Fuera de la Caja

Feo

Aunque todavía no se vea un impacto de la guerra en Irán en la inflación, en los mercados financieros ya se percibe, y las tasas de interés esperadas hacia adelante han estado creciendo, globalmente y para México.

Los datos económicos publicados ayer no fueron buenos. Por un lado, la inflación está creciendo; por el otro, el año arrancó con una contracción.

En el caso de la inflación, podría uno esperar un impacto de la guerra en Irán, pero al menos en el índice de combustibles no hay incremento, al revés. El gobierno está tragándose el impacto reduciendo la recaudación en el IEPS, y en la primera quincena de marzo los precios de energéticos bajaron. El incremento ocurrió en agropecuarios, especialmente en frutas y verduras, con una inflación anual de casi 24%. La inflación subyacente, que es la más importante porque muestra mejor la discrepancia entre oferta y demanda, se mantiene por encima de 4.5% anual. Esto es un punto y medio por encima de la meta del Banco de México, que por esa razón no debería estar bajando la tasa de referencia, aunque eso ha hecho. Aunque todavía no se vea un impacto de la guerra en Irán en la inflación, en los mercados financieros ya se percibe, y las tasas de interés esperadas hacia adelante han estado creciendo, globalmente y para México. En consecuencia, ahora sería más probable que el Banco tenga que subir su tasa, aunque no necesariamente en la próxima reunión.

El impacto de esas mayores tasas en las finanzas públicas no es cosa menor. Mueva o no el Banco de México la que se usa como referencia, las que los inversionistas van a pedir en cada subasta de valores serán ahora mayores, especialmente para plazos largos. Eso significa un mayor costo financiero para el gobierno, que se suma a la “necesidad” de repartir cada día más efectivo para impedir el colapso del gobierno. Estos mayores gastos tienen ahora menores ingresos para financiarse, porque México es deficitario en energía: la mitad del petróleo y derivados que consumimos, y más de tres cuartas partes del gas, vienen de fuera. Hay que pagarlos en dólares, que también están subiendo de precio, aunque sea marginalmente. En el agregado, la presión sobre las finanzas es hoy mayor que al inicio del año, y ya entonces no era despreciable.

Para evitar sorpresas, convendría que la economía pudiese crecer, porque eso significaría mayor recaudación de impuestos, la fuente principal de ingresos del gobierno. Desafortunadamente, no parece que eso esté ocurriendo. Los datos de enero del IGAE no fueron buenos. En parte, creo yo, porque los datos del último trimestre del año pasado crearon la falsa impresión de una recuperación. Lo comentamos en su momento: buena parte de ese crecimiento provenía de datos originados en Pemex (producción de crudo, refinación, venta de gasolinas), que no son creíbles. Aun con eso, enero ya no pudo mantener la ilusión de crecimiento.

El mes de enero suele tener mucha menos actividad que diciembre. En datos originales, en el cambio de año se pierden entre 3 y 5 puntos de actividad (sobre el índice que vale 100 puntos para 2018). Puesto que eso ocurre cada año, la desestacionalización que aplica el INEGI corrige ese efecto, y en lugar de caer, hay un pequeño crecimiento en ese tránsito. En esta ocasión, sin embargo, la caída en el dato original fue de más de 6 puntos, con lo que el ajuste estacional no alcanzó a llevarnos a terreno positivo, y tenemos una contracción de casi un punto contra diciembre, y un pequeño crecimiento de medio punto comparando con enero de 2025.

Ese dato es inferior al crecimiento del año pasado, lo que significa que ya no hay recuperación. Febrero suele ser un poco más malo que enero, y ya tenemos el dato oportuno para manufacturas, que no es nada promisorio. Si le agregamos la información de alta frecuencia que produce BBVA, que muestra una contracción en el uso de tarjetas durante febrero, todo apunta a que no solo no hay recuperación, sino más bien contracción. Eso, antes de la guerra. A prepararse, que va a estar feo.

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