Tuve el privilegio de dar conferencias algunas veces en la Escuela Superior de Guerra, allá arriba en San Bernabé, en el sur de la Ciudad de México. Usualmente era en programas de maestría, con oficiales principalmente del Ejército, pero también algunos de la Marina y Fuerza Aérea, y de cuerpos militares extranjeros.
Mis charlas eran sobre temas económicos y de competitividad. Una ensalada entre innovación, teoría de juegos, estrategia, y la economía global, que se impartía con bastante solemnidad en dos horas a dos horas y media.
En una de estas visitas, uno de los oficiales que me acompañó a esperar el automóvil de alquiler por aplicación que me iba a trasladar de regreso, me confesó que tenía una profunda desconfianza de Estados Unidos. Para él, y para muchos militares, según él, Estados Unidos es una amenaza latente para México desde que ambos países existen. No me sorprendió; esta actitud es común en muchos mexicanos, en la sobremesa del domingo, en empresas grandes, y en círculos donde uno esperaría que la gente tuviera una visión menos belicosa y más moderna, económica, desarrollista. Cierto, es algo mucho más común en los mexicanos de la generación anterior a los nacidos en los años sesenta, pero también es un fenómeno que resurge en los de la generación de adultos jóvenes. En una de esas, esa generación, de los primeros a los que los criaron mayoritariamente los abuelos, heredaron esa visión, aunque sea contradictoria. Viven en un México capitalista y abierto al mundo, pero abogan por un pasado de economías cerradas y estatizadas. Nuestros soldados, si no tienen enemigos, inventan uno. Son como anticuerpos que generan una respuesta autoinmune cuando no hay enfermedad, y acaban por destruirnos. La militarización de los países es un lupus que los mata con dolor. No podemos permitirla en México.
Yo no nací en México. Nací en Colombia, que ya era un país militarizado cuando lo dejé, en 1983, antes de cumplir 11 años. En Colombia, la policía es un viceministerio del Ejército. El recién nombrado presidente colombiano, Gustavo Petro, un exguerrillero, se ha manifestado por que la policía sea una fuerza civil. Quizá su pasado de miliciano promarxista lo determina, pero va más allá. Petro intuye que es un nivel distinto de antagonismo el que enfrenta un disidente político cuando lo persigue la policía de su pueblo, a cuando lo persigue la Policía Nacional.
Colombia tuvo muchos éxitos desde finales de los años 90 y hasta hoy en el combate al narcotráfico, la narcoguerrilla y el crimen organizado. El éxito no es rotundo, y algunos jefes de Estado y militares que comandaron esas operaciones son vistos como criminales el día de hoy. El paramilitarismo es uno de estos accidentes históricos colombianos que enseñan que la militarización no tiene sentido. Cuando las fuerzas de paz ven la convivencia social con ojos de guerra, la guerra es inevitable. Hay violencia, muertos, venganzas y una espiral de destrucción social de la que es difícil salir.
Los economistas no acabamos de decidirnos si el militarismo es bueno o malo para el progreso. El keynesianismo lo ve como algo positivo porque genera efectos multiplicadores del gasto al crecimiento del ingreso nacional. En esa escuela, la innovación es exógena, entonces es posible argumentar que militarismo a la estadounidense, con innovación, tiene un efecto multiplicador mayor que un militarismo a la egipcia, que carece de ella. En la escuela neoclásica es un desperdicio de recursos dedicado a la prevención bélica que podría destinarse a otras cosas.
El Estado mexicano enfrentaba siempre problemas para construir infraestructura. Un proyecto como el Tren Maya gana en velocidad con el yugo militar atrás. Pero no es la mano de hierro lo que hace que los proyectos sean exitosos. Un proyecto exitoso es aquel que tiene una buena planeación. México necesita más proyectos de infraestructura, desarrollo y bienestar urbano. Ya no somos el país rural que dejó Porfirio Díaz. Si queremos que el país funcione mejor, necesitamos invertir en las ciudades. Para ello, no necesitamos soldados; necesitamos mejores reglas para el desarrollo y la convivencia urbana. Los policías ingleses e islandeses no son militares, y no traen más arma que una macana. Costa Rica no tiene Ejército. Tenemos que crecer en autoridad, fuerza y credibilidad a nuestros municipios; no entregarle todos los problemas del desarrollo al apéndice del Estado que puede ejercer la violencia sin límites. Están entrenados para la violencia y el control. Violencia y control nos darán.