A Julieta Fierro
La semana pasada en Segundo Piso abordamos el asesinato de Charlie Kirk y su relación con un clima de creciente polarización y posverdad. Al preparar esa columna, me crucé con un video de Trump en el que advierte a la izquierda de su país de estar provocando al “oso dormido” de la ultraderecha, el cual en cualquier momento se despertaría y “les arrancaría la cara”. Las declaraciones de Trump eran amenazadoras y escalofriantes. Daban la razón a quienes vemos en su actuar político una clara deriva fascista y autoritaria. El video resultó ser falso, creado con inteligencia artificial. Trump nunca dijo esas palabras, pero tenía tanto sentido que las hubiera dicho… El usuario de X que publicó el video, ante la viralidad que obtuvo, se jactó: “Escribo los discursos de Trump mejor que él mismo”.
La BBC publicó esa misma semana que “Emmanuel Macron presentará ‘pruebas científicas’ ante un tribunal de EU para demostrar que su esposa, Brigitte, es mujer” como parte de una demanda por difamación contra la influencer conservadora y activista pro Donald Trump, Candace Owens, quien apostó “toda su reputación profesional” al hecho de que Brigitte Trogneux Macron “es de hecho un hombre” llamado Jean-Michel Trogneux (su hermano).
En 2008, Barack Obama tuvo dificultades para demostrar que nació en Honolulu, Hawái, y no en Kenia, como lo acusaban desde el movimiento “birther” (al que se sumó Trump, siempre Trump). Tras comprobarlo fehacientemente, todavía un poco más del 20 por ciento de encuestados en 2011 permanecían escépticos.
En La ofensiva ideológica de la derecha, Carlos Monsiváis da cuenta de los rumores de sectores conservadores contra el gobierno, al que acusaban de esterilizar a la niñez en las escuelas con la cobertura de la campaña nacional de vacunación en tiempos de Echeverría.
Sin ir tan atrás, en días pasados, Héctor de Mauleón da cuenta de cómo se orquestó “como parte de una trama oscura que solo genera dudas” el sembrado de solicitudes de amparo supuestamente promovidas por el secretario de organización de Morena. “Se trata claramente de amparos que fueron plantados para golpear a los hijos de AMLO y vincularlos mediáticamente…” a los escándalos del Marina-gate.
Una máxima de estrategas de propaganda negra sostiene que no importa que sea mentira de lo que se acusa al adversario, lo que interesa es verlo desmintiendo el hecho.
En la relación entre mentira y política, la verosimilitud es más importante que la facticidad. El discurso político logra sus objetivos solo cuando conecta con las propias identidades e imaginarios políticos de los ciudadanos. Las palabras logran transformar la realidad política cuando vienen entretejidas en una narrativa que tiene coherencia y sentido. Los hechos fríos, los datos y las estadísticas que no vienen acompañadas de una historia pierden relevancia en la esfera pública. Es por eso por lo que la tecnocracia rara vez gana elecciones y el populismo —de izquierda o derecha— es más efectivo a la hora de movilizar al electorado.
Llamamos posverdad a la configuración social que implica una pérdida de relevancia política de los hechos y de la verdad fáctica. En un texto reciente, Daniel Innerarity regaña a quienes usamos el diagnóstico de la posverdad para describir el sistema político actual. Para el filósofo vasco, el nihilismo no es lo que domina el presente, pues el mismo sentido y propósito del discurso político depende de que exista una noción de “verdad” y de “mentira”. Nosotros decimos la verdad y ellos mienten. Las mentiras descaradas de la ultraderecha (esas que pueden ser fácilmente falsificadas con una foto, video o evidencia “indiscutible”) son para Innerarity una muestra de poder, más que un intento de convencernos de lo que es o no verdad. Se miente porque se tiene el poder para hacerlo.
La turbulencia informativa demuestra que nadie es inmune: cualquier comunidad puede convertirse en caja de resonancia de la mentira, de la falacia o del rumor. Reconocer las técnicas, cultivar escepticismo saludable y demandar sistemas que premien la verificación no es una cruzada contra la conversación política, sino a favor de una conversación más útil y justa. En tiempos en que la atención es fugaz y la emoción manda, detenerse a cotejar es un acto de ciudadanía.
En Decadencia de la mentira, Oscar Wilde lamenta la tendencia de sustituir imaginación y creatividad con datos, hechos y periodismo monótono, lo que para él empobrece la sensibilidad artística. Al igual que la literatura que peca de exceso de realismo y objetividad, es árida, aburrida y poco reveladora; la política que no se toma en serio el poder de la imaginación y el deseo cae en la banalidad y tiene todas las de perder porque “el hombre puede creer lo imposible, pero no lo improbable”.
Lectura sugerida: «La ofensiva ideológica de la derecha» de Carlos Monsiváis en México, hoy, VVAA (S. XXI).
Gracias, LGCH.