Retrato Hablado

Hay que delegar a la IA solo lo que quita tiempo

“No le pediría a un sistema que me resuma algo que disfruto leer. No le pediría a un agente que haga un viaje por mí”, dice Hebert Hernández, experto en e-commerce.

“Todo hay que hacerlo con cariño”, repite Hebert Hernández, porque es un ideal que atraviesa generaciones. No es una frase vacía, sino una herencia de supervivencia y servicio. Sus cuatro abuelos, provenientes de la Sierra de Puebla y de comunidades recónditas en Oaxaca, compartieron una obsesión: que sus hijos no se quedaran ahí, que buscaran un futuro donde el esfuerzo tuviera una recompensa distinta a la tierra.

Su abuelo paterno llegó a la Ciudad de México y trabajó durante décadas como laboratorista en la Facultad de Química de la UNAM. No era un académico de renombre, pero terminó siendo padrino de una generación de estudiantes porque cuidaba el espacio y los materiales con devoción. Hebert Hernández recuerda una historia que lo define: a un hombre que alguna vez amenazó su vida en el campo, el abuelo terminó rescatándolo años después. De él aprendió que la comunidad se construye viendo por el bien del otro, sin importar quién sea.

Del lado materno, la historia no fue muy distinta. En un pueblo de Oaxaca, hace siete décadas, su abuelo tomó una decisión radical: su hija no se quedaría a recoger la mesa ni a lavar platos; ella se iría a estudiar a una escuela normal para convertirse en maestra. Su visión, que desafiaba todos los roles de género de la época, permitió que la madre de Hernández dedicara 50 años de su vida a la educación pública. Llegó a ser directora general de Educación Primaria en la capital. Con esa genética de disciplina y estudio, Hebert creció bajo el ejemplo de que el conocimiento es la única herramienta de movilidad.

Aunque hoy Hernández es un referente en el mundo de los datos y la tecnología, su inicio fue un tropiezo guiado por la admiración. Quiso ser ingeniero como su padre, pero una maestra lo hizo desistir. Tenía razón. Tras un semestre de ingeniería industrial en el Tec de Monterrey, el muchacho se dio cuenta de que lo suyo no era solo el número, sino la historia detrás de él. Se cambió a Comunicación, una decisión que sus padres apoyaron sin titubeos, financiando incluso sus viajes desde Las Águilas hasta el campus cuando el trayecto todavía era una aventura.

Hernández pertenece a esa generación que vio nacer el internet comercial en México. Siendo todavía estudiante, se convirtió en un “intraemprendedor” dentro del Tec, y ayudó a construir la comunicación interna del nuevo campus Ciudad de México. Fue de los primeros en entender que la red no era solo una biblioteca digital, sino un mercado de atención. Le tocó colaborar en el diseño del primer portal de noticias del diario Reforma y convertirse en uno los primeros anunciantes online del país. En una época donde nadie sabía si el dinero invertido en un banner servía de algo, Hebert Hernández se pasaba las noches revisando los datos rudimentarios de 1999 para demostrar que el futuro ya estaba ahí. “Me gusta iniciar cosas, construir desde cero”, confiesa. Se define como un abridor en el beisbol: tiene el brazo para los primeros lanzamientos, para encontrar la oportunidad donde no había nada.

Después de nueve años en el Tec y seis más en la agencia Códice –donde certificó a la compañía ante Google cuando el gigante apenas se instalaba en México–, sintió esa incomodidad que precede a los grandes saltos. En 2011 decidió lanzarse sin paracaídas y fundó Ábaco (luego Avatar). Al principio, la soledad del emprendedor lo asaltaba frente a retos financieros o comerciales que no le enseñaron en la carrera. Sin embargo, su capacidad para escuchar y sintetizar lo salvó. Un cliente fundador de una universidad en línea le confesó años después: “Gracias a que tú supiste cómo traer alumnos usando datos, hoy estamos aquí”. Esa satisfacción, la de hacer evidente lo que otros no ven, se convirtió en su sello profesional.

Ábaco creció rápido; llegó a tener más de 110 empleados y carteras de clientes que incluían a Walmart, Aeroméxico y Volaris. Hernández recuerda una reunión con Walmart un 10 de mayo; mientras otros celebraban, él estaba cruzando el Toreo para presentar una estrategia. Pero el mercado digital es una marea que no deja de subir. Tras una fusión que no resultó como esperaba y el impacto de la pandemia que desequilibró sus cuentas, entendió que el siguiente paso era la consolidación. Vendió su operación a Incubeta, una firma internacional, donde pasó dos años dirigiendo la oficina local.

Hoy, ha vuelto a sus orígenes de “pitcher abridor” con un nuevo proyecto: Evidente, donde busca resolver una obsesión que lo persigue desde el siglo pasado: que los tomadores de decisiones dejen de adivinar y empiecen a usar sus datos en tiempo real. Su herramienta utiliza inteligencia artificial para que un dueño de e-commerce pueda escuchar, como si fuera un pódcast, el estado de su negocio y las acciones recomendadas para ese día. “No es falta de tecnología, es falta de tiempo para decidir”, explica.

A pesar de vivir entre algoritmos, Hebert Hernández es un defensor del pensamiento crítico. Da clases de educación ejecutiva y se enorgullece de ser el “padrino digital” de decenas de emprendedores que pasaron por sus equipos. Sobre el miedo a la inteligencia artificial, tiene una postura clara: no hay que encargarle a una máquina lo que nos da placer. “Yo no le pediría a un sistema que me resuma algo que disfruto leer. No le pediría a un agente que haga un viaje por mí para que luego me cuente cómo me fue. Hay que delegar lo administrativo, lo que quita tiempo, para poder ser más y más humanos”.

Frente a la pantalla, pero con la mirada en el legado de su abuelo laboratorista, sigue creyendo que la tecnología es solo un vehículo para algo más profundo: la capacidad de ayudar. Ya sea formando a un nuevo empresario o diseñando un modelo predictivo, su motor sigue siendo ese “cariño” que aprendió de sus abuelos. Al final, para Hebert Hernández el éxito no se mide en clics, sino en la cantidad de vidas que ayudó a transformar mientras descifra el código de lo que vendrá.

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