Retrato Hablado

Sociedad Civil México, ‘lejos de lo partidista’

“Siempre he concebido mis proyectos políticos de manera autosustenable, sin financiamiento”, dice Ana Lucía Medina, Cofundadora de Sociedad Civil México.

Leopoldo Galindo Villalpando fue el patriarca de una de las familias que fundaron el Partido Acción Nacional en Michoacán. Fue candidato cuando se arriesgaba el pellejo, cuando no había prerrogativas y había que meterle de la propia bolsa. Alimentó a los suyos con los principios y valores del partido. Sus hijos, y después sus nietos, aprendieron el significado de palabras como solidaridad y subsidiariedad. Muchos años después festejó, emocionado, que su nieta fue la primera mujer que ganó para el PAN una diputación por una vía distinta a la plurinominal.

Ana Lucía Medina creció en una familia amorosa, pero rígida y sobreprotectora. Estudió en Michoacán hasta el posgrado en gestión pública porque ésta no consentía que dejara su casa para tomar una de las becas que le ofrecieron en México o Guadalajara. Se graduó como abogada, en La Salle, litigó un tiempo y trabajó en la Auditoría Fiscal Federal del SAT, hasta que un grupo de viejos panistas que la conocía desde niña le ofreció respaldarla como candidata a diputada local. Había un problema: no estaba afiliada. “Tampoco era la más activa; nunca pasé por el juvenil. Veía todo de lejos, las asambleas, las campañas. Les dije que no, pero me convencieron”, cuenta.

El gobernador Lázaro Cárdenas Batel había avasallado tres años antes. “¿Qué iba yo a lograr en un Michoacán ultraperredista”, se preguntó la abogada que tenía, primero, que convencer a los propios panistas en una contienda interna. Lo hizo. Se impuso a cuatro aspirantes, varones. Y ganó la elección constitucional, en un distrito que nunca había conquistado el PAN. Fue una absoluta sorpresa. Arrancó la campaña 13 puntos abajo; cerró con cuatro de desventaja. “Fui la primera legisladora externa del PAN y la primera que ganó por mayoría”. Ana Lucía Medina tenía 24 años.

Llegó a la legislatura con el entusiasmo que inyecta una campaña triunfante. Era la única mujer de su bancada. Quiso formar parte de la Comisión de Justicia, pero no la dejaron. Había exprocuradores, exalcaldes, abogados con largas trayectorias. Quiso pertenecer a la Comisión de Presupuesto. Tampoco pudo. “Pero no me achiqué”, sostiene.

Aunque encabezó la de Derechos Humanos, se manifestaron y multiplicaron las dificultades. Sus compañeros la marginaban de las negociaciones. Asumieron que “la niña” votaría como le ordenaran, que respaldaría los nombramientos que correspondían al Congreso, que diría sólo ‘sí’. “No estaba siempre en rebeldía, pero había distancia entre mis intenciones y lo que el líder de la bancada había pactado previamente. Yo discutía la aprobación de la cuenta pública, del presupuesto, las leyes de ingresos. Negociar conmigo era una lata; exigía que me explicaran todo porque estaba ausente de las reuniones. No me invitaban, ¿qué tenía que hacer una chavita con los diputados en la noche? No sé por qué. Nunca me ha incomodado sentarme en mesas de señores; lo hice durante años”.

Medina aprendió a la mala, a punta de conflictos, rechazo y ataques. “No tenía idea de que mis propios compañeros podían utilizar a la prensa para presionarme. Me enfrenté a un mundo desconocido. Me sorprendió que funcionara así, pero en ese proceso aprendí el oficio político”, dice.

A pesar de todo, pasó una reforma al Código Penal de Michoacán que incluyó los delitos de violencia sexual comercial infantil. También acogió como parte de su agenda la defensa de los jornaleros agrícolas, esclavos en los campos de recolección de Michoacán. “Cientos de trabajadores que recolectaban melón, sandía, pepino, limón en los campos de la Tierra Caliente venían de Hidalgo y Guerrero. Vivían literalmente en guetos. Las mujeres cosechaban caña. Vi cómo las embarazadas parían hijos con labio leporino o paladar hendido por el efecto de los químicos. Supuse que como mi agenda era noble, contaría con el apoyo de mi bancada y del resto de la legislatura. No fue así en principio, aunque mis iniciativas lograron la unanimidad”.

La campaña más ardua de Ana Lucía Medina fue la de 2011. Embarazada por segunda vez, resistía atroces dolores de cabeza. Al séptimo mes de gestación, los médicos le diagnosticaron un tumor cerebral. La operaron de urgencia, pero los especialistas no extirparon el tumor; estaba en riesgo la niña. Con una válvula, drenaron el líquido que inflamaba su cabeza.

Quedó pendiente una segunda cirugía. “Le pedí a Dios que dejara nacer a María”. Un año después, el tumor se había contenido y ella estaba en rehabilitación. Luisa María Calderón, precandidata a gobernadora, le pidió que se lanzara de nuevo. Marko Cortés buscaría la alcaldía, Medina la diputación. El líder del partido, Gustavo Madero, reservó el distrito para una mujer y Medina fue designada directamente.

Perdió, y fue amenazada por el crimen organizado. Se mudó con su familia a la Ciudad de México, donde no tenía capital político. No pudo integrarse al PAN capitalino, sectario, como es todavía. Durante la pandemia se especializó en imagen política y cofundó, con Gabriel España, Sociedad Civil México. “Un vehículo que satisface mi inquietud política, lejos de lo partidista. Me importa aclararlo porque se me acusa de negar mi militancia. Es falso; aunque era el paso natural, nunca me afilié”.

-¿Quieres ser candidata, legisladora?

-Honestamente, no me veo pidiendo el voto popular de nuevo. Siempre he concebido mis proyectos políticos de manera autosustenable, sin financiamiento. No estoy haciendo esto para ser candidata.

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