Desde el otro lado

La Doctrina Trump

La economía era el terreno donde se dirimían las relaciones; el poder militar era recurso de última instancia. La doctrina Trump invierte esa lógica. Ya no son las reglas las que ordenan el poder, sino el poder el que define las reglas.

“Socios”. Así describía la Estrategia de Seguridad Nacional de Biden, publicada en 2022, a México y Canadá. Socios en migración, en comercio, en seguridad.

El tono era de colaboración entre iguales que enfrentan desafíos compartidos. La nueva Estrategia de Trump, publicada la semana pasada, utiliza un vocabulario distinto.

La palabra “socios” prácticamente desaparece. Recupera la “Doctrina Monroe”, plantea el “Corolario Trump” y habla de la “preeminencia” de Estados Unidos en el hemisferio.

No es un cambio cosmético. Es la confirmación de un cambio de paradigma.

El documento anuncia que Estados Unidos “reafirmará y hará valer” la Doctrina Monroe para restaurar su preeminencia en el hemisferio, impedir que “competidores no hemisféricos” controlen activos estratégicos y convertir la región en plataforma de seguridad y abastecimiento.

Habla de “despliegues dirigidos” contra cárteles, incluso con uso de fuerza letal. Declara cerrada “la era de la migración masiva” y afirma que la seguridad fronteriza es la prioridad número uno.

El nearshoring hacia México es bienvenido, pero no es un cheque en blanco. Estará condicionado por tres filtros: migración, crimen organizado y presencia china.

El tráfico de fentanilo y la violencia de los cárteles se tratan como amenazas de primer orden. Si México no “hace lo suficiente”, Estados Unidos se reserva el derecho de actuar con sus propios medios.

Este giro no es solo hacia México. Es un cambio más profundo en la manera en que Estados Unidos concibe su relación con el mundo. Durante décadas, Washington operó bajo una lógica de reglas, instituciones y acuerdos.

El libre comercio, la globalización, los tratados multilaterales: todo partía de la premisa de que un orden basado en normas compartidas beneficiaba a todos, incluido Estados Unidos.

La economía era el terreno donde se dirimían las relaciones; el poder militar era recurso de última instancia.

La doctrina Trump invierte esa lógica. Ya no son las reglas las que ordenan el poder, sino el poder el que define las reglas. Los aranceles no son instrumento comercial; son palanca de presión.

Las alianzas no se basan en valores compartidos; se basan en transacciones. La cooperación multilateral cede su lugar al cálculo unilateral. Y la seguridad nacional deja de ser un ámbito acotado para convertirse en el prisma a través del cual se evalúa todo: comercio, migración, inversión, tecnología.

Del lado mexicano, también ha habido un cambio profundo —aunque se expresa más hacia adentro que hacia afuera. Si en Washington la palabra que ordena todo es “seguridad nacional”, en México esa palabra es “soberanía”.

Hace poco más de una década, el Pacto por México encarnaba otra visión: modernización económica, apertura de sectores estratégicos, el Estado solo como regulador.

Lo importante era que llegara inversión, que hubiera crecimiento y empleo. La soberanía aparecía, cuando mucho, como telón de fondo retórico.

El proyecto que gobierna desde 2018 se construyó como la negación de ese modelo. Soberanía dejó de ser adorno discursivo para volverse principio normativo: centralización del poder, reversión de la apertura energética, fortalecimiento de empresas públicas, nuevos instrumentos estatales.

La pregunta ya no es solo si un proyecto es rentable, sino si preserva el control nacional sobre recursos estratégicos.

En ambos países, lo económico ya no manda solo. Hoy compite con —y a menudo se subordina a— cálculos políticos y estratégicos. Pero sus conceptos apuntan en direcciones opuestas: el concepto estadounidense es expansivo —mira hacia afuera, reclama el hemisferio, proyecta poder—, mientras que la soberanía mexicana es defensiva —mira hacia adentro, protege sectores, se repliega sobre el territorio—.

Esa asimetría genera fricción inevitable. Pero fricción no significa más vulnerabilidad. Un México completamente abierto quizá tendría menos roces con Washington, pero también quedaría más expuesto: cuando no hay límites, nunca hay concesiones suficientes, y sin nada que controlar, no hay nada que poner sobre la mesa.

La postura “soberanista” actual, con todos sus costos económicos, al menos pone diques y preserva instrumentos: algo que defender, incluso algo que ofrecer.

El problema es quedarse solo en la defensa. La soberanía como trinchera puede ser útil; la soberanía como única estrategia es insuficiente. Defender no basta: hay que proponer, anticipar, construir alianzas dentro de Estados Unidos, identificar áreas de convergencia.

Una diplomacia que solo resiste termina aislada; una que además propone abre márgenes de maniobra.

Lo que está en juego es el lugar de México en un hemisferio donde Estados Unidos ha decidido que el vecindario es demasiado importante como para dejarlo en manos de otros.

Tener algo que defender es mejor que no tener nada. Pero solo si sabes cómo usarlo.

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