Segundo piso

Con Takaichi, Japón no se disculpa por su ambición

Sanae Takaichi es una figura disciplinada, que vende una imagen de experiencia y de dedicación al servicio público.

Al abordar el nuevo mapa geopolítico mundial, conviene asomarnos a lo que sucede en el aliado más cercano a Trump en Oriente y rival estratégico histórico de China: Japón, hoy, bajo el liderazgo de Sanae Takaichi.

Takaichi es la primera ministra del país asiático, la mujer que transformó al Partido Liberal Democrático (PLD), fragmentado y asediado por escándalos, en una fuerza electoral arrolladora, obteniendo una supermayoría de dos tercios en la Cámara de Representantes.

La gobernante “conservadora” impulsa una estrategia de transformación económica y reposicionamiento geopolítico de su país.

Takaichi parece revolucionar la política japonesa. En octubre tomó el liderazgo del gobierno japonés, tras la renuncia de Shigeru Ishiba por presiones internas dentro del PLD, partido conservador que ha gobernado durante la mayor parte de la historia democrática japonesa.

Ha funcionado casi como un partido único que respeta las reglas democráticas y en ocasiones (muy contadas) pierde el poder. Ha sostenido su hegemonía organizando en facciones a las distintas élites y ordenando la competencia política (¿nos suena familiar?).

Históricamente, la economía ha ido razonablemente bien para la población, aunque en la última década la desaceleración económica comenzó a pasar factura electoral.

Takaichi tomó las riendas en un momento crítico, cuando se observaba una clara caída del partido hegemónico y la consolidación de una oposición hiperfragmentada.

La Dama de Hierro japonesa supo leer el clima político japonés, conectando con nuevos votantes. Obtuvo un apoyo popular sin precedentes, recomponiendo y liderando un partido debilitado por escándalos de corrupción y financiamiento irregular.

Para ojos extranjeros el caso de Takaichi puede resultar desconcertante. Promete una transformación profunda, pero al mismo tiempo proviene del establishment —ya en 1993 fue electa a la Cámara de Representantes y desde 2006 ha ocupado carteras ministeriales en los gobiernos de Shinzō Abe, asesinado en 2022—. Se le asocia a la nueva derecha global y tiene una buena relación con Trump, a quien en su última visita a Japón le obsequia los palos de golf de Abe.

Al mismo tiempo, y a diferencia de otras figuras de la derecha mundial, Takaichi es una figura serena y disciplinada, que vende una imagen de experiencia y de dedicación al servicio público: no es una outsider ni antisistema.

Los pilares de su estrategia económica, los Takaichinomics, clave en su victoria electoral, son: una política fiscal proactiva y responsable, con un aumento del gasto público financiado por bonos de inversión para evitar aumentos fiscales (y permitir reducción de impuestos al consumo); una flexibilidad monetaria adaptativa presionando al Banco de Japón a estabilizar la inflación en torno al 2%; y una fuerte inversión en 17 sectores prioritarios para alcanzar la “indispensabilidad estratégica”, asegurando que las tecnologías japonesas sean esenciales para la cadena de suministro global.

Takaichi representa un populismo institucionalista que ha tomado la lucha contra la inmigración y la militarización del país como causas principales. Japón cuenta con poco más de 122 millones de habitantes, pero decrece en más de 675 mil al año. En 2060, su población será de 86 millones de habitantes.

El país envejece y aun así su población mantiene un gran rechazo a la inmigración: es de los países desarrollados con menor proporción de migrantes, menos del 4% de población nacida en el extranjero. Takaichi capitaliza este sentimiento ultranacionalista y antimigrante y promete endurecer las regulaciones migratorias.

Simultáneamente, la primera ministra juega con la idea de revertir el pacifismo japonés, establecido en la Constitución de 1947, que limita las funciones de las fuerzas armadas.Cuenta con mayoría calificada en la Cámara Baja necesaria para una reforma constitucional, pero en la Cámara Alta necesita negociar con la oposición. La mandataria también ha avivado el conflicto con China, al posicionarse del lado de Taiwán y declarar que, ante una invasión de China, Japón se vería obligado a actuar.

La amenaza militarista asusta, pero el (viejo) nuevo rol geopolítico de Japón es geoeconómico. Su apuesta en la alianza con Trump consiste en evitar aranceles automotrices a cambio de inversión por 550 mil millones de dólares en semiconductores e IA y en aumentar el gasto japonés militar en capacidades de contraataque al 2% del PIB.

No estamos ante un liderazgo de transición, sino ante una redefinición del contrato social y económico de Japón. Al priorizar la igualdad de oportunidades y la eficiencia del capital sobre la estabilidad pasiva, Takaichi prepara a Japón para un entorno global de alta rivalidad. Parece apostar todo por la soberanía de su nación. Con ella, Japón ha dejado de disculparse por su ambición.

Lectura recomendada: “Una introducción a la sociedad japonesa” de Yoshio Sugimoto (Bellaterra Edicions).

Gracias, LGCH.

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