Hoy se cumple un año (20 de enero) de la toma de posesión de Donald Trump para su segundo mandato (2025-2029). Resulta difícil resumir un año tan complejo, disruptivo, de amenazas y cambios en un solo concepto. Tal vez lo más representativo para el mundo entero sea la ruptura.
Donald Trump, el presidente del caos como herramienta de negociación para obtener ventajas y una posición de fuerza en todo escenario, ha intervenido prácticamente en todos los rincones del planeta.
La primera ruta fue, muy temprano al inicio de su administración (abril 2025), la imposición extendida y generalizada de aranceles a muchas naciones en el mundo. El resultado fue la dislocación del comercio global. Potencias comerciales como Japón, China, Canadá, México y Europa en su conjunto se vieron afectadas por esta política hostil de pagar un derecho de entrada al mercado más extenso del mundo.
Pero el embate comercial fue solo el inicio de una postura por recuperar una supremacía estadounidense —a su juicio perdida— en el mundo entero.
Y ahí vinieron sus intervenciones en materia geopolítica e internacional para, según él mismo, resolver conflictos. Descontado el histórico e incondicional apoyo a la brutalidad israelí en Gaza, empujó un acuerdo de paz inmaduro, débil y sin candados para asegurar condiciones, términos y cumplimientos, que resultó un desastre. Unas 48 horas estuvo vigente el cese al fuego, antes de que Israel reanudara sus bombardeos sobre Gaza.
Pero Trump no se rinde a la evidencia. Construye su propia realidad, alternativa, diversa, sustentada esencialmente en su visión del mundo, en su enorme colección de prejuicios e infravalores.
Así asegura que ya no hay guerra en el Medio Oriente, cuando Israel no ha cesado los ataques.
Después vino su “paz forzada” en Ucrania, sentando a la mesa a Vladímir Putin e intentando —sin éxito tampoco— lograr la firma de un acuerdo, un avance en materia de repartición de tierras o de presión militar a Ucrania por la ayuda logística y tecnológica proveída por Estados Unidos.
El resultado, nada. Putin se burló de él, no prestó atención alguna. Disfrutó de los reflectores que le devolvió la “Cumbre Mundial” en Alaska, aunque solo por instantes, y volvió a ser visto como un auténtico líder global. Putin ha perdido influencia y presencia ante su ilegal invasión a Ucrania, que ha cumplido ya los tres años.
Llegaron los discursos de la seguridad nacional amenazada de Estados Unidos y el combate al narcotráfico. Bombardeos y ataques aéreos a lanchas rápidas en el Caribe para destruir cargamentos de drogas. Este fue el inicio de lo que concluiría con su intervención en Venezuela y la extracción de Nicolás Maduro.
La relación con México ha oscilado de la presión migratoria a los garrotes arancelarios, con la subyacente retórica de seguridad.
Sin embargo, tal vez uno de los daños más significativos de la llegada de Trump por segunda vez a la Casa Blanca ha sido el grave deterioro de su relación con Europa, con la Unión Europea y con la OTAN. Su desmedida ambición por apoderarse de Groenlandia a toda costa ha provocado un brutal desencuentro con sus socios de la OTAN, a quienes ya ha amenazado con nuevos aranceles si no le brindan su apoyo.
Su socio, vecino y aliado incondicional por más de un siglo, Canadá, hoy busca alternativas de alianza comercial con China y con Europa para diversificar sus cadenas de suministro y disminuir su dependencia de la Unión Americana.
China, el gigante comercial, aparece en el número uno de la lista de enemigos, a quienes pretende cerrarle la puerta de su mercado, bloquear sus mercancías y castigar a aquellos que mantienen relaciones con la potencia asiática.
Trump ha venido a desmantelar un orden internacional sustentado en el comercio abierto, en el flujo libre de mercancías, bienes, inversiones, monedas y recursos. Este impacto económico aún no está suficientemente reflejado en los mercados, más allá del debilitamiento del dólar a nivel mundial que ha impulsado una corrida al oro y la plata.
La economía americana no ha tenido el despunte que él esperaba. Más aún, su caída gradual en las encuestas y sus niveles de aprobación interna demuestran el descontento de la ciudadanía porque el “costo de vida” sigue siendo alto, contrario a sus promesas de campaña.
Un año en el que las decisiones tomadas han atropellado la ley sin decoro alguno, y en que se han tomado múltiples medidas que debilitan el marco institucional y democrático de los Estados Unidos. Impensable apenas hace unos años.
Pero ese es Trump, el personaje dominante de la política americana y del mundo. Revestido de un ego descomunal, convencido de su superioridad para abordar todos los temas con el uso de la fuerza y declararse un profeta de la paz. Hasta ayer, que dijo que ya no le importaba tanto enfrentarse a Europa por Groenlandia.
La esperanza son los contrapesos en las elecciones de medio término el próximo noviembre, que lo puedan contener en alguna medida.