La Aldea

PRI: oportunidad histórica

La historia le extiende una oportunidad al PRI. ¿Le va a apostar al servilismo presidencial? ¿Votará a favor de la iniciativa del presidente en cumplimiento a su fórmula de origen y sentido?

El presidente tiene razón: el PRI tiene una oportunidad histórica para definir su postura frente a la reforma eléctrica de la 4T. Pero la oportunidad consiste en apostarle al futuro, a ser congruentes con su reforma del 2013, a impulsar el desarrollo, la competitividad, la generación de empleos, la inversión privada; o por el contrario, pueden optar por volver al pasado, apostarle al monopolio, contaminar al país, regresarnos a los años 70. Así está la coyuntura y deben definir. Para muchos, el futuro de México se jugará en este voto trascendental.

El PRI ha tenido múltiples oportunidades en la historia reciente de México. No vamos a referirnos a la construcción del México moderno (s. XX), a la industria, a la estabilidad política, a la construcción de un aparato capaz de formar cuadros y resolver sucesiones pacíficas dentro de su mismo instituto político. Porque todo eso, que fue cierto y provechoso para el país, también significó llegar tarde a la democracia, a la construcción de un auténtico sistema de partidos, al respeto irrenunciable al voto ciudadano, a la tolerancia a pensamientos e ideologías distintas.

La última oportunidad del PRI se registró en 2012, cuando la ciudadanía, frustrada o inconforme con 12 años del PAN, con las promesas incumplidas de un cambio profundo, una mejor distribución de la riqueza, gobernaron esencialmente sobre el mismo aparato heredado por el PRI. El de los consensos y los acuerdos oscuros, las componendas, el mantenimiento oneroso de la burocracia y el autoritarismo sindical, que mantuvo el clientelismo electoral.

El PAN, lo podemos decir ahora con perspectiva histórica, no representó una verdadera transformación de México. Subsistieron la corrupción incrementada, la violencia desbordada, la misma clase política de canonjías y privilegios.

El PRI de Peña, bajo la bandera de “nosotros venimos a impulsar el desarrollo”, a transformar, no sólo a administrar (en referencia directa a los gobiernos de Fox y de Calderón), tuvo en sus manos la oportunidad dorada de limpiar y corregir el rumbo. Lo hemos dicho ya en varias ocasiones, habían perdido el gobierno federal (2000 y 2006) aunque mantuvieron el control del Congreso y los estados, pero recibieron una probada amarga de la derrota.

Y con tristeza lamentable, permitieron el mayor régimen de corrupción institucional que haya existido jamás (2012 en adelante). Desde los gobiernos estatales y las propias oficinas federales, se diseñaron esquemas, mecanismos y estratagemas para desviar recursos, construir negocios, asociarse a concesionarios de obras. Un contador prestigiado, dirigente de una firma de consultoría y auditoría, me dijo a mediados del sexenio pasado: “esto es un escándalo; los mismos del SAT te ofrecen facturas falsas para evadir al fisco”.

De ese tamaño: la respuesta histórica de Peña a la pregunta de un colega en el primer año de su gobierno, “la corrupción es cultural”, retrata en una frase el pensamiento profundo de ese presidente: “así somos, no lo vamos a poder cambiar”.

Le dije a Peña en un encuentro privado con periodistas: “presidente, si usted activa la Fiscalía Anticorrupción, le da autonomía, presupuesto e impulso político, combatirá un señalamiento que le hace el país entero”. Pero no sucedió. La ley fue aprobada, estaba todo listo para una nueva institución que lucharía de forma auténtica contra la corrupción, y no la vergonzosa entelequia de Virgilio Andrade y la Secretaría de la Función Pública. Nada sucedió.

Hoy el legado de ese sexenio, elementos positivos y favorables como la reforma educativa o la reforma energética, ambas impulsoras del avance para México, quedan manchadas por el legado de corrupción institucionalizada.

Es cierto, Peña metió a la cárcel a Duarte, a Borge, pero demasiado tarde para revertir el desfalco y el uso de dinero público con fines electorales.

Hoy, una vez más, la historia le extiende una oportunidad al PRI. ¿Le va a apostar al servilismo presidencial?, ¿votará a favor de la iniciativa del presidente en cumplimiento a su fórmula de origen y sentido: ser la fuerza que apoya al mandatario en turno?

O en contraste, ¿será capaz de levantar la voz, defender su propia reforma de 2013, aplicar un mínimo de continuidad y congruencia política? Difícil definición para este partido.

Falsos son los argumentos de la 4T en relación a estas dos reformas en concreto, la ‘mal llamada reforma educativa’ fue el instrumento de mayor avance en esa materia en México: aplicaba evaluaciones a docentes, disminuía el control y poder de sindicatos –el más grave lastre de la educación en nuestra historia–, impulsaba nuevos modelos educativos, formaba y capacitaba maestros. Se destruyó todo para complacer a la CNTE. Un despropósito absoluto.

Y de forma muy semejante está la reforma eléctrica, que echa por la borda una serie de elementos favorables para la industria: acaba con la regulación autónoma al desaparecer la CRE (Comisión Reguladora de Energía), la CNH (Comisión Nacional de Hidrocarburos) y el Cenace, el centro encargado del despacho eléctrico. Reinstala el monopolio de la CFE como actor único y predominante, cancela certificados de energía limpia (es el reconocimiento explícito de que a México no le importa contaminar el ambiente), da un portazo a la inversión privada al cancelar de inmediato permisos y contratos para generación particular. Se acaba la libre competencia, se terminan las tarifas más baratas y accesibles del mercado para el consumidor, se pierden miles de empleos y se enfrentará, en tribunales nacionales y extranjeros, cientos de litigios por el incumplimiento de contratos.

En síntesis, volvemos a 1970, con todo el daño, el perjuicio y las consecuencias para México.

Destrucción total, vuelvan los monopolios, fuera la competitividad, fuera la inversión, contaminemos al planeta. Si el PRI no ve todo esto con claridad, entonces estamos condenados a ser gobernados por una caterva de incompetentes, inútiles, serviles del poder en turno, traidores a México.

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