Una y otra vez durante la última semana, voceros del oficialismo, militantes de Morena y líderes de la 4T han insistido en que existe una guerra sucia en su contra.
Entiéndase “guerra sucia” como una campaña orquestada en redes sociales y medios para criticar, denostar, incluso cuestionar a la 4T.
Afirman, víctimas sensibles, que no es justo, que los atacan de forma vil y rencorosa.
La primera respuesta obligada es señalar que vivimos en tiempos de campañas electorales. La etapa precisa en que los ataques, las críticas, los señalamientos y profundos cuestionamientos no solo aparecen, sino que se utilizan por partidos con énfasis y repetición, para acusar y dañar al adversario en la percepción pública.
Se enoja el presidente públicamente (hace tres días) porque un reportero de Radio Acir, en el espectáculo matutino, le reproduce un audio de una ciudadana que llama a la célebre Megafarmacia y solicita un medicamento: le responden que no lo tiene.
El presidente enfurece, dice que es falso, que es una campaña para desprestigiarlo y luego, lanza una retahíla de insultos, agravios, descalificaciones en contra de los medios de comunicación y periodistas.
¿Qué le pasa? ¿Por qué pierde el juicio por una pregunta de un reportero?
La carencia de medicamentos es real, no es un invento de los malos neoliberales. Este gobierno, que apunta a su fin, reinventó cuatro veces el sistema público de distribución de medicamentos en clínicas y hospitales gubernamentales.
Primero, fue la ONU —recordará usted— cuando en sus primeras ocurrencias solicitó a las Naciones Unidas que se hicieran cargo de operar un sistema justo y equilibrado en medicinas; el segundo fue el Insabi de corta duración y nefasta memoria por su incapacidad e ineficiencia, luego vino Birmex, para que ellos distribuyeran a todo el país y finalmente la Megafarmacia.
Todos fracasos rotundos, que se niegan a aceptar y pretenden ocultar. Pero el presidente dice que es guerra sucia desde los medios.
Mario Delgado y Epigmenio Ibarra han señalado que es injusto hablar del sangriento y criminal clima de inseguridad que vive México como responsabilidad de este gobierno.
¿Y entonces de quién? ¿Repetir la misma cantaleta del pasado y sus errores? ¿Qué no prometieron arreglarlo? ¿Qué no prometieron mandar a los soldados a sus cuarteles?
México va a cerrar este sexenio con casi 200 mil muertes en seis años. Más del doble de Peña Nieto y casi el triple de Calderón. Esos son los datos, por cierto, de sus propios organismos de registro y contabilidad.
También dicen que es injusto porque ellos no iniciaron el problema, que se detonó desde el 2006 con Calderón. ¿Y luego? ¿Eso justifica que se haya desbordado bajo su gestión?
La ausencia de una estrategia clara para el combate al crimen o la contención de la violencia, ha producido este desastre nacional que tiene al país ensangrentado.
Pero hablar de ello es guerra sucia, es atacar indebidamente al gobierno.
Todo cuestionamiento crítico proviene del neoliberalismo. Toda interrogante respecto al presupuesto, las obras públicas, el fracaso y el éxodo educativo en educación media, el derrumbe del sistema nacional de salud, es considerado obra de una campaña estratégica para dañarlos.
Señores y señoras de la 4T, no hace falta estrategia ni campaña alguna. Ustedes pueden solitos.
Pero el presidente se descompone y lanza insultos y amenazas cuando algunas figuras de los medios hablan de corrupción, de las investigaciones en torno al negocio de sus hijos, y de las empresas en manos de amigos de sus hijos. Contratos multimillonarios en sistemas de salud, como proveedores de servicios o de artículos en múltiples entidades y dependencias.
Eso también es guerra sucia.
Por qué cuando la izquierda estaba en la oposición —si Morena puede considerarse de izquierda— sí era válido criticar al gobierno en turno; señalar los excesos, los oscuros desvíos de fondos y presupuestos, la comprometedora conducta cómplice y silente del gobierno de Peña.
Ahora que ellos están en el poder, esos cuestionamientos no son válidos, es mala leche, están animados por el rencor y la insidia que pretende polarizar.
El primer generador de polarización en el país se llama Andrés Manuel López Obrador. Consiguió, con éxito para sus fines de continuidad en el poder, partir a este país, dividirlo: en liberales y conservadores, entre neoliberales y morenistas amorosos al pueblo y múltiples categorías más. Ahí están sus miles de horas frente a las cámaras cada mañana por más de cinco años.
Vivimos en una campaña electoral, tiempo para el contraste de propuestas y de soluciones a problemas. Tiempos de promesas y visiones, y también de críticas y preguntas.
¡Aguántense! Ustedes eran peores cuando estaban en la oposición.