Fuera de la Caja

Cascarón

Después de casi siete años y medio desde que llegaron al poder, la inercia, los ahorros, las relaciones, se han acabado. En su lugar no hay nada, y el deterioro avanza.

Durante más de siete años hemos estado atentos a discursos diarios, que son una mezcla de mentiras, lugares comunes, ataques y evasión de responsabilidad, y no hemos dedicado suficiente interés al funcionamiento del gobierno.

Al principio, la inercia mantuvo buena parte de la gestión pública, pero eso se acabó con la pandemia. Ya desde 2019 enfrentábamos problemas debido a la cancelación del aeropuerto, y a los primeros ataques a las reformas estructurales, especialmente la educativa y la energética. En 2020, sin embargo, el Covid cayó “como anillo al dedo” para destruir aceleradamente diversos programas y concentrar todos los recursos en el reparto de efectivo, es decir, la compra de votos. Fue entonces cuando se dejó de vacunar a los niños, al mismo tiempo que se abandonaba a los mayores, enfermos de Covid, a su suerte.

En 2021, eso provocó una reacción de la población, que no votó mayoritariamente por la coalición de López Obrador, pero el esquirolaje de Movimiento Ciudadano impidió que la oposición tuviera el control de la Cámara de Diputados. Para no correr riesgos, López multiplicó su apuesta, destruyendo lo que quedaba de la administración pública, moviendo los recursos a la compra de votos y a la inversión espectacular, en la que además pudieron robar, parte para las elecciones, parte para su patrimonio.

Ya en 2024, gracias al golpe de Estado que les dio una mayoría calificada que los mexicanos no votaron, ampliaron la destrucción a las instituciones que quedaban, de manera que hoy no hay ya nada: ni gestión pública, ni Estado de derecho, ni transparencia. Nada.

Sin embargo, más que esto, el tema que fascina es el mismo de los siete años anteriores: el poder. No la provisión de bienes o servicios públicos, no el desastre en salud o educación, no el derrumbe de la infraestructura o la incapacidad de abasto energético, sino dilucidar si manda Sheinbaum, si lo hace López Obrador, si ya ninguno tiene el control total. No digo que los otros temas no reciban atención ocasional, sino que es insuficiente. Si lo vemos con seriedad, México no tiene realmente un gobierno funcional, sino un cascarón en el que se han instalado criminales, rufianes, inútiles, que tienen sólo dos motivaciones: el poder y el dinero.

No hay una idea clara de cómo recuperar la funcionalidad del Estado. Alguno intenta restaurar la fuerza legítima, otro busca evitar el colapso comercial, pero no hay coordinación alguna, ni lógica en las acciones. Frente al desastre en salud, consiguen vacunas de emergencia y aplican las que puedan, pero no enfrentan las causas de la tragedia. En educación, insisten en una Nueva Escuela Mexicana que destruirá a los últimos integrantes del bono demográfico, convirtiéndolos en analfabetas funcionales aún más que los anteriores. En energía, siguen jugando a la rectoría de un Estado disfuncional e incapaz. En infraestructura, nada más ven cómo se derrumba todo, pero construyen ciclovías. No hay idea, dirección, coordinación. Gobernar no era algo simple, como sí lo es quien lo dijo.

Después de casi siete años y medio desde que llegaron al poder (septiembre de 2018), la inercia, los ahorros, las relaciones, se han acabado. En su lugar no hay nada, y el deterioro avanza. Mientras discutimos si el poder está en Palacio o en Palenque, no vemos que ese poder, en realidad, está desapareciendo. Servirá para enfrentar a los parásitos del cascarón, pero no para administrar, ni mucho menos guiar al país. Hoy mismo no podríamos restaurar al Poder Judicial, detener la caída de la infraestructura, asegurar el abasto eléctrico, rescatar a los niños, tanto en salud como en educación, aunque esos parásitos desaparecieran de golpe. El futuro de México es ya una interrogante.

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