La recuperación de los trenes, tanto de pasajeros como de carga, tiene dos ejes que podrían acelerar el crecimiento económico en el próximo sexenio y cambiarle el rostro a la movilidad comercial del país.
El primero, por conocido, es el Tren Maya, una obra monumental que ya integra a los cuatro estados de la península (Yucatán, Quintana Roo, Campeche y Chiapas) con una solución de transporte y de atractivo turístico que pondrá en el mapa internacional a municipios que llevaban décadas olvidados.
Por la parte del traslado de carga, esta ruta será estratégica para empresas que pueden instalarse en el sur y dar proveeduría en el centro del país, para encadenarse después con el norte. Las ventajas son muchas: agua, costos de vivienda competitivos, calidad de vida y opciones de esparcimiento que son difíciles de igualar en el resto de la República.
Cambiar la economía del sureste no ha sido fácil. Tampoco la rehabilitación de un paso de vía en desuso, que cobró una importancia general, porque ha conectado a los principales centros turísticos, con cenotes, sitios arqueológicos y comunidades de enorme riqueza cultural que no lograban la difusión adecuada.
Impresiona la infraestructura que se ha establecido para edificar las estaciones, los pasos de vía y las instalaciones de control de un tren que es esperado no solo por los municipios ubicados en su ruta, sino por todos los demás, ante la derrama económica que se anticipa.
Será difícil que alguien no considere, por lo menos una vez, abordarlo y hacer el recorrido completo. Por experiencia propia, de cuando era empresario y recorría la región, y ahora que sigo, como cualquier ciudadano, el progreso del tren, aseguro que los visitantes descubrirán realmente la belleza completa del sureste. Y eso, es equilibrio económico real.
El segundo eje es menos notorio, pero mucho más relevante. El corredor que atraviesa el istmo de Tehuantepec es el proyecto que modificará el comercio en el continente. También ya en pruebas de trenes, es la ruta que, seguramente, jubilará al maltrecho Canal de Panamá, que sufría hasta esta fecha de una sequía inédita que complica el paso de más de un centenar de buques, cuyos costos casi se duplicaron por la espera. Los planes de negocio pueden ser muy buenos, pero sin vías de comunicación por falta de lluvia, no hay previsión que valga.
Con una vocación diferente, el tren del itsmo será la piedra angular de cadenas de suministro que hoy todavía no visualizamos. Habrá menos puntos de turismo, pero eso se compensará con parques industriales e instalaciones que se convertirán en un cinturón de progreso.
Recordemos que esa ruta es un viejo proyecto estratégico que fue ambicionado por poderosos intereses internacionales desde hace siglos. Menciono dos momentos que es importante consultar: el tratado McLane-Ocampo y la propuesta rechazada por el gobierno de Venustiano Carranza. Las historias explican bien cuál es el impacto mundial que tiene esa obra, la cual se hará en nuestro tiempo y quedará para varias generaciones de mexicanos en el futuro.
Sin embargo, esos dos grandes trenes tendrían que ser el inicio de un nuevo mapa de movilidad ferroviaria. Con la tecnología disponible de alta velocidad, las siguientes administraciones cuentan con la oportunidad de comunicar al Bajío con el Noreste y al Norte con el Golfo y a la capital del país con, por ejemplo, Guanajuato; los expertos lo sabrán mejor, pero la prosperidad de varias regiones está en las vías.
No me quejo del autobús y, aunque sufro la falta de competencia en la industria aérea como cualquier pasajero, la idea de trasladarnos en tren ya no suena a regresar al pasado. Europa no es el único ejemplo, China e India han establecido el equivalente a un sistema nervioso hecho de nuevas rutas que van hasta el último rincón de su territorio.
Tal vez, que tuviéramos dos o tres Chihuahua-Pacífico no es descabellado. Que pudiéramos extenderlo por todo México sería culminar una transformación del transporte que balancearía el desarrollo nacional. Nunca más el sur y el norte pueden estar en polos opuestos de crecimiento.
Ahora que entramos a la etapa de escuchar propuestas, la iniciativa privada nacional podría plantear este tema y escuchar cuáles son los proyectos que complementarían a estos dos trenes, además de las grandes obras que darán continuidad a las de este sexenio.
Estamos en una etapa de renovar la infraestructura nacional. Presas, carreteras, autopistas, caminos, hidroeléctricas, entre otras obras, son un requisito para conectar a nuestro país, el mismo del anhelado nearshoring.
Es innegable que esta administración apostó por esa actualización; solo que ha sido comienzo. El potencial de comunicación de México todavía está por descubrirse.
El autor es comisionado del Servicio de Protección Federal.