Fuera de la Caja

Peso, tasas, déficit...

No importa mucho que decida el Banco de México con respecto a la tasa de corto plazo, el bono está respondiendo al deterioro de las finanzas públicas.

Nuevamente nos amenaza el “súper peso”. Aunque muchas personas asocian el valor del dólar con la situación económica general, especialmente los viejitos que vivimos las crisis de 1976, 1982, 1987 y 1995, todas acompañadas de ajustes bruscos en el tipo de cambio, se trata de un fenómeno de otra época.

En los años mencionados, México tenía un régimen de tipo de cambio fijo. Esto significa que el valor del peso contra el resto de las monedas, o en nuestro caso, especialmente del dólar, no se determina en el mercado, sino que es un precio fijado por el gobierno. En México, eso depende de la Secretaría de Hacienda, aunque el comité cambiario tenga presencia del Banco de México. En esas crisis, los secretarios, por órdenes presidenciales, no movían la paridad sino hasta que ya era muy tarde, provocando ajustes de 25, 50, 100 o hasta 600%, medido en pesos por dólar. Pasamos de 12.50 a 22 en 1976, de 25 a 150 en 1982 (a lo largo de varios meses), de 2 mil a 2,800 en 1987, y de 3.50 a 6.00 en 1995.

Desde 1996, sin embargo, estamos en un régimen de libre paridad, con lo que el valor del peso frente al dólar se ajusta minuto a minuto en el mercado financiero. Sin duda hay un impacto del Banco de México, que puede entrar a limitar movimientos muy grandes, pero es bajo reglas fijas, conocidas por todos. Desde entonces, sólo tuvimos un ajuste muy brusco alrededor de la quiebra de Lehman Brothers (15 de septiembre de 2008), y correcciones importantes, pero paulatinas, cuando los mercados estadounidenses reaccionaron frente al ajuste de tasas en 2015.

Fuera de eso, hemos tenido algo de pánico alrededor del primer triunfo de Trump, que nos llevó a 22 pesos por dólar el día de su primera inauguración, y movimientos bruscos cuando la pandemia, pero el mercado ha resuelto sin demasiadas intervenciones del Banco de México.

En los últimos años, sin embargo, hemos tenido dos momentos muy celebrados por el gobierno, y por parte de la población, cuando el peso se ha fortalecido frente al dólar. Si en 2016, y luego en 2020, llegamos a 22 pesos por dólar, para abril de 2024 estábamos en 16 pesos, y parecía algo benéfico. En realidad, fue más bien lo contrario. Un peso demasiado fuerte significa un gran obstáculo para las exportaciones, y un aliciente a las importaciones. En 2024, además, se sumó ese efecto a la burbuja creada por López para ganar las elecciones (no son totalmente independientes esos eventos) para crear una ilusión que efectivamente le fue útil a quienes mantuvieron el poder.

Al día siguiente de la elección, las cosas empezaron a cambiar. El peso se acercó a 19 por dólar, y superó 20 al cierre de 2024 e inicios de 2025. La causa la podemos encontrar en el movimiento de las tasas de interés de largo plazo. El bono de México a 10 años supera por varios puntos al bono estadounidense de la misma maduración. Eso es normal. La diferencia, sin embargo, no es siempre la misma. Antes de la elección estábamos en 5.25 puntos de distancia, y al día siguiente nos habíamos movido un punto. Los siguientes meses la diferencia promedió 5.65 puntos, y el dólar costaba 19.50.

A pesar de las amenazas de Trump, la diferencia en los bonos se fue reduciendo hasta llegar a 4.4 puntos a fines de septiembre, con el dólar en 18.50. Desde entonces, el bono mexicano ha crecido en 75 puntos base, para ampliar la distancia con el estadounidense de 4.4 a casi cinco puntos. Esa mayor diferencia en tasas es lo que está provocando la “fortaleza” del peso, que ha pasado de 18.50 a 17.50 por dólar. No es porque las cosas estén bien, sino porque las presiones financieras están creciendo. No importa mucho que decida el Banco de México con respecto a la tasa de corto plazo, el bono creo que está respondiendo al deterioro de las finanzas públicas. Si es así, váyase preparando.

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