“La gente teme que la inteligencia artificial nos vaya a quitar nuestros trabajos. En ese sentido, yo creo que sólo nos va a ayudar”
Enrique Valero Arámbula, pionero de la ingeniería mexicana, vivió una sorprendente revolución tecnológica cuando las noticias pudieron imprimirse y después viajar por el aire, a través de la radio AM. Valero Aranza, al vislumbrar la gran oportunidad, consiguió una licencia de transmisión de onda corta, la número 11 en México. Libró un inconveniente: él era periodista, no ingeniero, así que se enseñó a diseñar y construir estaciones radiofónicas e instaló la primera en el sur de México, la XEON, en Tuxtla Gutiérrez.
Valero Aranza traspasó su inagotable hambre de conocimiento a su hijo, Francisco Valero-Cuevas, que tenía una inagotable curiosidad acerca de los seres vivos, la medicina, los números. Muy joven resolvió la falsa disyuntiva de la elección profesional. Lo suyo era tanto la biología como las matemáticas.
A los 17 años, Francisco Valero-Cuevas tuvo un accidente y se dislocó su hombro derecho. Ocurrió una segunda vez. Lo operaron ortopedistas del Centro Médico Nacional, quienes movieron uno de sus tendones y lo atornillaron en otro lugar para evitar que se zafara de nuevo. Mientras se rehabilitaba, pensó en los inventos de Da Vinci, a quien siempre había admirado. Daba vueltas a la idea de los animales-máquina, las máquinas biológicas. Se fascinó con la idea del florentino de que los huesos funcionan como palancas, de los músculos, tendones y ligamentos como cuerdas y poleas que podían ser reparados y mejorados. La medicina y la ingeniería eran perfectamente compatibles, piezas de un rompecabezas.
Valero-Cuevas no estudió en la UNAM (solo pasó el examen de admisión) si no que consiguió una beca en Swarthmore College a través del programa de selección del Instituto de Investigación Internacional (IIE) en la Biblioteca Benjamín Franklin. Estudió una maestría en ingeniería biomédica en la Queen’s University, en Ontario, Canadá y más tarde hizo un doctorado en ingeniería mecánica (con énfasis en biología) en Stanford. De inmediato comenzó su carrera formal como maestro. “Hubiera podido ir a la industria de dispositivos médicos, pero siempre me ha interesado entender mejor cómo funcionan los sistemas biológicos desde el punto de vista de la ingeniería”.
Fue profesor en Cornell y lo es a la fecha en la Universidad del Sur de California, que le abrió infinitas oportunidades de combinar la neurociencia, no sólo con la medicina, sino con la ingeniería biomédica. Con este enfoque estudió problemas neurológicos, como el parkinson. “De cierta manera he acabado donde empecé: con curiosidad por la biología y las matemáticas, y encontrando el amplio ámbito en el que se pueden combinar”.
Desde entonces, Valero-Cuevas ha sido mentor de jóvenes académicos. Su actividad profesional gravita alrededor de la enseñanza. “Me he dado cuenta, después de haber hecho esto unos cuantos años, que lo más importante no es escribir un artículo más, sino ayudar a las siguientes generaciones a que vayan más allá de donde nosotros hemos llegado. He dedicado mucho de mi mentoría a lograr que los que vienen detrás de mí tengan una guía y que no avancen de manera accidentada o a ciegas”.
En adelante, Valero-Cuevas piensa entender aún más a detalles los procesos neurológicos, “que son la base de la función. Comencé con mecánica, ortopedia, matemáticas, neurociencia, etcétera, pero ahora estoy aplicando métodos de ingeniería electrónica e inteligencia artificial para poder simular realmente sistemas neuronales, usando microprocesadores que imitan miles de neuronas interactuando entre ellas, no sólo pensando que el cerebro funciona así o asá y usando ecuaciones para describirlos, sino tratar de usar los mismos mecanismos fisiológicos que utilizan las neuronas para comprender cómo procesan la información”.
-¿Qué piensa usted del miedo que genera la inteligencia artificial, sobre todo a raíz del desarrollo de ChatGPT? Por supuesto, la inteligencia artifical tiene riesgos, pero por otro lado, podría hacer milagros.
-El tipo de inteligencia artificial que yo hago es muy diferente a aquella de la que se está hablando hoy en día, pero lo que se puede decir es que cada persona tiene miedo de algo diferente o tiene una idea diferente de lo que puede suceder. Por ejemplo, la gente teme que la inteligencia artificial nos vaya a quitar nuestros trabajos. En ese sentido, yo creo que sólo nos va a ayudar a hacer nuestros trabajos más eficientemente. La tecnología, el hecho de que nosotros estemos aquí hablando, que usted pueda generar una transcripción automáticamente, le facilita a usted el trabajo, no interfiere con él. Creo que estos temores, hasta cierto punto, son de personas que tienen una agenda política con respecto de su profesión. Yo insisto en que tendremos maneras más eficientes de hacer ciertas cosas, no todo, o de hacer tareas con mayor precisión. El hecho de que podamos diseñar medicamentos específicos contra ciertos tipos de cáncer, lo que requiere el procesamiento de millones de casos de proteínas, pues está muy bien.
Valero-Cuevas utiliza la ingeniería, la neurociencia, la robótica y la inteligencia artificial para mejorar los procesos de rehabilitación. El próximo paso de su labor es imitar el funcionamiento del cerebro humano, “el más complejo objeto del universo”. Ahora mismo trabaja en un gato robótico, Kleo –llamado como su propio gato–, que camina mediante un sistema de inteligencia artificial.
-¿Cree que eventualmente la inteligencia artificial nos ayude también a tener una mejor comprensión sobre el ser humano?
-Creo que sí, definitivamente.