En su Justa Dimensión

Lo bueno, lo malo y lo feo en política exterior

La presidenta está en una posición distinta a la de Mark Carney o Lula da Silva. La posición de poder de Canadá ante Washington no se compara con la de México. Y la economía de Brasil depende mucho menos de la estadounidense que la nuestra.

El sexto de los “100 compromisos para el segundo piso de la Transformación”, establecidos por Claudia Sheinbaum, es “Política exterior con apego a la Constitución”. La pregunta es, ¿en qué parte de la Carta Magna dice que las embajadas y consulados serán usados como moneda de cambio o como premio de consolación para miembros del ‘movimiento’?

El lunes, en EL FINANCIERO, se publicó una entrevista de Diana Benítez al senador Alejandro Murat, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores, en la que asegura que “la presidenta de la República y la cancillería, el secretario De la Fuente, consideraron importante tener perfiles con una amplia experiencia en el servicio exterior, pero aparte, experiencia en los países en los que van”.

Sostuvo el oaxaqueño que esa sería ahora la apuesta: perfiles con trayectoria diplomática, y puso los ejemplos de Luz Elena Baños Rivas, en la embajada de Guatemala, y Ana Luisa Vallejo Barba, en Belice, quienes fueron ratificadas por el Senado la semana pasada.

Baños fue representante de México ante la OEA y ha tenido otros cargos en el servicio exterior, mientras que Vallejo ha desempeñado misiones diplomáticas en Perú, Bolivia, así como en Río de Janeiro y en San Francisco, California, donde fue cónsul general.

Hasta ahí todo iba muy bien, pero… quizá para ese momento Murat no sabía –porque fue simultáneo– que el secretario de Educación, Mario Delgado, había confesado que, en el jaloneo con Marx Arriaga, el defenestrado titular de la Dirección de Materiales Educativos, para que abandonara el cargo, “le había planteado la posibilidad de que representara a nuestro país, en un país latinoamericano”.

La versión de Delgado fue confirmada por la propia Sheinbaum, al explicar el cese del artífice de los distorsionados libros de texto. “Marx Arriaga no estaba de acuerdo en que hubiera ninguna modificación a los libros, entonces ahí hubo un primer, pues digamos, desencuentro. Entonces, frente a esta situación, pues se le ofrecieron otras opciones; entre otras, la posibilidad de un consulado”.

Tan sólo de imaginar la cara de Murat al escuchar eso…

De por sí, los nombramientos de perfiles como el exfiscal Alejandro Gertz como embajador en Reino Unido y del exconductor de televisión Genaro Lozano en la embajada de Italia ya hablaban de la persistencia del uso político del servicio exterior –a Gertz como retiro dorado, tras haberse convertido en un estorbo, y a Lozano como premio por sus porras a la ‘4T’–, confesar sin tapujos el ofrecimiento a Marx fue un descaro.

Y ya que estamos abordando la política exterior, la manera en que esta se está conduciendo merece evaluarse en su justa dimensión. Por un lado, reconocer el acierto de capotear a Trump sin caer en provocaciones. Ya vimos cómo le fue al colombiano Gustavo Petro, que de muy gallito pasó a doblar las manitas. Se equivocan quienes exigen de Sheinbaum una actitud más confrontativa. La presidenta está en una posición distinta a la de Mark Carney o Lula da Silva. La posición de poder de Canadá ante Washington no se compara con la de México. Y la economía de Brasil depende mucho menos de la estadounidense que la nuestra.

Que recurra cuantas veces quiera al “cooperamos, pero nunca nos subordinamos”; eso es para la audiencia doméstica. Pero es un acierto evitar la confrontación directa. Los resultados ahí están, a raíz de los aranceles impuestos por Trump, la economía mexicana es de las menos afectadas.

Pertinente fue también el rechazo a formar parte de esa farsa de la Junta de Paz para el conflicto en Gaza, pues más allá de que no se toma en cuenta a Palestina, Estado reconocido por México, esa junta es una especie de club privado y, citando al embajador Arturo Sarukhán, “su carta constitutiva vincula de manera cleptocrática privilegios como la membresía permanente a contribuciones millonarias (...); sólo hay que ver la composición inaugural de la Junta. Seis monarcas de regímenes que distan mucho de ser democracias liberales, tres ex-apparatchiks soviéticos, dos líderes de regímenes apuntalados por los militares y un líder buscado por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra”. México asistirá, pero sólo como observador. ¿Debió Sheinbaum también rechazar eso? No, fue atinado al menos sí ser testigo de lo que ahí ocurrirá.

Pero una cosa es no confrontar a Trump y otra es no figurar en los foros globales y renunciar a asumir el papel que a México le corresponde como la 12.ª economía del mundo.

Eso de que la mejor política exterior es la interior es un argumento falaz que sólo nos aísla en un mundo globalizado. No se explica, por ejemplo, la ausencia de la presidenta en Davos; no para tomar el micrófono y contrariar a Trump, pero sí para cobrar visibilidad en un marco tan relevante como el Foro Económico Mundial y dialogar con líderes de las principales potencias, en un contexto de reconfiguración del orden global.

¿Qué necesidad de hacer el vacío a foros como la cumbre de la Celac-Unión Europea de noviembre pasado, en la que el brasileño Lula asumió el rol protagónico ante la presencia de Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, y otros mandatarios de la región?

Una región, por cierto, donde México tiene conflictos con otros países como nunca antes. Más allá de a quién le asiste la razón, baste citar las pugnas con Ecuador (justificada por el allanamiento de nuestra embajada) o con Perú, país que, por motivos que podemos no compartir, declaró persona non grata a Sheinbaum.

La coyuntura de la revisión del T-MEC es, sin duda, una camisa de fuerza y no hay mucho margen de maniobra; pero una vez concluido ese capítulo, valdría la pena repensar el papel que México debe tomar en el llamado concierto internacional.

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