La Aldea

El dardo envenenado

Hay una estrategia para debilitar al INE: exigirle un despliegue multimillonario para la consulta de revocación de mandato y, al mismo tiempo, negarle los fondos para realizarla a cabalidad.

Hay una clara estrategia gubernamental para debilitar al INE. Está presente no sólo en las diatribas diarias del presidente en su evento matutino: sus críticas, excesos y vituperios en contra del órgano electoral son ya parte de una campaña en forma. Un INE que, por cierto, toleró con excesiva laxitud las múltiples violaciones a la ley electoral cuando AMLO fue candidato. Pero el tema es doblegarlo, someterlo, disminuirlo: convertirlo en un organismo que pierda su autonomía y sus aires de libertad reconciliadora en este país.

¿Cuál es el interés del poderoso? Son varios, confluyentes y convergentes.

Uno, el control, una afición personal del ciudadano mandatario, que pretende –a la vieja usanza priista– sujetar todos los hilos de la vida pública, o por lo menos, la política y económica.

Dos, disminuir a los partidos, barrer a la oposición, si pudiera eliminar al PAN de la faz de la Tierra lo haría sin empacho, detesta a la derecha, o al pensamiento más de centro. Pero por igual les toca a los demás: si disminuye al INE, a los consejeros, a los presupuestos, los salarios que le parecen un escándalo –aunque la Corte piensa distinto– reduce los dineros a los partidos. Paso esencial para fortalecer a Morena por décadas. Sin dinero la oposición se debilita sensiblemente, de por sí dividida y con conflictos internos. El PRI por ahora le sirve, le hace gracia y simpatiza que dos décadas después, vengan a beber de su mano, como lo ha hecho Alito cuando pidió su bendición. Pero también lo desaparecería. El Verde y el PT le parecen expresiones minoritarias de grupos útiles y manipulables con facilidad. Movimiento Ciudadano es un bicho que se le sale de control con frecuencia, y no encuentra los caminos de sometimiento total, más allá del dinero.

Tres, en consecuencia inmediata, fortalecer a Morena, convertir a su movimiento moldeado a su imagen y semejanza, en el vehículo para controlar procesos locales, figuras emergentes, pero sobre todo, el curso y los asuntos del Congreso federal. Dijo en días recientes a los diputados de oposición que votaron en contra del Presupuesto 2022, que “no son auténticos representantes del pueblo”. ¡Qué ironía! Cuando su bancada es la más distante a representar a ningún segmento de la población que no sea al propio presidente. Las bancadas son su ejército –así lo pronunció el inefable Mario Delgado–, su fuerza ‘transformadora’, no los representantes de los electores por distrito o estado.

Cuatro, terminar con este juego –a sus ojos neoliberal– de la democracia representativa, donde todos hablan, opinan, externan y fijan su postura, complican todas las iniciativas y proyectos. Es más fácil consultarle al pueblo, esa masa indeterminada que va a levantar la mano a toda palabra prometida por el caudillo. Se simplifican las cosas cuando el único que habla es el pueblo, aunque todos sabemos que su pueblo no es el mismo que el pueblo total de los mexicanos. A AMLO sólo le interesan los que respaldan sus ocurrencias. Aquellos que disienten, que se atreven a cuestionar su presupuesto federal, el gasto excesivo en Pemex, una refinería que difícilmente funcionará, o un tren que no va a ninguna parte, le parecen burgueses, fifís, ‘aspiracionistas’ sin sentido patriótico.

La vida pública y los destinos de la patria se simplifican si sólo decide UNO, el bueno, el ético, el moral, el incorruptible, el que lo sabe todo, aunque ignore mucho. El patriarca. Esa es la visión que el espejo le arroja todos los días al supremo.

Por eso pensadores y académicos que lo conocen desde hace décadas y observan con alarma su gobierno, como Roger Bartra, afirman sin duda: “Andrés Manuel no es un demócrata ni mucho menos un liberal”.

Se ha dicho mucho, pero insistimos: el dardo envenenado al INE consiste en exigirle un despliegue multimillonario para una consulta pública (revocación de mandato) y, al mismo tiempo, negarle los fondos para realizarla a cabalidad. Es una trampa funesta donde todo está diseñado para que fracase el ejercicio ciudadano y se señale a un culpable. El propósito es justificar la intervención al Instituto en la prometida reforma electoral. Está diseñado para que salga mal la consulta, no haya suficientes efectivos, casillas, boletas, urnas y todo complique un proceso transparente y profesional, como el INE acostumbra. Resultado: será el culpable de lo que salga, y por ende, sometido a juicio legislativo para su reducción, adelgazamiento y sumisión al Ejecutivo.

Es la amenaza de regresión democrática más grave que ha enfrentado México en 25 años.

Y todo, para registro de la historia, planeado y ejecutado desde la Presidencia.

No me diga usted que no hay perversidad suprema en la estrategia.

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