La Aldea

Morena y su deterioro

‘Cuando Claudia Sheinbaum pretende limpiar y organizar un partido lleno de mercachifles y ambiciosos soberbios, se enfrenta a su antecesor, el padre y creador de todo presente político, y aún para algunos, del futuro también’, analiza Leonardo Kourchenko en su columna.

Todo ejercicio del poder conlleva un desgaste. El Movimiento de Regeneración Nacional es un grupo político que ha cambiado algunas veces dentro de un partido organizado. También muestra muchos aspectos, actitudes y acciones de un movimiento que defiende causas sociales, todo esto bajo un liderazgo carismático.

Eso fue Morena en su origen y nacimiento. Convertirse en partido estructurado, con consejos, asambleas y reglamentos, con metodologías claras para la selección de integrantes y de aspirantes a cargos de elección popular, ha costado enorme trabajo.

Entre las causas se ubica primordialmente el pecado original: Andrés Manuel, el líder omnipresente y todopoderoso que toma todas las decisiones. Es el hacedor de las carreras y futuros políticos de miles de suspirantes que lo veneran como un profeta de iglesia en ascenso.

Una década y más ha significado institucionalizar esta, con frecuencia amorfa organización, en partido. Donde las reglas estén escritas y los mecanismos sean transparentes para la militancia.

Morena arrasó en las elecciones del 2018 y, a partir de ese momento, se convirtió en la fuerza dominante en el escenario político nacional. Adoptó a miles de tránsfugas de otras fuerzas. Amalgamó sindicatos rebeldes, líderes corruptos y rechazados de otros partidos que buscaron un cargo, puesto y presupuesto en Morena. Muchos lo consiguieron.

Por momentos pareció el camión de la basura, que recogía despojo y deshechos por donde cruzaba. Pero se afianzó en el poder; 8 años después está en control del país: más del 73% de los mexicanos en todo el territorio están gobernados, representados, por Morena.

Tal vez fue mucho. El caudillo fundador, imagen y semejanza en torno a quien se construyó todo, erigió los “principios” —¿cuáles?— y estableció las políticas y los caminos. Prefirió el obradorato a la usanza del Maximato callista.

Embozado en demócrata que impulsaba la “transformación nacional”, arrastró a su paso, con los pequeños o grandes —usted puede decidir— avances de la naciente democracia mexicana.

Adiós a los jueces independientes, al INE libre y plural, a los organismos autónomos, contrapesos del poder —INAI, Coneval, Cofece, IFT y tantos otros—, incluso a la diversidad política en el Congreso. El reconocimiento a la oposición y al derecho de las minorías fue barrido como basura de un corredor.

Al paso de los años, Morena, que no consiguió la institucionalidad de un auténtico partido por la eterna presencia, mandato, influencia y control del fundador, es hoy un nido de ambiciones y competencias.

Todo aquel que pretenda llegar a un cargo o puesto de elección o de gobierno, signo inequívoco de negocios y riqueza —la realidad es aplastante—, debe transitar por Morena. Es el nuevo PRI, como se ha dicho tantas veces.

Así lo quiso Andrés y así lo fue moldeando. La clave, la lealtad ciega y la obediencia total. Cuando Claudia Sheinbaum pretende limpiar y organizar un partido lleno de mercachifles y ambiciosos soberbios, se enfrenta a su antecesor, el padre y creador de todo presente político, y aún para algunos, del futuro también.

La presidenta ha intentado por todos los medios mantener unido al movimiento, evitar rupturas, sanar rencillas y luchas por imponer grupos y corrientes. Muy ingrata tarea, porque el hombre de Macuspana sigue con las manos metidas hasta el tuétano de Morena. Es suya, la reclama, no está dispuesto a cederla.

El cambio de dirigencia y la salida de Luisa María, incondicional completa de AMLO, obedece a esta urgente necesidad de orden, institucionalidad, lealtades correctas, humildad y sencillez que, aparentemente, la joven dirigente había extraviado en el camino.

Las continuas fricciones y desencuentros con los aliados (PT y Verde) le costaron caro a la niña consentida de Andrés Manuel. Tal vez la instrucción era “someter” a estos rebeldes que tienen vida política solo por la gracia del caudillo —o por lo menos eso piensan— y el resultado fue modificar las formas y remover las vanidades.

Morena es hoy el vehículo predominante al poder, pero sus jaloneos internos amenazan con debilitar su presencia rumbo al 2027. Claudia lo tiene claro, por ello las decisiones y refuerzos con Citlalli y Ariadna.

Pero hay problemas mayores, que ese pueblo sabio, multicitado y manoseado, no pasa por alto. La cantaleta de la lucha contra la corrupción se quedó solo en eso: en discurso vacío y repetido en plazas y conferencias que nunca tuvo verificativo en expedientes, casos, carpetas y detenciones.

Hoy México es más corrupto que hace 7 años, no solo por el hambre de los morenistas —no todos— en el poder y su sed de resarcir los muchos años de observar desde lejos a los partidos gobernantes hacer negocios y repartir contratos. Sino sobre todo por la impunidad. Aquí no se castiga a nadie del presente o del pasado, solo son invitados al grupo gobernante sin prurito alguno.

Sin embargo, la creciente criminalidad y la inseguridad en cientos de ciudades es tal vez el mayor generador de desgaste. No solo no resuelven, sino que se incrementan casos, denuncias, crímenes y zonas bajo el dominio de los malosos. La gente está cansada de no ver soluciones, y Morena no las tiene.

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