López Obrador llegó a la Presidencia en 2018 gracias a los damnificados de las reformas estructurales. Grandes empresarios y sindicatos decidieron llevarlo al poder a cambio de que anulara dichas reformas, o redujera sus costos. Así ocurrió con la educativa, la financiera, e incluso en telecomunicaciones. El apoyo de estos grupos (nada menores: medios, dinero, movilización) se sumó al tradicional respaldo de un tercio de los votantes y al apoyo que, según delincuentes arrepentidos (testigos protegidos en Estados Unidos), ya le daba el crimen organizado desde 2006.
En 2021, sin embargo, perdió la elección intermedia, aunque el esquirolaje de Movimiento Ciudadano impidió una mayoría de oposición. Por eso no pudo llevar adelante los retrocesos en seguridad, energía y justicia en los siguientes tres años. En consecuencia, no quiso arriesgarse a perder en 2024, de forma que hizo uso de todos los recursos del Estado para llevar a su candidata a la Presidencia. Esa decisión nos costó 4 billones de pesos, un incremento de 25% en la deuda pública.
Gracias a eso, México se encuentra ahora en una situación de extrema debilidad fiscal, que está obligando a Hacienda a hundir la inversión pública para que las cuentas parezcan equilibradas. Y no lo está logrando. Esta estupidez se suma a varias otras ocurridas durante el sexenio: destruir la capacidad eléctrica, crear elefantes blancos que pierden toneladas de dinero, permitir el avance del crimen organizado, dejar a los niños sin vacunas y en manos de un sistema educativo perverso…
Ahora la señora Sheinbaum impulsa una reforma electoral que sólo a ella le interesa. Ya el viernes pasado explicamos por qué esto es otra estupidez, es decir, un acto que causa daño a todos. Ni siquiera hay que discutir los detalles de la propuesta, porque si desde el poder se busca cambiar las reglas de acceso al poder, eso sólo tiene un nombre: tiranía. Como ya no tienen los cuatro billones que López se gastó en 2024, el riesgo de perder en 2027 es muy elevado. Lo único que les queda es contar ellos los votos, impedir la competencia, e imponerse.
Pero eso significa que un grupo que representa, si acaso, a un tercio de los mexicanos, quiere impedir que los otros dos tercios opinen, participen, y eventualmente gobiernen. Hacerlo en un país en el que no existe un monopolio de la violencia legítima, donde ya no hay un sistema judicial funcional, donde la economía está totalmente parada, con creciente informalidad, abre riesgos extraordinarios, es decir, fuera de lo normal. Sin mecanismos para administrar las demandas de la población, cerrar el legítimo derecho al reclamo, e incluso al insulto, abre puertas que no queremos cruzar.
La señora Sheinbaum hace mucho cruzó su nivel de incompetencia. Su máximo logro como secretaria de Medio Ambiente de la Ciudad de México fue construir el segundo piso del Periférico, obra que estaba fuera de sus atribuciones y sobre todo, fuera de cualquier preocupación ambiental. Como jefa de Gobierno, dependió de su patrono para que no se le viniera abajo la ciudad. Ahora, todo se le viene abajo, y reacciona con enojo y desesperación.
El momento global es sumamente serio. Lo que hoy necesita México, como cualquier otro país, es fortalecer la unidad interna, y eso se logra dialogando y abriendo espacios a todas las expresiones, no buscando destruirlas para mantener un poder que, en el fondo, nunca alcanzaron solos. Pero no lo pueden entender. En su mente sólo existe el poder, el conflicto, la destrucción, como lo muestran los siete años y medio en que han arruinado prácticamente todo lo que han tocado. Están muy cerca de convertir a México en un país inviable.