y Gay, Antonio Madinaveitia, Joaquín Xirau, Eugenio Ímaz llegaron a enriquecer la vida de la Casa de España en México, que después se convertiría en el Colegio de México.

En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Adolfo Sánchez Vázquez, José Miranda, Juan Antonio Ortega y Medina, Carlos Bosh-García, Luis Rius, Arturo Soto y otros “configuraron un verdadero linaje intelectual, de enorme calidad”, diría José Antonio Matesanz.

También llegaron a México los poetas León Felipe y Agustí Bartra, el cineasta Luis Buñuel, los pintores Ramón Gaya y Remedios Varo, los juristas Luis Recaséns Siches y Aurora Arnaiz, los arquitectos Francisco Azorín, Félix Candela, Oscar Coll y Jesús Martí, los escritores José Bergamín y Max Aub, el economista Antonio Sacristán y muchos otros artistas, intelectuales y profesionistas.

Asimismo, debemos recordar a Wenceslao Roces, Francisco Giral, Eduardo Nicol, Tomás Espresate, José María Muriá y otros.

Muchos exiliados que llegaron siendo niños e hijos y nietos de exiliados construyeron interesantes trayectorias en la vida cultural, académica, profesional, periodística, económica o política de México. Por ejemplo, Trinidad Martínez, una de las fundadoras del CIDE; el publicista Eulalio Ferrer, el documentalista Demetrio Bilbatúa, el actor Andrés García, el periodista Luis Suárez, el arquitecto Imanol Ordorika, el abogado laboralista Néstor de Buen, la antropóloga Consuelo Sánchez, los fotógrafos Hermanos Mayo, el escritor Paco Taibo, el político Jaime Serra Puche, la actriz Ofelia Guilmain y la activista en Derechos Humanos, Teresa Jardí, los pintores Vicente Rojo, Alberto Gironella y Teresa Martín y el cineasta Carlos Mendoza.

Entre otros descendientes destacados encontramos a José Yuste, Francisco Barnés, Sergio Sarmiento, Pepita Gomís, Paloma Saiz, Fabrizio Mejía, Elvira Concheiro, Alfonso Suárez del Real, José María Espinasa, Eduardo Vázquez, Antonio Pérez Claudín y muchos, muchos más.

Los exiliados y sus descendientes levantaron en México escuelas como el Colegio Madrid, el IE, el Luis Vives, el Bartolomé Cosío, el Herminio Almendros; editoriales como Era y Costa Amic; librerías como Bonilla o las de Cristal; empresas como Somex, Vulcano, Compañía Lírica; instituciones como el Ateneo Español y muchos espacios icónicos.

En esta hora de México y del mundo, el exilio español nos recuerda que las migraciones enriquecen a las naciones, las hacen más grandes y fuertes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.