El Globo

El fin de una era

La reina Isabel II se va en silencio y solitaria, como es la muerte para todos. Sin una prolongada agonía, ni tampoco con una escandalosa enfermedad.

La partida física de Isabel II, jefa de Estado del Reino Unido de la Gran Bretaña, sucede en momentos de crisis política por la caída en desgracia de Boris Johnson debido a sus muchas pifias y frivolidades, en tiempos también de crisis económica por el severo golpe que la inflación (22 por ciento) ha producido en los bolsillos de los súbditos de su majestad, e incluso también en crisis energética por el grave problema del gas, el petróleo, el invierno y las energías limpias.

Isabel II no deja a su reino en momentos de estabilidad. Por el contrario, hay gran efervescencia política en la Cámara de los Comunes ante el nuevo liderazgo conservador de Liz Truss, nueva primera ministra.

Isabel tampoco se va, tal vez –nunca lo sabremos–, satisfecha con el Brexit y la salida de la Unión Europea, que para muchos otorgaba más beneficios que costos al Reino Unido.

Se va en silencio y solitaria, como es la muerte para todos. Sin una prolongada agonía, ni tampoco con una escandalosa enfermedad. Se fue como vivió, discreta, callada, reservada, desempeñando su rol y su papel más allá de cualquier preferencia o favoritismo personal.

Enemiga de los escándalos, con los que tuvo que lidiar durante muchas décadas de su reinado.

El primero y más incómodo por su reciente coronación (1953), además de la cercanía emocional con su hermana, fue el romance de la princesa Margarita con el asistente militar de su padre, el capitán Peter Towsend, que Isabel II tuvo que vetar.

Después su propio esposo, celoso de su rol secundario, insatisfecho e imprudente, asistía a algunas fiestas y clubes privados. Isabel tuvo que concederle el magnífico título de Príncipe del Reino Unido de la Gran Bretaña, y con ello colocarlo casi a su propia altura.

Después vendrían los hijos, matrimonios, divorcios, escapadas, una juventud distinta en el sentido del deber y la responsabilidad.

Isabel II fue la piedra angular de la monarquía británica por siete décadas. Fue la columna sobre la que descansó la continuidad, la tradición y la estabilidad en momentos de crisis políticas, económicas y sociales.

Su recorrido biográfico ofrece el panorama del siglo entero: desde la Segunda Guerra Mundial hasta la revolución digital, pasando por la píldora, la revolución sexual, las crisis petroleras, mineras, salariales, armadas. El Ejército Republicano Irlandés (ERI) y sus continuos atentados en Belfast y otras ciudades de Irlanda del Norte, hasta los acuerdos de paz en los años 90; múltiples guerras bajo su reinado, pero seguramente no con su aprobación: Malvinas, golfo Pérsico I y II, Medio Oriente.

Siempre que los británicos se mostraron dudosos o con incertidumbre, su monarca estaba ahí como símbolo inamovible de estabilidad, certeza, continuidad.

Es la monarca que enfrenta el desmoronamiento del Imperio Británico al término de la Segunda Guerra Mundial. Pero es ella también la gran impulsora y soberbia diplomática que promueve la Commonwealth, la Comunidad Británica de Naciones para integrar a un conglomerado de 54 países, antiguas colonias inglesas.

Entre su legado estará indudablemente la aportación de una sociedad multicultural con hindúes, sudafricanos, pakistaníes, australianos y muchos otros que gradualmente se fueron convirtiendo en ciudadanos británicos.

Las calles de Londres hoy son un mosaico diverso, multiétnico, multirreligioso y pluricultural. Herencia inequívoca de una reina abierta al mundo.

Apasionada de sus corgis y sus caballos, era el remanso de una monarca que dedicó incontables horas de su vida a revisar papeles gubernamentales, actas parlamentarias, leyes y reformas, a costa de su propia familia y gusto personal.

Hija ejemplar de sus padres, hermana tolerante y consentidora de Margarita, madre cuestionada por su distancia frente a la constante supremacía de su rol como jefa de Estado, antes que el de madre de familia.

Esposa inmensa de 74 años de matrimonio, con el único amor de su vida: socios, aliados, cómplices, apoyos y bastiones mutuos por casi ocho décadas.

La huella histórica de Isabel II deja una serie de interrogantes respecto a la monarquía, su rol en la modernidad, la capacidad de las nuevas generaciones para asumir los pesados y, con frecuencia, carcelarios roles y funciones.

Carlos III esperó 74 años para llegar a este momento definitorio de su vida y ascender al trono. La sombra de su madre puede extenderse más allá de su propia personalidad y estilo. Carlos no es joven, mantendrá la tradición y su deber frente a la Corona, pero tal vez se convierta en un reinado de transición –una década– para dar paso a su hijo Guillermo.

Antes de eso, deberá buscar mecanismos para apoyar a su nueva primera ministra –sin intervencionismo alguno– a enfrentar las crisis energéticas y financieras que tocan a la puerta.

Un nuevo plebiscito en Escocia, en 2023, amenaza con plantear una nueva independencia al interior del Reino Unido. Carlos tendrá que acelerar su transformación en símbolo de unidad nacional, mantener unidos a los reinos y a las naciones bajo una sola bandera.

En retrospectiva, Isabel realizó una labor titánica al mantener un rol trascendente de su país frente a un mundo cambiante. La comunidad, la primacía progresista en materia de derechos y libertades, han convertido al Reino Unido en una de las más sólidas democracias del siglo 21. La reina tiene su parte en esa transformación.

No como una progresista, que nunca fue. No como una activista del cambio social...

Extracto. Lea la versión completa en: www.elfinanciero.com.mx

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