Luis Wertman Zaslav

Ánimo y acciones

Dejar de considerar que solo tenemos un planeta y que de éste comemos, bebemos y comerciamos, es cegarnos a propósito y transferir a otras generaciones los costos.

Los mercados tienden a oscilar de un extremo a otro dependiendo de las proyecciones que se tengan a la mano en un periodo específico. Se hacen análisis continuos, con un estudio de muchas variables y su probable comportamiento en el futuro para estimar cómo se comportará la economía mundial.

A pesar de esta observación permanente, el sistema económico y financiero no está exento de distorsiones y de considerar que cuando todo va bien es motivo para confiarse demasiado y cuando no es así, anunciar el colapso.

Ninguno de los dos escenarios, el de exuberancia y el de derrumbe, son precisos e implica tomar en cuenta factores que no necesariamente se encuentran en los modelos de riesgo o en los cuadros de futuros.

En tiempos como los que corren ayuda más enfocarse en los desafíos que tenemos en lo inmediato y que, esos sí, pueden alterar radicalmente las condiciones de producción de alimentos, de bienes y servicios, de vivienda, de migración, en partes del mundo que no imaginábamos hasta hace unos años.

Me refiero a la pandemia y al cambio climático como las dos situaciones a las que debemos hallarles solución para que ni el nerviosismo o la euforia priven en mercados que entrarán en una probable fase de bonanza artificial porque eventualmente saldremos de la emergencia sanitaria y ello podría hacernos ignorar el comportamiento de la naturaleza en grandes regiones del mundo que también son motores de producción de materias primas y de bienes terminados o de industrias como la del entretenimiento.

Imaginemos que los sitios en donde se siembran los alimentos que llegan a nuestra mesa o los lugares en los que se fabrican componentes para electrodomésticos empiezan a sufrir de condiciones cada vez más extremas de temperatura y recurrencia de fenómenos naturales.

Un entorno en el que los espacios de cosecha se reduzcan o ciertas cadenas de producción tengan que mudarse a causa de fenómenos naturales recurrentes es un riesgo que ya está aquí y tomar acciones no es un asunto sólo de protección del medio ambiente, también lo es de la viabilidad de la economía global para la siguiente generación.

No hemos vivido aún un encarecimiento alimentario, ni de materias primas o combustibles, que surja de modificaciones irreversibles de su territorio de origen, pero si tomamos como referencia el estado de los océanos, la llamada de atención puede convertirse en una alarma.

Hace unas horas se viralizaron imágenes de Nueva York, una de las metrópolis más importantes del planeta, con inundaciones que no eran familiares para una ciudad tan relevante, acompañadas de cascadas que suspendieron el servicio de su famoso Metro. California, la quinta economía mundial por sí sola, lleva meses de incendios que no pueden ser detenidos y cuyos efectos se extendieron a los estados de Oregon y Colorado, conocidos por sus bosques y lagos.

Dejar de considerar que solo tenemos un planeta y que de éste comemos, bebemos y comerciamos, es cegarnos a propósito y transferir a otras generaciones los costos de no intervenir a tiempo.

La próxima crisis puede venir de la mano de la que actualmente estamos viviendo con la pandemia, es decir, se debe atender a un mismo tiempo y sin caer en el exceso de confianza que puede traer la recuperación inmediata, o en el pesimismo si los pronósticos a corto plazo no son los que se esperan. Para que haya economía debe haber, primero, un planeta en buenas condiciones.

El autor es director general de seguridad privada de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.

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