El desastre de los operativos de ICE en Minneapolis con el resultado de una madre de familia asesinada a manos de un agente, y un enfermero acribillado en el suelo por más agentes de ICE, ha levantado una ola de inconformidad y malestar social en Estados Unidos.
Una cosa es que los simpatizantes de Trump —a la baja según las encuestas— respalden y simpaticen con la detención y expulsión de inmigrantes ilegales en su territorio, y otra es que la fuerza bruta, los agentes desbocados con “el apoyo presidencial”, según palabras del vicepresidente JD Vance, sean responsables de la muerte de ciudadanos estadounidenses.
Extremadamente delicado. La administración Trump puede perder todo equilibrio en esta cruzada antinmigrante, al violar la ley, disparar a mansalva y, peor aún, como se ha comprobado en el caso del enfermero, falsear la realidad al afirmar una serie de acusaciones que no corresponden con las imágenes y los múltiples videos.
ICE encubre los asesinatos; dispara sin restricción alguna. Se defienden de ciudadanos armados con celulares, que registran su brutal violencia en la detención de inocentes.
Lo peor son las autoridades defendiendo y protegiendo a las corporaciones, en vez de abrir investigaciones y separar a los responsables de sus cargos.
El respaldo se diluye por días, en la medida en que se descubren videos, versiones y testimonios que indican la acción ilegal de la Policía Migratoria de los Estados Unidos.
Es un país roto al interior, que rebasa los límites de los derechos humanos y borra las líneas que la ley y el Estado de derecho establecen. Le dieron instrucciones a ICE de que podía ingresar por la fuerza a cualquier domicilio sin orden judicial, una flagrante violación constitucional.
Para protegerse, acusaron al enfermero de venir armado y de apuntarlos con un arma: ¡falso! No existe evidencia. Peor aún, Alex Pretti, la víctima, fue acribillado en el suelo siendo contenido por cuatro agentes. Una auténtica ejecución.
El presidente Trump cambió su discurso inicial y el mensaje terrible de la Casa Blanca que calificó a Pretti el sábado como un “terrorista doméstico”. Desde ayer Trump modificó el tono, habló de una verdadera tragedia y envió señales para una desescalada de la confrontación.
Sostuvo una llamada telefónica con el gobernador Waltz —su contendiente a las elecciones de hace un año como compañero de fórmula de Kamala Harris— para acordar la salida de ICE el día de hoy martes.
Muy cara puede salir a Trump su ofensiva violenta en contra de inmigrantes rumbo a las próximas elecciones de noviembre. El hilo es muy delgado entre detener e interrogar, a actuar como brigadas de cacería con las armas listas a disparar en cualquier momento.
Mientras la descomposición reina al interior y los demócratas lanzan demandas ante la Corte para demostrar la actuación extraconstitucional del gobierno, el Departamento de Estado prepara la ofensiva contra Cuba.
El longevo y dictatorial régimen castrista inicia su cuenta regresiva mientras se diseñan operativos para atacar la isla.
En su afán por conquistar un lugar en la historia americana, Trump pretende concretar el largo dilema para Washington de desmantelar el gobierno revolucionario y autoritario en Cuba.
Después de Venezuela, que a ojos del mundo resultó en una operación exitosa al milímetro para extraer a Nicolás Maduro y respaldar un nuevo gobierno al servicio de Washington, la caída del aparato castrista parece inminente.
Muchas preguntas surgen acerca del mecanismo, la estrategia, el operativo y los altos niveles de riesgo.
Las Fuerzas Armadas de Cuba son muy diferentes a las venezolanas, no solo en términos de entrenamiento, capacidad operativa y décadas de preparación para la eterna invasión americana, sino sobre todo en la existencia de “topos” internos que suministren información precisa a Washington.
¿Extraer a Raúl Castro, un nonagenario reminiscencia de la revolución, será suficiente? ¿Al presidente Díaz-Canel? ¿A la élite política del partido y del gobierno?
Es infinitamente más complejo que Venezuela, por la hoy evidente colaboración de Delcy Rodríguez y su docilidad con el gobierno de Trump, al que visitará en la Casa Blanca en estos días.
Para Marco Rubio, secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, parece una promesa personal a sí mismo, a su familia y a sus padres, terminar con más de 60 años de dictadura cubana.
Antes de que termine marzo, el Pentágono podría haber lanzado el operativo en contra de Cuba, cuya economía se encuentra ya en estertores ante la suspensión del petróleo venezolano y, aparentemente por ahora, también el mexicano.