Para conservar el poder, las élites deben reinventarse. Eso es lo hoy se pone sobre la mesa por parte de la presidenta y Morena con la Reforma Electoral. Mientras, sus partidos aliados – el PVEM y el PT – lo leen como la posibilidad de quedar desplazados dentro del mismo proyecto que los llevó al poder.
Hasta ahora, parte de lo que se sabe de “la esperada Reforma Electoral” tiene que ver con un recorte del 25% al gasto electoral total; así como una reconfiguración de plurinominales en el Congreso de la Unión. El recorte aplica al presupuesto del INE, institutos electorales locales, tribunales electorales y partidos políticos.
Respecto al Congreso, en la Cámara de Diputados, se plantea la conservación de los 500 legisladores: 300 electos por distrito, por voto directo. De los 200 restantes – actualmente elegidos por representación proporcional –, 97 serán los mejores segundos lugares de cada partido; 95 se votarán directamente por circunscripción y ocho corresponderán al voto de mexicanos residentes en el extranjero. En el Senado se contempla la eliminación definitiva de las listas pluris: de 128 escaños se pasaría a 96, al conservar 64 de mayoría relativa y 32 de primera minoría.
La presidenta justifica esta modificación ante la necesidad de eliminar las listas hechas por las élites de los partidos – como ha sucedido en las últimas elecciones con los plurinominales – y que cada persona legisladora debe salir a territorio a buscar el voto popular. Y, aunque sus argumentos son convincentes, tiene una motivación más profunda. Ahí donde se encuentra la oportunidad de cambio para mantener el control.
En El gatopardo, Guiseppe Tomasi di Lampedura bien se dice que “todo debe cambiar para que todo siga igual”. Eso es lo que busca la Reforma Electoral: Morena quiere conservar su poder y dejar de depender de partidos aliados.
La representación proporcional comenzó con una lógica compensatoria. El partido con más votos recibía “menos” legisladores plurinominales, para abrir la puerta a las minorías. Buscaba generar contrapesos. Sin embargo, con la nueva fórmula, al elegir 97 diputados por primera minoría, es decir, entre los “mejores perdedores”, se amplía la posibilidad del partido mayoritario a obtener más espacio: de 300 a 397. Donde Morena gane, la oposición acumula segundos lugares ¿y los aliados?
En el Senado la ecuación es aún más clara: con 64 escaños de mayoría relativa y la estructura hegemónica que hoy tiene Morena, la cuenta camina sola hacia una mayoría cómoda.
El tema principal, que está por verse en los próximos días, es que sin los votos del PVEM y PT, Morena no alcanza la mayoría calificada. Necesita 81 votos adicionales en Diputados para alcanzar los 334. El PVEM tiene 62 y el PT, 49. En el Senado, la presidenta necesita 19 votos más; el Verde aporta 14, el PT seis.
Por supuesto que ambos lo saben y han amenazado con rechazar la reforma en los términos conocidos hasta ahora. Entre sus principales argumentos está lo que, consideran, un retroceso democrático que abona a la lógica del partido único. Sin embargo, su negativa es aritmética: temen por sus propias cuotas. En los pocos distritos donde Morena pierda, sus candidatos pueden entrar de todas formas por la vía de primera minoría. Si nos basamos en las últimas elecciones, los espacios del partido oficialista quedarían respaldados por su poder territorial en 24 entidades, que concentran el 74% de la población. El partido dominante gana si gana. Y si pierde, gana también.
La pregunta sobre qué sucederá con esta reforma quedará flotando a lo largo de toda esta semana en los pasillos del Congreso. Más que preguntarse si la reforma es buena o mala para el país, se cuestionará si el PT y el PVEM tendrán la conveniencia suficiente para votar en contra de su propio gobierno. La ironía en El gatopardo es que quienes se suman a la transformación para no perder su lugar, terminan descubriendo que el verdadero poder nunca tuvo intención de compartirlo. Hoy, el PT y el PVEM enfrentan algo similar: apoyaron al ganador cuando les convenía, y ahora Morena busca reinventar las reglas para prescindir de ellos.