Publicó ayer INEGI su indicador oportuno del consumo. Es un producto muy nuevo, en la línea de estimaciones “sobre la marcha” (en inglés, nowcasting), que ha estado ofreciendo el instituto en los últimos años: de manufacturas, actividad económica y ahora consumo.
Los datos corresponden a diciembre y enero, y obviamente hay menos certeza en el segundo mes, pero aún así creo que vale la pena atenderlos. Para enero, que es el más alto de los dos, INEGI estima que alcanzaríamos el nivel de octubre pasado. Digamos que terminaría el bache iniciado en ese mes, pero de cualquier forma, el trimestre noviembre-enero sería ligeramente inferior al trimestre previo, agosto-octubre. No es un derrumbe, pero sí un crecimiento nulo o, como le digo, una leve caída.
El tema es que el consumo ha sido prácticamente lo único que crece, porque la inversión sigue deprimida (a niveles muy inferiores a los de 2018), y aunque lo demás (gasto de gobierno, inventarios, cuenta corriente) pudiera crecer, su impacto es muy pequeño. Le recuerdo que el consumo ronda 70 por ciento del PIB, por 20 por ciento de la inversión. Lo demás aporta una décima parte.
Durante 2019, después de la cancelación de la construcción del aeropuerto, la inversión perdió 10 por ciento de su valor, pero el consumo siguió creciendo, hasta alcanzar un máximo en noviembre de ese año. Después empezó a caer, antes de que llegara el Covid, y con el confinamiento se derrumbó. La recuperación ocurrió durante 2021, y en 2022, de febrero en adelante, el consumo fue superior al máximo de noviembre de 2019. Ya en otra ocasión le he comentado que ese incremento, desafortunadamente para la industria nacional, ocurre esencialmente en los bienes importados, mientras que bienes nacionales están hoy por debajo de su nivel de 2018, y los servicios apenas han logrado rebasar esa cota.
Algo similar ha ocurrido con la inversión, en la que el componente que ha crecido es también la maquinaria y equipo importados, mientras que los nacionales, y sobre todo la construcción, están por los suelos. Debido a ese incremento en importaciones de bienes de consumo y capital, el saldo positivo de la balanza comercial se ha mantenido relativamente constante, pero hay que recordar que hemos tenido, por primera vez en muchos años, una balanza comercial positiva, que en nuestro caso es una muy mala noticia, a diferencia de lo que creen muchos, especialmente los políticos.
Durante esta administración, el crecimiento de la economía es todavía negativo, y si medimos nada más el componente nacional de la demanda interna (consumo e inversión), la situación es todavía peor. En esto, el dólar barato agrava las cosas, porque los bienes importados, de consumo e inversión, resultan más atractivos que los nacionales. Esto puede reflejarse en una desaceleración más rápida, o una contracción más seria, de lo que esperaban los expertos a fines de 2022.
Dos detalles más en este proceso. Primero, la retroalimentación de la inflación. En diciembre, los aumentos salariales por revisión contractual en el sector privado estaban ya creciendo 8.5 por ciento; para enero, parecen haber rebasado 10 por ciento. Así, será muy complicado detener la espiral inflacionaria. Segundo, el dato de recaudación de ISR en diciembre, que fue terrible. Contra diciembre de 2021, crecimiento negativo en términos nominales. Para el último trimestre, parecería que la “recaudación secundaria” del SAT, que era lo que mantenía cifras importantes en ese impuesto, ya no apareció.
No son ganas de molestar a nadie, pero sí hay evidencia de: 1) estancamiento, 2) inflación persistente, y 3) caída de ingresos fiscales. A lo mejor son casos aislados, atípicos, extraños. Pero si, en cambio, son el inicio de una tendencia, la combinación puede ser realmente difícil de manejar, especialmente para un gobierno de ineptos, como el actual.