Hace 15 mil años, los seres humanos pudimos construir grupos grandes que vivieran en un mismo lugar todo el año. Lo logramos gracias a la creación de ideas nuevas, que permitieron esa nueva organización, y eventualmente facilitaron la domesticación de plantas y animales o, como ahora los llamamos, agricultura y ganadería. Fueron las ideas las que permitieron una nueva base material, como siempre ha sido.
Pero esas ideas requerían que la organización social fuese vertical, piramidal, con un pequeño grupo, o incluso una sola persona, en la cúspide. El resto tenía un lugar fijo, sin posibilidades de avanzar, salvo por el dominio de las ideas y su transmisión, o por rupturas violentas. Con el tiempo, esas ideas evolucionaron para permitir grupos mayores, sociedades, siempre verticales y autoritarias.
La idea de que cualquiera puede hacer su fortuna, y que no tiene por qué ser sólo un engranaje de la sociedad vertical apareció algunas veces, pero siempre fue eliminada con rapidez. Es hasta el siglo 15, en Países Bajos, que esa idea logra sobrevivir el tiempo suficiente para demostrar su éxito y ser exportada. Primero a Gran Bretaña, después al resto de Europa, y muy recientemente a otras regiones del planeta.
Esa idea implica aceptar que todos los seres humanos somos iguales y que, por lo tanto, todos tenemos derecho a participar en el gobierno y en el intercambio en condiciones similares. Eso es lo que muchos llaman capitalismo, y es la combinación de democracia y libre mercado. Surge, le decía, en Países Bajos en el siglo 15, se traslada a fines del 17 a Gran Bretaña, y de ahí se expande. Pero no lo hace de forma constante, porque enfrenta una reacción natural. No se cambian costumbres de 15 mil años con facilidad. Varias de esas reacciones son de confrontación y buscan recuperar la primacía de la colectividad, pero hay una que intenta combinar el autoritarismo con el mercado, fingiendo que éste es libre, pero en realidad es un apéndice del poder político. Esa reacción se llama ‘capitalismo de compadrazgo’ (crony capitalism).
Esa es la farsa que hemos vivido en muchas partes del mundo, se finge libre mercado, pero en realidad se construyen fortunas de compadres de los poderosos. Al impedir el libre funcionamiento del intercambio, se impide la generación de riqueza y se reemplaza la democracia por el clientelismo. América Latina sufre de este mal desde 1870, cuando la primera globalización nos permitió exportar materias primas, que no sirvieron para convertir a nuestros países en desarrollados, sino para establecer algunas de las mayores fortunas del mundo, siempre asociadas al poder político.
Esa estructura económica produjo una reacción política en los populismos latinoamericanos del siglo 20 (Cardenismo, Peronismo, Varguismo) que finalmente sólo reemplazaron a las élites gobernantes, y a sus compadres. En nuestro caso, se trata del PRI y de las grandes fortunas nacionales, construidas todas (desde 1940 hasta 1994) alrededor del gobierno y sus concesiones. Eso explica la división al interior del Consejo Mexicano de Negocios. Existen en esa organización dos grupos: quienes se hicieron ricos gracias al PRI, y quienes lo eran antes de eso y después del TLCAN. El primer grupo es de compadres; el segundo es de emprendedores.
Por eso los empresarios mexicanos no han logrado definirse frente a López Obrador. Para los compadres, este Presidente es como de la familia. Para los emprendedores, es una amenaza. Los últimos compadres hicieron su fortuna con Carlos Salinas. Me refiero a Carlos Slim y a Ricardo Salinas Pliego. Ambos eran ricos antes, pero nada comparable a lo que les dio el compadrazgo. Ambos, por cierto, se han convertido en grandes defensores del actual gobierno. Me queda la duda, ¿quién es el último compadre? ¿Alguno de ellos o el ascendente Daniel Chávez?