Luis Wertman Zaslav

Contra el extremismo

Luis Wertman explica en su columna los riesgos del extremismo y la importancia del pensamiento crítico ante situaciones de coyuntura.

Estamos en una época donde las opiniones se han vuelto trincheras y las diferencias, pretextos para dividir.

El extremismo, el radicalismo y la generalización no nacen de la nada: se alimentan del miedo, de la frustración y, sobre todo, de la simplificación de la realidad.

Cuando alguien nos dice que “todos son iguales”, que “los buenos están de un lado y los malos del otro”, debemos encender una alerta. Porque ahí no hay liderazgo. Hay manipulación.

En mi experiencia trabajando con comunidades, instituciones y ciudadanos, he aprendido una lección fundamental: la realidad siempre es más compleja que cualquier discurso radical. Las generalizaciones son el lenguaje de quien no quiere pensar, pero sí quiere convencer.

El extremismo funciona porque ofrece respuestas simples a problemas complejos. Divide el mundo en blanco y negro. Promete certezas rápidas, culpables claros y soluciones inmediatas. Y eso resulta atractivo, especialmente para los jóvenes, que buscan identidad, pertenencia y sentido.

Pero ese camino tiene un costo alto: el pensamiento crítico.

Cuando dejamos de cuestionar, alguien más empieza a decidir por nosotros. Cuando repetimos consignas sin analizar, nos convertimos en instrumentos de agendas que no siempre buscan el bien común, sino el poder, el control o la confrontación.

Los falsos liderazgos crecen en ese terreno. No construyen, polarizan. No unen, enfrentan. No educan, adoctrinan. Utilizan emociones intensas —enojo, indignación, miedo— porque saben que una sociedad emocionalmente alterada es más fácil de manipular.

Por eso, combatir el extremismo no es solo una tarea política o institucional. Es una responsabilidad social y personal.

El primer antídoto es el pensamiento crítico. Preguntar siempre:

¿Quién gana con este discurso?

¿Dónde están los datos?

¿Estoy escuchando una opinión o un intento de manipulación?

El segundo es evitar la generalización. Ningún grupo humano es homogéneo. Decir “todos los jóvenes”, “todos los empresarios”, “todos los políticos” o “toda una comunidad” no solo es injusto, es intelectualmente pobre.

La generalización deshumaniza, y cuando dejamos de ver personas, la confrontación se vuelve más fácil.

El tercero es promover la cultura del diálogo. Escuchar no significa estar de acuerdo, significa entender. Las sociedades que avanzan no son las que piensan igual, sino las que saben convivir con sus diferencias.

También debemos hablar con claridad a las nuevas generaciones. Hoy están expuestas a narrativas que premian la indignación y castigan la moderación. En redes sociales, el contenido más radical suele ser el más visible. Por eso es urgente enseñarles a distinguir entre información y propaganda, entre liderazgo y manipulación, entre convicción y fanatismo.

Un joven que aprende a cuestionar es un ciudadano difícil de manipular. Y una sociedad con ciudadanos críticos es una sociedad más libre.

Las instituciones, las escuelas, las familias y los líderes de todos los sectores tienen un papel clave. No basta con señalar el extremismo; hay que ofrecer alternativas: espacios de participación, educación cívica, ejemplos de liderazgo responsable y resultados que generen confianza.

Porque el vacío también radicaliza. Cuando las personas sienten que nadie las escucha, que no hay oportunidades o que el sistema no responde, se vuelven más vulnerables a los discursos extremos.

El verdadero liderazgo no busca seguidores incondicionales. Busca ciudadanos informados. No quiere aplausos fáciles, sino decisiones responsables. No promete enemigos comunes, sino soluciones compartidas.

La historia ha demostrado que los extremos terminan destruyendo lo que dicen defender. Polarizan, fragmentan y debilitan a las sociedades. En cambio, el progreso sostenible siempre ha venido de la moderación, la responsabilidad y la colaboración.

Hoy más que nunca necesitamos líderes que unan, ciudadanos que cuestionen y jóvenes que piensen por sí mismos.

Porque la libertad no está en elegir un extremo.

Está en no dejar que nadie piense por nosotros.

Y el mejor camino para construir una sociedad fuerte, justa y con futuro es simple, pero poderoso: menos consignas, más reflexión; menos confrontación, más corresponsabilidad; menos radicalismo, más inteligencia colectiva.

Combatir el extremismo no es callar las voces. Es elevar la conversación.

Es pasar de la emoción manipulada a la razón informada.

Y es recordar que el verdadero poder no está en dividir a la sociedad, sino en ayudarla a pensar, a dialogar y a construir juntos.

¡HACER EL BIEN! ¡HACIÉNDOLO BIEN!

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