Luis Wertman Zaslav

Un segundo de distracción

Cuento esta historia no para generar miedo, sino conciencia. Porque el mayor riesgo no está en el cajero automático, sino en pensar que ‘a mí no me va a pasar’.

Me lo platica un ‘Buen Amigo’, nunca pensé que me pasaría. No porque me creyera más listo, sino porque era un acto tan cotidiano que jamás lo consideré peligroso.

Un cajero automático, a plena luz del día, gente entrando y saliendo. Nada fuera de lo normal. O eso creí.

La máquina tardó más de lo habitual. Inserté la tarjeta, marqué el monto y apareció un mensaje de error. Cancelé. Volví a intentar. Otro error.

Fue entonces cuando apareció esa incomodidad leve que uno suele ignorar. Miré alrededor buscando a alguien del banco. No había nadie.

— “Ese cajero falla mucho”, me dijo un hombre a mi lado, con voz tranquila.

— “A veces se queda la tarjeta; mejor sáquela rápido”, añadió.

No pedí ayuda, pero tampoco la rechacé. Y ahí empezó todo.

Mientras miraba la pantalla, sentí que la tarjeta ya no estaba en mis manos. No recuerdo el instante exacto. Fue limpio, rápido, casi imperceptible.

El hombre se retiró diciendo que lo mejor era ir a otro cajero. Asentí. Caminé unos pasos… y entonces revisé mi cartera.

La tarjeta no era mía.

Parecía igual, pero no lo era. En segundos entendí lo que había pasado. Regresé al cajero. El hombre ya no estaba. El aparato seguía ahí, indiferente. Abrí el teléfono. Entré a la aplicación. El primer retiro ya se había realizado.

En menos de diez minutos, la cuenta quedó vacía.

El golpe económico dolió, pero lo peor fue otra cosa: la sensación de haber sido manipulado. No hubo gritos, no hubo amenazas, no hubo violencia.

Solo distracción, rutina y falsa normalidad. Me robaron sin tocarme. Me ganaron con calma.

Horas después, repasé cada segundo. Todo era evidente, pero tarde: la prisa, la confianza mal puesta, aceptar ayuda no solicitada, no cubrir el teclado, no cancelar la operación al primer error. Pude haberlo evitado. Y eso pesa.

Porque esta estafa no depende de tecnología sofisticada. Depende de algo mucho más simple y peligroso: nuestro exceso de confianza en espacios que creemos seguros.

El cajero automático es un punto crítico donde se cruzan dinero, prisa y rutina. El escenario perfecto.

Desde entonces cambié hábitos. Y entendí algo fundamental: la seguridad no se delega por completo; también se ejerce.

Los consejos que hoy doy, sin concesiones.

UNO: al primer error, termina. Un cajero que falla una vez ya no es confiable. Cancela la operación y aléjate. No insistas. La prisa es aliada del delincuente.

DOS: jamás aceptes ayuda de desconocidos. Nunca. Ni si parece amable, ni si parece experto, ni si “solo quiere ayudar”. En un cajero, la ayuda no solicitada es una señal de alerta.

TRES: tu PIN es sagrado. Cúbrelo siempre. Incluso cuando crees estar solo. Los ojos entrenados observan sin ser vistos.

CUATRO: revisa tu tarjeta antes y después. Nombre, banco, color, textura. Hazlo siempre. Sin excepción. Un segundo de verificación puede evitar un desastre.

CINCO: elige el entorno. Prefiere cajeros visibles, iluminados y dentro de sucursales. Evita equipos aislados. La seguridad también es geografía.

SEIS: confía en tu incomodidad. Esa sensación rara no es paranoia. Es intuición. Y la intuición bien educada salva.

Cuento esta historia no para generar miedo, sino conciencia. Porque el mayor riesgo no está en el cajero, sino en pensar que “a mí no me va a pasar”.

La seguridad empieza cuando dejamos de operar en automático.

¡Hacer el bien, haciéndolo bien!

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