La elección de la Mesa Directiva de la Cámara de Senadores exigió tres votaciones consecutivas hasta lograr la mayoría absoluta requerida. No se trató de una lucha entre las fracciones parlamentarias, sino de un episodio más de la disputa y de las fracturas internas que vive Morena. La presidencia del senador Alejandro Armenta significa, lisa y llanamente, una victoria de Ricardo Monreal y una derrota del presidente Andrés Manuel López Obrador y de Claudia Sheinbaum, quienes habrían impulsado las candidaturas de Higinio Martínez y de José Narro.
A poco más de dos años de concluir su mandato, el presidente de la República no consiguió imponer a sus fichas, evidenciando de nuevo su clara separación del líder morenista en el Senado; Monreal, en cambio, demostró eficacia política, capacidad de diálogo y posibilidad de establecer acuerdos con los partidos de oposición como se debe en democracia.
Si especulamos sobre las motivaciones que la mayoría de los senadores morenistas tuvieron para apoyar a Armenta, quizá encontremos respuesta en el desaire que los presidenciables y el líder del partido hicieron a la fracción de su propio partido al no asistir a su reunión plenaria como lo hicieron con las y los diputados, y el hecho de que al concluir el cuarto año de su mandato el presidente ha entrado en la etapa de salida y la consecuente y paulatina disminución de su poder, pese a la incontestable popularidad de la que sigue gozando entre la población.
La rebelión en el Senado también implica recuperación de la dignidad del Poder Legislativo que debería emularse en la Cámara de Diputados, donde la mayoría parlamentaria abdicó y se convirtió en una caja de resonancia de los designios presidenciales. Veremos cómo el senador Armenta tripula la nave ante las presiones por venir y sus aspiraciones a la gubernatura del estado de Puebla.
Más en un momento donde diversos legisladores en la apertura del periodo de sesiones en la Cámara de Diputados volvieron a aludir a temas torales para el país, como la revisión y aprobación del Presupuesto para el ejercicio fiscal 2023, donde el objetivo central es volver a disminuir los recursos del INE, las modificaciones legislativas en materia de Guardia Nacional y la deliberación sobre la posible reforma electoral que impulsa Morena para centralizar todas las elecciones en lo que podría ser el INEC, transformar el modelo de representación política y disminuir el financiamiento público partidario.
Urge restablecer los equilibrios entre los poderes públicos, como ocurrió ahora con el Senado o como lo testifica la Corte en diversos temas, más aún, si somos atentos a la visión de país que transmitió el presidente en su Cuarto Informe, o para ser más precisos, en su decimoquinto informe de actividades, donde faltó, de nuevo, una visión autocrítica para reconocer los déficits del gobierno en temas que ahogan al país, como la inseguridad pública y el constante desapego al Estado de derecho con el comportamiento de distintos servidores públicos que están en campaña permanente.
Los partidos de la oposición, incluido el MC, tienen el reto de encontrar fórmulas eficientes para representar a la ciudadanía y para dejar de hacerle fácil la vida al oficialismo. Vienen las elecciones de Coahuila y del Estado de México, son pruebas de fuego rumbo a la sucesión presidencial, donde el presidente López Obrador claramente quiere una línea de continuidad, con todo y la polarización social y política que se ha generado.