En los estantes de artículos deportivos del supermercado, la niña vio un bate y un guante de beisbol. Los señaló, insistente, con su dedito. Su madre se negó –es para niños, dijo–, pero su padre cedió para evitar un berrinche. “Todos los días, al volver del trabajo, él se ponía a jugar conmigo”, cuenta Dafne Mejía, seleccionada nacional de beisbol.
A partir de ahí, la niña exigió que la metieran a clases. Su madre encontró un curso de verano, y la inscribió. Dafne Mejía tenía cuatro años. Le preguntaron a Adriana Limón si su hija había jugado antes, porque mostraba muchísima habilidad. Ella contestó que no. Ni siquiera había visto el beisbol en la televisión. “Luego se convenció de meterme a jugar toda la temporada, y ya no lo dejé”, dice la pelotera.
Aquello fue un parteaguas. A partir de entonces, sus padres la llevaron al estadio, en ese tiempo el Foro Sol. Cuando Dafne Mejía creció un poco más, practicaba futbol, atletismo, patinaje artístico y gimnasia, pero a ella le interesaba sobre todo el beisbol. Su madre lo aceptó de manera definitiva. “En la época infantil era muy padre convivir con los niños”, recuerda. De inicio jugó en la Liga Tranviarios, luego en la Liga Olmeca, en la que permanece. “Al principio tuve la aceptación tanto de los niños como de los papás, pero no al 100 por ciento. A los nueve años fui primera base, hasta que el mánager me preguntó si quería pichar. Me subió y fue espectacular”.
Adriana Limón le encontró un entrenador para que la enseñara a pichar. Tres años después, se llevó todos los premios de picheo y de bateo en su primer torneo kenko ball.
Dice Mejía: “Siempre le dije a mi mamá que algún día iba a representar a México. Y seguí entrenando, pero al cabo de los años se me acabó la edad de jugar beisbol”.
Siguió con el softbol, pero no la convencía. Tenía un semestre jugándolo en la Liga Olmeca cuando la llamaron a la Selección de la Ciudad de México. Debutó en un campeonato nacional, categoría menores de 25, con 15 años. Después se estrenó en las olimpiadas juveniles y jugó varios campeonatos nacionales en diferentes categorías. A pesar de sus éxitos, Mejía se negó a renunciar al beisbol.
Su madre, entonces, consiguió que le dieran permiso en Tranviarios para formar una categoría mayor para que pudiera continuar su hija en la siguiente categoría, 17-18. “Ahí sí me enfrenté al machismo en serio. A esa edad, a los hombres no les gusta que una mujer los ponche o les dé un hit. Pero los mismos compañeros me enseñaron que no me tenía que dejar, que si ellos me arrimaban la pelota, yo también se las tenía que arrimar para que aprendieran a respetarme”, cuenta.
La perseverancia de su madre abrió el beisbol femenil en la Ciudad de México, en 2009. Casi al mismo tiempo arrancó la liga femenil en Yucatán. “Ella y yo sabíamos que algún día esto iba a trascender hasta formar una selección mexicana, y mi mamá se esmeró muchísimo para que esto sucediera”.
Poco antes de su ingreso a la Selección nacional, Dafne Mejía fue premiada en el Congreso por su destacado desempeño deportivo. Las seleccionadas disputaron su primer campeonato mundial en 2017, prácticamente sin apoyo. Sin embargo, Mejía se lesionó el codo. Le realizaron una cirugía por ruptura de ligamento, típica en la liga mexicana y las grandes ligas. Ella pensó que su carrera había terminado ahí. “Pero varios jugadores como Iván Terrazas, Arturo López y Juan Pablo Oramas me contaron que ellos se habían recuperado y me motivaron a salir adelante a pesar de esa lesión”.
La psicóloga de los Diablos le ayudó a sobreponerse mentalmente. “Agarré fuerza y otro aire, y todo salió bien. Se fue abriendo el panorama y, claro, después de llegar, hay que mantenerse. Tampoco es fácil porque en la Selección compites contra lo mejor que tenemos en el país. Hoy, la Aelección está en quinto lugar a nivel mundial”.
-Y todavía te quedan años en el campo.
-Me quedan unos buenos años para seguir jugando bien. Siempre he dicho que el día que yo deje de jugar beisbol, me gustaría que los mánager y el coach del equipo pudieran ser mujeres y, ¿por qué no?, en algún momento me gustaría dirigir a la Selección mexicana para transmitirle mi experiencia y lo que he aprendido como parte del equipo. Me gustaría que el deporte crezca entre las mujeres, que no haya barreras y que puedan jugar hombres y mujeres entre iguales, sin discriminación.
Dafne Mejía es licenciada en relaciones comerciales por el Instituto Politécnico Nacional y maestra en administración de empresas. Sigue estudiando, ahora en la Universidad Latinoamericana, la carrera de Gestión Deportiva. Trabaja en la Liga Olmeca, además de jugar beisbol. “Es una chamba normal, como la de cualquier persona. Trabajo en el área administrativa, en asuntos financieros. Números, números, números”.
Desde niña, Adriana Limón enseñó a Dafne y a su hermano a repartir su tiempo, a entrenar cuatro o cinco horas al día sin descuidar los estudios. Javid Mejía, el mayor, fue waterpolista olímpico, campeón en distintas disciplinas. “Mi mamá nos inculcó que había que estudiar, que todo se podía, que teníamos que forjarnos un futuro en la escuela porque el día que se nos acabara el deporte, necesitaríamos tener un sustento para la vida. Desde chiquitos supimos cómo compensar y darnos tiempo para estudiar y entrenar”, relata.
Todavía lo hacen. Dafne y Javid Mejía toman clases de canto. “Las suspendimos un tiempo porque me fui al mundial, pero ya quedamos que vamos a retomarlas”.