El Globo

El final de Colin

Tenía Colin Powell una convicción ética que generalmente no existe en los políticos.

La semana pasada falleció el general Colin Powell, el primer afroamericano en ocupar los más altos cargos de la inteligencia, las Fuerzas Armadas y la diplomacia en Estados Unidos.

Consejero de seguridad nacional con Reagan (1980-1988), jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas con Bush padre (1988-1992), el militar con más alto rango y, por ende, el jefe del Pentágono, tan sólo por debajo del secretario de Defensa y del presidente. Después, secretario de Estado con George Bush hijo (2000-2004).

Un hombre práctico, de disciplina militar, de enfoque analítico y de institucionalidad probada. No era amigo de los devaneos políticos y partidistas, más inclinado a las resoluciones pragmáticas, eficientes y de resultados al más corto plazo posible.

Al mando justamente de la Junta de Comando cuando la primera Guerra del Golfo, la invasión americana para rescatar Kuwait de la ocupación iraquí (1989-1990), puso en práctica su filosofía de guerra: “Utiliza toda la fuerza disponible y termina lo más rápido posible”.

Powell forma parte de la generación de mandos militares afectados y dañados por el fracaso de Vietnam, por una guerra prolongada, sin planeación estratégica, con muchos flancos abiertos que se convirtió, a lo largo de casi 10 años, en una guerra de guerrillas. Por ello, el general estaba convencido de que una intervención armada debiera ejecutarse con precisión y claridad, para reducir al máximo el costo de vidas humanas y alcanzar los objetivos trazados.

Fue el jefe y el socio estratégico del general Norman Schwartzkopf, el general en jefe y comandante en tierra de la inolvidable Tormenta del Desierto, la operación que les permitió entrar a Kuwait, expulsar a los iraquíes, incursionar brevemente en territorio de Iraq y retirarse con un triunfo contundente en poco tiempo.

Por años se discutió en Washington si no debieran haber llegado hasta Bagdad en aquel año y destituir a Saddam de una vez por todas. No lo hicieron, y en opinión de los radicales militaristas, fue un error.

Powell y Bush quedaron satisfechos de haber conseguido lo que se habían propuesto.

Años después, George W. Bush (hijo) lo designaría secretario de Estado y jefe de toda la diplomacia americana y la relación con el mundo. En los hechos, tal vez, el segundo cargo en relevancia de la estructura política de Estados Unidos, con frecuencia por encima del vicepresidente o vicepresidenta, como ahora.

Colin Powell coqueteó con la eventual candidatura republicana a la Presidencia, precursor indirecto de la posterior candidatura victoriosa de Barak Obama.

Pero fue justamente en esa posición como secretario de Estado, que su involucramiento resultó histórico y definitivo para clavar un deshonroso manchón en su rutilante carrera: en 2001, frente al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Powell afirmó que los servicios de inteligencia americanos habían comprobado la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Saddam preparaba una bomba atómica y no se lo podían permitir. Eso fue suficiente para un voto unánime a favor de la intervención y las posteriores consecuencias que el mundo conoce, la guerra más larga y fallida en la historia estadounidense: 20 años sin una clara victoria y una salida desastrosa que hoy le sigue costando al presidente Biden en el descenso de su popularidad.

Tuve la oportunidad de preguntárselo personalmente en un foro privado durante una conferencia corporativa: General, ¿se arrepiente usted de algo a lo largo de su carrera? –pregunté al final de su conferencia–, a lo que respondió de inmediato y en automático: “Al discurso en la ONU… Lo lamento profundamente… teníamos información imprecisa”.

Hoy, la historia ha demostrado que el aparato de inteligencia (CIA, NSA, etcétera) impulsó al gobierno a iniciar una segunda Guerra del Golfo e invasión a Irak basado en información falsa. Muchos historiadores y politólogos señalan a Dick Cheney, vicepresidente de Bush, como el responsable de esa estrategia que le costó el prestigio, la credibilidad y la carrera a Powell.

Nunca más el general quiso aceptar otro cargo público. Se separó del Partido Republicano, que lo cortejó por años, al grado de apoyar abiertamente la candidatura demócrata de Obama.

Se le ofrecieron cargos, embajadas, misiones y a todo dijo que no.

Tenía Colin Powell una convicción ética que generalmente no existe en los políticos. Mintió frente al mundo, lo hicieron mentir, y ese argumento fue el detonador de una guerra innecesaria y costosa para Estados Unidos. No se lo perdonó a sí mismo.

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