Vaya que caló hondo la presencia en México de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Sus posicionamientos de derecha recalcitrante y su conservadurismo rancio disfrazado de discurso libertario incomodó no solo al oficialismo, empezando por la presidenta, sino a un amplio sector de la sociedad.
Y no es para menos, venir a querer rendir homenaje a Hernán Cortés agravió, por ejemplo, a los 70 pueblos originarios representados en el Consejo Nacional de Pueblos Indígenas, que rechazaron la visita y dejaron en claro que “la Conquista no puede ser presentada como un proceso de encuentro o integración y menos como ‘civilización’”, sino como “un periodo histórico marcado por la violencia, el despojo territorial, la imposición cultural y el sometimiento”.
Por supuesto habrá quien difiera y abrace la visión que defiende la gobernante madrileña quien, por cierto, enalteció el mestizaje. Pero el problema no es el mestizaje. Absurdo aquel que reniegue del mestizaje, pues, en efecto, es lo que somos. Huelga decir que buena parte de los habitantes del México actual (con X) somos mestizos, sin ignorar desde luego a los afromexicanos y a los pueblos indígenas, hablantes de más de 60 lenguas vivas distintas al español, que contribuyen a la enorme riqueza y diversidad cultural de la que gozamos.
El problema es la actitud con la que vino Díaz Ayuso a “Méjico”, con un obvio afán de provocación. Y, por lo visto, logró su cometido.
Ciertamente fue desacertada la manera en que López Obrador se empecinó con aquello del perdón exigido a España por las atrocidades de la Conquista. Desafortunada fue también la postura de Sheinbaum de no invitar al rey Felipe a su toma de posesión por no haber dado respuesta a la misiva de Andrés Manuel. Todo ello no hizo más que tensar la relación entre dos países hermanos y dar la imagen de que desde este lado del Atlántico se “fomentaba el odio”.
La relación se ha venido recomponiendo. Lejos ya de la presión de AMLO, Felipe VI reconoció hace casi un mes que hubo “mucho abuso” en la Conquista, lo que permitió acercar posiciones y que Sheinbaum se reuniera en Barcelona con el presidente Pedro Sánchez, limando asperezas. La semana pasada vino el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, visita que apuntaló la cercanía y así se daban por zanjadas las diferencias.
Por eso en mala hora ocurrió el viaje de Díaz Ayuso, con una agenda marcadamente provocadora, de querer remover fibras sensibles y reavivar pugnas. Mas ella no es la que se equivoca, ella finalmente fue acogida por personajes de extrema derecha quienes, felices, se regodearon en la oportunidad de comulgar con sus ideales “libertarios”. Ellos, Isabel, los Claudios X., las Lillys Téllez, los Salinas Pliego y hasta la “progresista” Alessandra Rojo de la Vega, finalmente están en lo suyo, vanagloriándose en su conservadurismo.
La que se equivoca es la presidenta de la República, bajándose al nivel de Díaz Ayuso, confrontándola, haciéndole el caldo gordo, como dicen en el pueblo bueno y sabio. “A quienes reviven la Conquista como salvación, les decimos, están destinados a la derrota (...) quienes buscan reivindicar a Hernán Cortés y sus atrocidades están destinados a la derrota”, lanzó el martes Sheinbaum. ¿Qué tiene que estar poniéndose la presidenta al nivel de Díaz Ayuso, quien se ha de haber puesto feliz de estar al tú por tú? ¿Por qué no mandó a la secretaria de Gobernación a contestarle? A Claudia correspondía hacerle el vacío.
Pero no, ahí fue al encontronazo, cayendo en la provocación. Eso que lo deje para los ideólogos del obradorismo. Que se lo deje a Pedro Miguel, quien tuvo la grandiosa idea de solicitar al INAH la exhumación de los restos de Hernán Cortés y su envío a España, lo que le valió duras críticas nada menos que de Pedro Salmerón… ¡su correligionario!, sí, el historiador predilecto de AMLO, quien consideró una “absoluta tontería” lo planteado por Miguel, pues –advirtió– “le da armas y espacio a la ultraderecha neofranquista y racista en su actual cruzada”.
Eso es lo que logró Díaz Ayuso, que hasta los mismos cuadros de la ‘4T’ se peleen entre ellos. Muerta de risa debe estar ella y todos los adversarios del oficialismo y los personajes más reaccionarios de México.
La que sí lo tiene claro es la nueva presidenta de Morena, Ariadna Montiel, quien sostuvo que “la visita de Ayuso no es diplomacia: es provocación e injerencia”. Es a ella, a la dirigente partidista, a quien le corresponde respingar, no a la jefa del Estado.
Ayer en la mañanera, la presidenta dedicó alrededor de 20 largos minutos a hablar otra vez de Díaz Ayuso, aunque dio un giro y cargó sus críticas a los “trasnochados” que la invitaron, y desestimó la importancia de la visita.
La española, cobijada por sus seguidores aquí, no escatimó en críticas a las políticas de gobierno, por ejemplo, la forma en que se entregan sin distingo los apoyos sociales. Tampoco se contuvo al asegurar que, a partir de la llegada de Morena, se instauró el discurso de la democracia popular y comenzó la captura de instituciones. A ver… mentira no es. Pero eso, ¿es o no es una extranjera inmiscuyéndose en asuntos políticos?
No faltará quien urja a aplicarle a Díaz Ayuso el 33 constitucional, que a la letra dice: “Los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país” y que el Ejecutivo puede “hacer abandonar el territorio nacional, inmediatamente y sin necesidad de juicio previo, a todo extranjero cuya conveniencia juzgue inconveniente”.
¿Realmente sería buena idea echar a la madrileña del país? Nada más obtuso. Ya incluso Sheinbaum ayer indicó que “tiene derecho a venir. México es libre. Nadie debe oponerse a que ella venga (...) Eso no quiere decir que no haya debate sobre lo que dice”. Sí, pero no debería ser la titular del Ejecutivo quien se meta a ese debate político, ella debe gobernar… y juzgar a los políticos delincuentes de su propio movimiento –aunque diga que eso le toca a la fiscalía “autónoma”– y evitar así dar pie a intentos de injerencia extranjera, ya sean de Madrid, de Washington o de donde sea.