En la biografía que Walter Isaacson hizo de Steve Jobs, el biógrafo relata que Don Esteban tenía “un campo de distorsión de la realidad” que afectaba a los que lo rodeaban. Su versión del mundo acabó por dominar al mundo: aparatos y ecosistemas digitales que capturan nuestra atención y que alejan nuestra mirada de cosas más tangibles.
Guardadas proporciones, así es Andrés Manuel López Obrador. Neceó para que los mandatarios canadiense y estadounidense aterrizaran en su aeropuerto, y lo logró. En la mañana del martes 10 de enero, los medios nos reportaban su relato, que le contó a Joe Biden por qué canceló el NAIM: porque lo estaban haciendo en un lago, y porque según él había corrupción alrededor del mismo. Que ello le permitió ahorrar 150 mil millones de pesos. Según el tabasqueño, su homólogo pensilvano dijo “ahora lo entiendo”.
Andrés posee un manto de distorsión de la realidad. Vive en el palacio de los virreyes y tiene una propiedad millonaria en Chiapas, pero de alguna forma nos convenció de que es humilde. Los que estudiaron fuera aprendieron solamente a ser rateros, pero tiene a un hijo en Inglaterra. Ama a los indígenas y pobres y aborrece el racismo, pero está casado con una mujer blanca con ascendencia alemana, y se rodea de gente cuyos apellidos no son prehispánicos y su piel no es del color de la tierra.
Encontró la forma de etiquetar más de 30 años de política económica sensata como “neoliberales”. El periodo fue uno de grandes reformas, pero ni de relajo fue “neoliberal” en el sentido peyorativo de la izquierda: capitalista a ultranza, sin política social, sin presencia del Estado en todos los aspectos de la economía y la sociedad. La tecnocracia, sobre todo la salinista, logró vendernos una idea poderosa: que somos parte de Norteamérica. Que tenemos un futuro promisorio dentro de esta región. Que podemos reinventar la política social, la educación, la cultura, para ser una nación que progresa y no una derrotada. Que la pobreza puede abatirse, como de hecho se hizo: la izquierda nunca habla de cómo los “neoliberales” redujeron la pobreza extrema a menos de 10 por ciento de la población.
El martes 10 de enero, AMLO usó su campo de distorsión de la realidad para regresar al cuento echeverrista del tercer mundo. Reclamó a Biden su abandono de Latinoamérica y el Caribe, como si México fuera el representante de todo el hemisferio. Citó a Simón Bolívar como si el libertador hubiera sido el socialista que Chávez, Maduro y Petro se imaginan que fue. Hizo un gesto con la capa de distorsión de la realidad, y nos regresó 50 años en el tiempo a la política no intervencionista pero sí intervencionista. Una cosa es cambiarle la narrativa a un intento de golpe de Estado en Perú y otra enmendarle la plana al presidente de Estados Unidos y al primer ministro de Canadá. Él cree que los convencerá de las grandes cosas que está haciendo. Ellos opinarán que México es más un chiste que un riesgo. Regresarán a Ottawa y Washington pensando que no podremos ser la nueva China y que hay que pensar mejor sus estrategias de nearshoring y allyshoring.
Justin Trudeau vino con la idea de reclamarle a Andrés su política energética violatoria de TLCAN y T-MEC. Cuando leas esto, nos enteraremos en qué quedó eso. No está claro que el presidente Biden esté en la misma página; la prensa nos dice que está preocupado por el fentanilo. Tiene razón en estarlo, pero debería tener preocupaciones más grandes.
En esta cumbre, la palabra “competitividad” apareció en el discurso de Biden y Trudeau. Si hacemos un ejercicio estadístico, y buscamos cuántas veces apareció en las más de mil mañaneras, veremos que prácticamente no aparece, porque es la última preocupación de Andrés. Si buscamos la palabra “Norteamérica”, no la veremos tanto como “neoliberal”, “opositores”, “Calderón”, “antiguo régimen” o “mis enemigos”. El manto de distorsión de la realidad no le permite a Andrés ver los grandes temas.
Andrés, atrás del manto, quiere que pensemos que es Napoleón fundando una era; declarando su dieciocho brumario. De hecho, igual que Steve Jobs, no quiere que su familia y cercanos usen sus inventos, o vivan bajo su ficción. En realidad, es el hombrecito detrás de la cortina al final del camino amarillo, el Mago de Oz. Nada es en realidad tan bueno ni tan malo como nos imaginábamos, pero perdimos el tiempo pensando que la realidad del mago era la buena, cuando la realidad verdadera era otra; una sin competitividad, sin crecimiento, una era de empobrecimiento y atraso.