Retrato Hablado

‘Las elecciones no se ganan en la campaña, se ganan antes’

La proximidad de los partidos con la sociedad, que nunca es perfecta, tiene que ver con el contacto cara a cara, dice Raudel Ávila, escritor y columnista.

-¿De dónde viene tu nombre, Raudel?

-No tengo la menor idea, sospecho que es un error. Mi abuela tuvo 12 hijos, más otros que murieron. Mi papá fue de los últimos. Cuando iba a nacer, mi abuelo estaba muy enfermo. Fumaba como fumaban en los ranchos antes, se le destruyó la garganta y no se le entendía. “¿Cómo quieres que se llame el nuevo?”, le preguntó su mujer, quien explicó más tarde: “Entendí Raudel y así lo puse en el registro”.

Raudel Ávila creció en Hermosillo, ciudad que le permitió desarrollar un sentido de comunidad. Conocía a sus vecinos, jugaba con sus amigos, recorrían juntos las calles sin asomo de miedo. A los ocho años, se escapó de la escuela. No duró cinco cuadras: “Me iban conociendo: ‘Raudel, ¿a dónde vas? ¿Por qué no estás en la escuela?’”. Hasta que una vecina lo cogió del brazo y lo devolvió a su madre. “Estaba seguro y protegido. Lo cuento porque eso ya no existe, ni allá”.

María Refugio Solís es de Chapala, Jalisco; Raudel Ávila de Jerez, Zacatecas, a donde no pueden volver porque la zona es intransitable, reino del narco. Él, empleado toda su vida en la banca, padeció con su familia todos los dramas financieros de México. En alguno de ellos, se reubicó en Mazatlán, donde su primogénito tuvo a uno de esos profesores que mejoran las vidas de sus alumnos. Enrique Pozo Araujo convenció a Raudel Ávila de que estudiara Relaciones Internacionales y no Literatura. Estaría más holgado en lo económico, le aseguró. Y lo mandó a prepararse para el Colmex, donde había becas.

“Mis profesores del colegio fueron tremendamente significativos; me estructuraron en cierta noción de rigor intelectual”, cuenta. Rafael Segovia y Mario Ojeda, fundadores de la carrera, bromeaban con el estudiante sonorense, a quien le decían que debían desbarbarizarlo. “Eran hombres muy cultos que cambiaron mi perspectiva del mundo. Desde luego, estaban Fernando Escalante, Soledad Loaeza, Francisco Gil Villegas, Rogelio Hernández. He sido un hombre inmensamente afortunado. Como no puedo estar orgulloso de lo que he escrito ni de lo que he leído, como en la frase que se atribuye a Borges, yo me enorgullezco de mis maestros”.

-¿Se dieron por satisfechos en tu desbarbarización?

-No.

-¿No del todo?

-Me formaron mucho más que en términos académicos. Efectivamente yo era y sigo siendo un bárbaro del norte, pero si se ha limado un poco fue gracias a mis profesores. Lo que nunca aprendí fue a comer; sigo añorando la carne asada, las coyotas, las tortillas de harina. El profesor Segovia nos llevaba a un restaurante francés. Yo lo veía pedir escargots y pensaba: “¿Cómo puede comer esto? ¿Y dice que yo soy el bárbaro?”.

Ávila estudió en Essex la maestría en Relaciones Internacionales. Su tesis de licenciatura, sobre la figura de Jesús Reyes Heroles, lo llevó allá. “Era no sólo un intelectual, sino un político exitoso, que es una cosa rara. Hay muchos intelectuales que se meten a la política, pero la mayoría fracasan. A él le fue relativamente bien, y yo quería escribir su vida”.

Ávila trabajó a partir de una conferencia, publicada en la revista Cuadernos Americanos, de Jesús Silva Herzog, donde escribió que para reformar el sistema de partidos políticos mexicano, y en concreto al PRI, había que estudiar al Partido Laborista británico. “Me resultó apasionante. Quería estudiar cómo se modernizaba un sistema de partidos que tenía tres siglos funcionando porque aquí, con 20 años de democracia, ya se hablaba de que los partidos estaban agotados. Escogí Essex porque me permitiría trabajar con los laboristas y ver el partido desde adentro”.

La Asociación de Estudiantes Laboristas le abrió la entraña al mexicano. Los acompañaba en las campañas, lo incluían en sus círculos de estudio, asistía a asambleas y convenciones. “Fue una de las experiencias más apasionantes de mi vida, sobre todo porque me permitió recorrer el Reino Unido como parte del contingente estudiantil del partido. Me tocaron las campañas de reelección para la alcaldía de Londres en 2012. Fui a algunas zonas depauperadas de Londres. Toqué puertas de trabajadoras sexuales, de empleados de intendencia, conocí la pobreza del primer mundo. La gente pedía al candidato laborista cosas muy elementales, que yo imaginaba que estaban resueltas y descubrí que la proximidad de los partidos con la sociedad, que nunca es perfecta, tiene que ver con el contacto cara a cara, puerta a puerta. Nada más, no hay secreto, pero aquí no lo hacen; todo es redes y anuncios en televisión”.

-Aquí lo hizo López Obrador.

-Y eso explica en gran medida su triunfo y su popularidad constante. Por eso no se justifica la sorpresa de los opinadores. Casa por casa recorrió este país y la gente se acuerda de él.

Ávila volvió a México y asesoró a Aurelio Nuño en la Jefatura de Oficina de la Presidencia. Tres años después, lo siguió a la SEP, pero pasó a la oficina del subsecretario Otto Granados, con quien había trabajado antes. Ahí permaneció el resto del sexenio.

Desde 2018, asesoró al consejero del INE Jaime Rivera. Ambos eran anglófilos y estudiosos de los sistemas de partidos. “Su hija nos sentó a cenar. Desarrollamos química el consejero y yo”. Al inicio del sexenio de López Obrador, Rivera lo sumó a su equipo.

-Por tu experiencia con los laboristas, ¿podía anticiparse el presente del PRI?

-Claro. Se descomponía todo, y además no había que ser profeta; bastaba ver las encuestas para entender que AMLO crecía y que el PRI se caía. Había ganado Nuevo León El Bronco. ¡Tuvo más votos que el PRI y el PAN juntos! Era un antecedente de lo que venía, y contestaban lo mismo que ahora con Xóchitl: que todavía no es tiempo. En mi muy modesta experiencia, las elecciones no se ganan durante la campaña, se ganan antes.

-A lo mejor cuando duraban un año, se ganaba en la campaña propiamente...

-Sí, ahora quieren levantar 20 puntos en cinco minutos. ¡Están locos!

Ávila, columnista de El Universal, no tuvo la influencia que hubiera querido como asesor. Ahora que está por terminar su segundo libro, reflexiona:

“En la película Kung Fu Panda, un personaje dice que uno siempre llega a su destino por la ruta que escogió para eludirlo. Yo había evitado escribir, pero a la vuelta de los años y después de asomarme un poco a la política, me gusta, pero no me da para comer, como bien dijo mi profesor”.

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