La Aldea

Un reducto para la esperanza

Claudia puede ser una gran presidenta de México, conciliadora, efectiva, honesta, constructora de instituciones y articuladora de una verdadera democracia.

La victoria arrasadora de Claudia Sheinbaum a la presidencia de México, produce un efecto multifactorial.

El orgullo fantástico y extendido por una mujer al frente de un país tradicionalmente machista.

El enigma profundo de desconocer a quién o en qué sentido actuará la futura jefa del Ejecutivo en temas tan sensibles como la energía, la libre empresa, la inversión privada, la salud, la educación, los militares, la seguridad y tantos otros.

Hemos escuchado con atención sus discursos, sus compromisos y promesas que hablan de sensatez, de equilibrio y de mesura.

No me parece mal continuar con el fortalecimiento de un Estado de bienestar social, equilibrado y justo, sustentado en finanzas sanas y en una economía en crecimiento.

Aplaudo el gobierno austero, la honestidad como premisa, el respeto a las religiones y a las fuerzas políticas.

No creo ser el único mexicano en alimentar, ahí en lo más recóndito que la conciencia nos permite, un reducto de esperanza de que Claudia sea diferente a Andrés.

¿Diferente en qué?

En ser una auténtica jefa de Estado, no de partido ni de movimiento; una jefa de Estado guiada por la ciencia y por los datos, por —como ella misma dice— los resultados y la eficiencia. No por la ideología, ni por las añejas premisas de una izquierda caduca, que pretende amistad y entrega de bienes a otros países por simpatía o afinidad ideológica. Respeto a Cuba y a Venezuela, pero no puedo cerrar los ojos ante el atropello histórico a las libertades y los derechos humanos en esos países.

Deben prevalecer los hechos, los datos, para tomar las mejores decisiones y sí, con prioridad al pueblo y a los ciudadanos, especialmente los más vulnerables, pero no amparados en estigmas políticos y partidistas.

Añoro a una Presidenta guiada por la lógica y no por los pactos políticos de su partido o sus aliados.

Albergo la esperanza de que el ‘enigma Claudia se devele a los ojos de la ciudadanía como una verdadera líder de todos los mexicanos, que haga a un lado la polarización tan visceral que usó su antecesor.

La presidenta de México no es solo de quienes votaron por ella, no hay detractores ni adversarios. Hay ciudadanos que deseamos cerrar una página de división profunda y de confrontación, para avanzar en un México del siglo XXI.

Es cierto, somos un país enormemente diverso y con mucha frecuencia, con divisiones y discrepancias. Pero el gobierno es, y debe ser, un instrumento de concertación, de equilibrar a las comunidades y la ciudadanía con prioridad en los más necesitados.

Claudia puede ser esa líder que contenga las fuerzas políticas —hoy desatadas en su partido por los triunfos y las victorias— y también las tradicionales de los poderes económicos y empresariales. Equilibrio, balance, mesura, crecimiento y desarrollo.

Ella habló de disciplina fiscal en su discurso del domingo o lunes en la madrugada.

Andrés la prometió, la cumplió casi cinco años, y luego se desbocó en gasto y deuda para cumplir sus compromisos —y algunos dicen— ganar las elecciones.

Ya pasó, Claudia tendrá que lidiar con la deuda, el gasto apretado, el déficit creciente y además, audaz e inédito, el titular de Hacienda, que se encargó de esos ‘excesos’ con AMLO, será el mismo responsable de enfrentarlos y resolverlos. Más que justo, dirían algunos.

La prueba de fuego para la entonces Presidenta electa, será el mes de septiembre y la nueva legislatura. Contener, restringir, impedir los excesos de Andrés con las cuatro iniciativas de ley clave que esperan al nuevo Congreso: el cambio a la Corte y la elección de jueces y ministros; el cambio al INE y la elección de consejeros; el cambio al Congreso y la composición en ambas cámaras, y por último, la desaparición de los autónomos (INAI, Cofece, Ifetel, etcétera.).

Si Claudia sucumbe, por presión o compromiso, o peor aún por convicción propia, a impulsar la aprobación de dichas iniciativas, marcará su sexenio de la misma forma que la desaparición de Texcoco marcó al de Andrés: como un acto voluntarioso de capricho autoritario.

Claudia puede ser una gran presidenta de México, conciliatoria, efectiva, honesta, constructora de instituciones y articuladora de una verdadera democracia.

Corren apuestas de su distanciamiento con AMLO en algún punto del proceso. Resulta irrelevante si eso sucede o no, considerando la enorme afinidad incluso afectiva que existe entre ambos.

Lo importante es que habrá una nueva Presidenta, la primera, no puede ser una extensión borrosa de su antecesor.

Ante la derrota absoluta, ante la desaparición de representantes de un país plural y diverso, gobernados (75 por ciento de los mexicanos) por el mismo partido político, Claudia puede, con este inmenso poder, ser un faro, una guía hacia una estadista de talla mundial.

Ella misma representa el último reducto de la esperanza.

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