Darío Yazbek nunca ha sido sólo actor. Aunque sus primeros años transcurrieron en el teatro o en el set, siempre ha deseado más. Lo angustia la espera, y la espera es ineludible en la vida del actor. “Me hacía ruido estructurar la vida alrededor del trabajo: hacer maletas ya, porque quién sabe cuando tengamos vacaciones. Me agobiaba la improvisación, aunque aprendí a vivir con incertidumbre”.
Patricia Bernal, su madre, sinaloense, y Sergio Yazbek, su padre, de origen libanés, lo educaron en la ética de trabajo del norte de México: “De no parar nunca, trabajar todo el día, despertarse muy temprano; cuanto antes, mejor”.
Darío Yazbek no iba a ser actor. Su interés estaba en otra parte, en la historia, y ésta lo condujo a la política. Le atraía el universo del cine –a quién no–, pero no lo suficiente. “Pensé en diplomacia, tal vez. En idiomas”.
-¿Idiomas?
-Se me dan. Los aprendo con mucha facilidad y hablar otras lenguas era una forma de expandir mi cabeza. Estudié cirílico. No hablo ruso pero lo leo. También árabe.
-¿De verdad te gustaban el teatro y el cine o le entraste porque eran territorio conocido?
-Esa era la cuestión. ¿Qué quería ser? ¿Cuál era mi pasión? Tenía demasiada presión y sentía que me estaban empujando a escoger cuando no tenía la más remota idea de nada.
Por su inclinación por la política decidió estudiar leyes, una buena puerta de entrada. Pero entonces le ofrecieron hacer el casting para Daniel y Ana, el primer largometraje del celebrado guionista, director y productor Michel Franco.
Franco, cuenta Yazbek, fue relevantísimo en su carrera porque le permitió experimentar un acercamiento muy distinto al cine, desde una perspectiva que no era “la de su casa”. “Esa otra perspectiva me atrajo muchísimo”.
-No era que no quisieras dedicarte a la actuación, como tu madre o tu hermano (Gael García Bernal), sino que necesitabas otro espacio y otro punto de vista...
-Exacto. Poder separar las dos cosas, y ver con los ojos de alguien más que conocía otras películas y que tenía otros gustos me dio libertad y me dio el poder de sentir que alcanzaba mis propios objetivos. Y esa libertad me sedujo todavía más y me terminó por acercar más a la actuación.
Durante la promoción de Daniel y Ana, Darío Yazbek recorrió festivales y conoció la industria cinematográfica internacional. También descubrió a su comunidad, de la que se enamoró. Después de estar en Sarajevo, Estocolmo y San Sebastián, vivió en París.
Ahí aplicó para estudiar actuación, pero su nivel de francés escrito no era tan bueno y aunque la universidad tenía interés en recibir a un estudiante mexicano, declinó y se quedó en Goldsmiths, en la Universidad de Londres. “La aproximación era muy experimental, muy corporal, con maestros no tan clásicos, y se podía escribir y dirigir y eso se llevaba muy bien con las ansias que me provoca la espera, que es durísima. Mientras me llamaban para algún papel, podría estar haciendo otra cosa, incluso más estimulante. Era una forma de mantener el control. Escribir, dirigir o producir te hacen más dueño de ti mismo”.
-No tiene por qué ser estéril la espera.
-Sí, puedo ser actor, tanto como puedo ser otras cosas. No tengo por qué estar mientras en la nada.
Yazbek se involucró en la producción de un documental sobre migrantes transgénero. Consiguió financiarlo y descubrió una veta nueva en su carrera. Al graduarse, dejó el bar en el que trabajó durante tres años y entró con una beca a la maestría –enfocada a historia intelectual del siglo 20 e historia de los imperios– a la London Scholl of Economics. También encontró empleo en el área de desarrollo de una productora.
Yazbek rechazó entonces varios proyectos de actuación, y lejos de todo aquello, confundido y en crisis, decidió que la dejaría para siempre: “Pero la vida es chistosa y juega su juego. Justo me llamaron para filmar en Francia Los paisajes, una película de un director mexicano joven”.
Después de graduarse, después de un tiempo sin encontrar trabajo, desilusionado, hizo maletas. “Me creí el cuento de la meritocracia. Terminé la universidad y fui el número uno de mi clase. Pero no había chamba para mí. Además, no se iba a poner mejor: venía el Brexit. Me arrepiento de no haber apostado todo mi dinero a que iba a ganar Brexit. La cuestión es que tuve claro que en México podía desarrollar más fácilmente mis proyectos”.
No sabía por dónde comenzar. Yazbek tomó un papel activo en la creatividad y en la producción de la primer película de David Zonana, Mano de obra. Luego se presentó una oportunidad que cambió por completo su trayectoria: representar a Julián de la Mora en la exitosa serie de Netflix La casa de las flores. “Cambió todo radicalmente, pero sobre todo comprobé que puedo estar en varios proyectos a la vez e incluso invitar a trabajar a gente con la que me gusta colaborar y crecer juntos, en comunidad”.
Uno de esos proyectos es Hacer Noche, un evento colectivo de artistas internacionales que producen exposiciones, publicaciones y espectáculos en Oaxaca. “Nunca pensé que me iba a meter en el mundo del arte”.
-¿A qué proyecto le dirías ‘no’?
-Discriminar proyectos es lo que más me cuesta. Da miedo. Pero aprendí a entender mi carrera como una cuestión de largo plazo, que en parte también se va a definir por las cosas a las que digo no. Eso no deja de darme un vértigo muy cabrón. Al mismo tiempo, sé escuchar y confiar en los procesos de la vida. He dejado de luchar contra ella y, por el contrario, creo que hay que meterse en su corriente y nadar en el agua fría.