David Bak nació en la Ciudad de México, en la Colonia del Valle, puerta con puerta de una imprenta. Su padre era editor de una revista y de una editorial marxista llamada Terranova, por lo que su infancia transcurrió junto a una gran casa con un frondoso árbol de higo y el sonido de las máquinas que no paraban. Los libros le entraron primero por el olfato; jugaba entre la tinta y el papel sin dudar que su destino era vivir entre ellos.
Los Bak se fueron a vivir a la Magdalena Contreras, en la calle empedrada Coacuazimla, pero su origen es una mezcla de geografías; Bela Bak Geler, el padre, nació en esa zona de Europa que cambió de bandera media docena de veces durante el siglo pasado: era Yugoslavia, lo que fue el imperio austrohúngaro y terminó siendo Serbia. Originalmente quería estudiar en España, pero en tiempos de Franco, y al venir de la Yugoslavia de Tito, le negaron la visa. Fue entonces cuando leyó Pedro Páramo y se preguntó si ese lugar existía. Así llegó a la UNAM, y terminó convertido en mexicano.
Sarah Corona, su madre, tapatía, era profesora de comunicación en la UAM Xochimilco. Fue ella quien, al encontrar una oportunidad laboral en la Universidad de Guadalajara, precipitó la mudanza de la familia. Bak tiene una relación particular con su identidad geográfica: aunque lleva la mitad de su vida en la capital jalisciense, no se atreve a llamarse tapatío; sigue siendo un “chilango” en tierras de occidente.
La familia se mudó a Guadalajara justo al inicio de la preparatoria. Fue un cambio no deseado, un choque cultural fuerte. Pasar de la UAM a la UDG, y del ambiente capitalino a una sociedad más conservadora, fue difícil, pero vital en retrospectiva. Se adaptó a su nueva ciudad de a poco, pero al final consiguió ver sus propios puntos ciegos y conocer de cerca el conservadurismo, algo que desde la Ciudad de México más difícilmente se percibe.
Bak Geler estudió Filosofía en la UDG, pero tenía claro que quería salir. Regresó a la Ciudad de México para estudiar en la UNAM la maestría, un tiempo fantástico donde trabajó cerca de su maestro más querido, Carlos Pereda. Luego, estuvo en el servicio público: escribió discursos para Consuelo Sáizar en la Secretaría de Cultura. “Fue un aprendizaje brutal”. Aunque ideológicamente no simpatizaba con ese gobierno, aprendió a separar las cosas. Sáizar era una jefa demandante y rigurosa: pedía textos a medianoche y los esperaba impecables, y pronto. “Ahí entendí que si puedes escribir bajo esa presión, puedes escribir cualquier cosa”, recuerda. Hoy mira con cierta suspicacia a los académicos que se sienten desbordados; visitar esos otros mundos laborales le quitó un poco la ingenuidad.
El llamado del estudio persistía. Bak Geler ganó la beca Fulbright y se fue a Nueva York, a la New School for Social Research, la universidad progresista con la que siempre había soñado. Llegó mayor que sus compañeros, cerca de los 30 años, lo que le permitió disfrutar la ciudad con otra madurez. Nueva York le pareció una ciudad que hace “borrón y cuenta nueva” constantemente: “Ahí tumban edificios y las esquinas desaparecen. Es una hoja en blanco”. Ahí conoció a su pareja, una neoyorquina que le dio acceso a una familia local, un ancla de estabilidad en medio del caos de Manhattan que él describe como tener la posmodernidad y la premodernidad trenzadas.
Hace nueve años que regresó a la Universidad de Guadalajara. La describe como un lugar de operación interesante, un margen con mucho poder. Ese orgullo de operar desde un margen con peso nacional le ha permitido construir una obra propia, aunque le tomó tiempo entender la “grilla” académica local.
Al principio, Bak Geler se sentía consumido por la burocracia universitaria, obligado a publicar papers técnicos “que leían tres personas”. Insatisfecho por la falta de repercusión real, cambió la estrategia y apostó por los libros de ensayo y crítica cultural legible. Su primero, Reparto de máscaras, fue una crítica salvaje a la clase política e intelectual, a la ‘4T’ y a la oposición. Para su sorpresa, algunos políticos criticados adoptaron el libro y cambiaron sus discursos al verse reflejados. “Fue muy claro quiénes necesitaban esas ideas para entenderse a sí mismos”, señala.
Esa experiencia transformó su metodología. Bak Geler cree que muchos analistas no se han quitado los “lentes” de antes de López Obrador y siguen analizando lo nuevo con viejas estructuras. Por eso, su diálogo ya no es con la alta teoría o citando a Orwell, sino con el lenguaje popular y los hablantes anónimos que definen la realidad de estos días.
Ahora trabaja en un libro sobre música popular y colonialismo. Le interesa cómo en la música del sur –desde la africana hasta el reguetón– sobrevive el alma anticolonial que la alta cultura olvida. A menudo, dice, los intelectuales latinoamericanos adoptan la retórica del colonizador, pero en la música popular sobrevive el arsenal de resistencia. Para el futuro, planea proyectos arriesgados que crucen ensayo y novela, buscando romper la idea de que la literatura es un vaso de cristal frágil que no puede tocarse con el lodo de la política.
Bak Geler vive tiempos “impredecibles y emocionantes”, de transformaciones radicales. “Me da coraje ver a intelectuales que no aceptan la magnitud del momento, aferrados a la nostalgia o al miedo”, confiesa.
El liberalismo clásico ya no le alcanza para explicar el presente. En sus clases ha tenido que cambiar los programas por completo para discutir conceptos como fascismo, anarquismo o comunismo, palabras que hace cinco años parecían marginales y hoy se han impuesto como realidades ineludibles. Aunque las universidades cambian lento, él cree que hay prisa por ponerse al día. “La terquedad más criticable del mundo intelectual mexicano hoy es querer entender lo nuevo con viejos conceptos. Hay que tener la osadía de abrirse a lo impredecible”, concluye.