Luis Wertman Zaslav

El verdadero enemigo del éxito: la autocomplacencia

La autocomplacencia debilita la relación con quienes dependen de nuestras decisiones. Clientes, ciudadanos, colaboradores y aliados perciben cuando una institución deja de esforzarse.

Philip Kotler advierte que muchas organizaciones viven de su prestigio hasta que una crisis las despierta. Ese letargo es el terreno fértil de la autocomplacencia, que anestesia, detiene la innovación y erosiona silenciosamente la confianza. He visto cómo esa falsa estabilidad engaña a instituciones que creen que “todo marcha bien” mientras se alejan de su propósito.

Cuando un modelo funciona, surge la tentación de conservarlo intacto. Pero el éxito también desgasta, y si no se revisa, termina por romperse. La calma aparente puede convertirse en un espejismo peligroso. Como aquel personaje que cae al vacío y repite “hasta ahora, todo bien”, muchas organizaciones avanzan sin ver que ya perdieron rumbo, humildad y visión.

La verdadera fortaleza se demuestra antes de la crisis. Es en tiempos de bonanza cuando más claridad existe para corregir, innovar, fortalecer equipos y escuchar a quienes confían en nosotros. Aplazar decisiones por comodidad significa renunciar a la oportunidad de construir futuro. En un entorno que cambia aceleradamente, reaccionar tarde equivale a quedarse fuera.

Innovar requiere disciplina y valentía. También exige reconocer que el éxito no es un destino, sino un proceso que se sostiene con humildad. La soberbia y la arrogancia erosionan más rápido que cualquier amenaza externa. Quien se encierra en su autoconfianza se distancia de aliados, talento y ciudadanía; quien se abre al aprendizaje, crece.

Ejemplos abundan: gigantes empresariales que dominaron mercados y hoy son solo historia; instituciones que parecían indestructibles y colapsaron por no cuestionarse; sociedades que ignoraron señales de alerta y enfrentaron crisis evitables. La constante es la misma: la autocomplacencia bloqueó la visión y frenó la acción estratégica.

En el Consejo Ciudadano, en la empresa y en el servicio público, confirmé que lo que sostiene a una organización no es la reputación, sino su capacidad de reinventarse sin perder identidad. La confianza nace cuando se demuestra que no se vive del pasado, sino que se construye el mañana con claridad, disciplina y compromiso. Lo mismo sucede en cualquier sociedad: cuando dejamos de cuestionarnos, comenzamos a perder lo esencial.

Conviene recordarlo: ninguna institución está exenta de caer en la trampa de creer que ya llegó a la cima. Y cuando esa trampa se instala, el costo se mide en oportunidades perdidas, equipos desmotivados, proyectos detenidos y comunidades que dejan de confiar. La autocomplacencia debilita los valores que sostienen la convivencia y frena el desarrollo de nuevas generaciones.

La autocomplacencia también altera la cultura interna. Cuando un equipo deja de cuestionar, deja de proponer. Se instala una obediencia silenciosa que mata la creatividad y normaliza la mediocridad. Por eso es vital promover entornos donde se valore la crítica constructiva, la evidencia y la mejora continua. Una organización que escucha desde dentro está mejor preparada para enfrentar lo que sucede afuera.

Además, la autocomplacencia debilita la relación con quienes dependen de nuestras decisiones. Clientes, ciudadanos, colaboradores y aliados perciben cuando una institución deja de esforzarse. La confianza se deteriora no por un gran error, sino por la suma de descuidos pequeños: la falta de seguimiento, la comunicación pobre, la indiferencia ante señales claras. Recuperar esa confianza es posible, pero siempre cuesta más que haberla cuidado desde el inicio.

Combatir la autocomplacencia exige un hábito: revisar con honestidad si lo que hacemos sigue teniendo sentido. No se trata de cambiar por cambiar, sino de mejorar antes de que la realidad nos obligue. Ese ejercicio, constante y consciente, distingue a quienes lideran con propósito de quienes solo administran el momento. La visión que se renueva a tiempo es la que protege el futuro y fortalece la decisión.

El mensaje es simple y vigente: no confundamos tranquilidad con solidez, ni éxito con permanencia. Las organizaciones que trascienden son las que se fortalecen desde dentro, aprovechan la calma para prepararse y reconocen que el enemigo más peligroso no es la competencia, sino la inercia. La autocomplacencia, acompañada de soberbia y arrogancia, destruye incluso aquello que parecía indestructible.

El desafío es permanente: cuestionarnos aun en la cima, innovar cuando todo marcha bien y cultivar la humildad como motor de liderazgo. Solo quien escucha, aprende y se adapta puede abrir caminos nuevos, generar confianza y dejar un legado que inspire. Ese es el verdadero compromiso con el futuro.

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